1° Capitulo.

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Odio mi vida. De verdad que la odio. No estoy deprimida. Al menos no aún. Es solo que odio mi vida y a todos los que participaban en ella. Pero sobre todo, el que se llevaba medalla de oro en la lista de personas que odio en este mundo es mi prometido. O ex prometido, mejor dicho. O ser monstruoso. Depende de quien opine. Para mi es la persona más despreciable del país. Del mundo. Del universo. Solo le deseo que se compre un paquete de oreos y le vengan sin crema dentro.

Me meto en el metro ante la atenta mirada de todos los pasajeros. Aunque yo también miraría raro a una chica de veintidós años de pelo morado, un ojo de cada color, con un vestido de novia roto y embarrado y el maquillaje corrido de llorar. Porque a mi no se me ocurrió otra cosa que casarme en pleno otoño sin decírselo a nadie porque lo nuestro era amor verdadero. ¡Ja! Tonta de mi. Eso no existe ¿Por qué pensé que a mi si me ocurriría? ¿Por qué pensé que un mujeriego cambiaría por mi? ¡Ja! Que idiota había sido.

Me senté en un asiento y oculte la cara entre las manos. Como hacen las avestruces cuando están asustadas.

 Como hacen las avestruces cuando están asustadas

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Todos me miraban con compasión. Casi podía oír lo que pensaban «Pobre chica» «Es demasiado joven».... Después de diez paradas de insoportables miradas decidí bajarme. No aguantaría a nadie más. Además tampoco sabia muy bien a donde iba, no podía volver a casa, era su casa. Tampoco a la de mis padres, había huido de allí hace tres años para "comerme el mundo" si volviera quedaría claro que el mundo se me había comido a mi y aún me queda un poco de orgullo.

Salí a la calle para encontrarme con un diluvio de escándalo. Es como si el mundo supiera que hoy es un día horrible. Corro por las calles para que cada persona con la que me cruzase me viera el tiempo justo y necesario. Después de cinco manzanas le regalé los caros tacones a una mujer tirada en la calle. Corrí durante quince minutos más hasta que paré porque me ardían los pulmones. No había corrido tanto nunca. Andé unas pocas calles más hasta que encontré la que probablemente era la única tienda de ropa abierta un domingo a las diez y media de la noche. Comprobé que la tarjeta de crédito seguía en mi mini bolso y entré en la tienda con la cabeza bien alta. Para mi suerte no había nadie.

-¿Desea algo... señorita? -su cara me revelaba que aun que de su boca hubiera salido «señorita» la palabra que ella hubiera empleado seria «loca». Esta claro que seré una bonita anécdota para sus hijos.
-Me gustaría comprar ropa. Si necesito ayuda la avisaré.

Me fui al fondo de la tienda y busqué el vestido mas corto y caro posible. La tarjeta la paga él. Cuando lo encontré, lo metí en la bolsa con el resto de ropa sexy y cara de la tienda. Si los hombres me usaban como un pañuelo de usar y tirar que por lo menos no me tuvieran que engañar más. Entré en el probador y me puse una falda corta de tubo negra y una camiseta ancha por el ombligo con unos tacones. Fui al mostrador y pagué.

-Quédese el vestido de novia.

Salí de allí con la cabeza aún más alta de como había entrado. A aquella tienda había entrado una niña tonta, inocente y asustada. Pero de allí había salido una mujer guapa, orgullosa y segura de si misma. 

O eso pensaba yo.

NickyLa tua prossima ossessione. Scoprilo ora