Se sentía algo así como una eternidad. Una eternidad en forma de rutina, donde lo único que hacía era caminar hacia adelante, buscar restos de alguna clase de alimento o un poco de agua, pero sin tener mucho éxito. Tragar el polvo permanente en el aire. Mirar a las nubes de basura. Repetir esa voz que escuchaba en los dispositivos cuadrados, haciendo algo parecido a un diálogo de una sola parte. Repetir lo que me acordaba de mi, mi nombre... Mi nombre... Mi nombre. Katia.
Repetir la rutina. Repetir esta vida.
Eso era lo único.
Los días no tenían división, y la única logica que seguía era la de racionar la comida, que me la dictaba el instinto de supervivencia. Generalmente intentaba pasar las horas mirando a mí alrededor a medida que recorría el caos en busca de algo desconocido, algo que me diese esperanza.
De vez en cuando me parecía escuchar algún ruido, una voz, o unos pasos siguiéndome, pero siempre terminaban en mi paranoia. Algo en mi sabía que las cosas que te persiguen no siempre terminan bien.
Lo único que me dio un espacio de paz en medio de este infierno fue una especie de ráfaga de imágenes que pasaban por mi cerebro. Eran casi siempre lugares en donde no había estado, todo en esas imágenes estaba lleno de vida, o tenía rastros de ella. Lo único que podía pensar era en la necesidad de documentar las cosas, los hechos, el ambiente, la miserable mochila con las pocas cosas que pude rescatar de esta basura. Quería dejar rastros de que estuve acá. No se para quién pero simplemente necesitaba hacerlo.
A lo lejos era la primera vez que divisaba algo en esta monotonía de polvo. Era un pozo, de donde salía un murmullo.
Las primeras dos palabras que se me cruzaron por la mente fueron refugio y peligro. Estaban en polos opuestos, pero estaba dispuesta a descubrirlo.
