Aquella postal se posaría ante mis ojos cada vez que yo decidiese cerrarlos; Para preservar el recuerdo intacto y guardar eternamente mi última memoria a su lado, o bien para torturarme con el mismo. Las imágenes se presentaban inmaculadas. Nítidas, vívidas y sin la bruma icónica del recuerdo lejano.
El agua de la regadera caía a borbotones sobre mi cabeza. Sería la tercera ocasión en la que me posé bajo la ducha en menos de dos horas. Deseaba vanamente extinguir la negruzca y densa humareda que se ocultaba tras mi entrecejo. Los minutos pasaban y lo unico que conseguía ver era mi piel enrojeciéndose, mientras un espiral descendente hacía girar y estremecer mi cabeza provocándome náuseas.
Decidí salir de aquella cárcel húmeda y azulejada; Mi carne era un manojo grande, vaporoso y rosado. Mis escleróticas dos canicas escarlata y mi rostro estaba hecho jirones. Aquello me había consumido por completo, puta madre.
Era de madrugada, el alba amorataba el horizonte que se dejaba ver por entre las delgadas y ondulantes cortinas. Ella se encontraba recostada en el sofá, aun desnuda y cubierta con una diminuta frazada que a duras penas ocultaba sus pechos. Estos estaban parcialmente descubiertos y los vestigios de sus pezones eran difíciles, por no decir imposibles de obviar. Se encontraba exhibiéndose en su naturaleza más primitiva, siendo vulnerable, siendo humana. De la misma forma en la que nosotros nacemos, desamparados y sin ropa.
Su rostro mostraba una innegable tranquilidad uterina. Una armoniosa sonrisilla se le escapaba y se dejaba ver entre sus mejillas. Brillaba tanto o mas que la luminaria callejera. Su sueño debió haber sido utópico y exageradamente perfecto por haberle brindado gentilmente aquel semblante. Sus manos, tiernamente posadas sobre el costado de su cara, le hacían ver como una niña pequeña dormitando después de darse un festín de galletas caseras.
La cubrí con una manta de mayores proporciones y me posé a su lado; Entre sus diminutos pies y el grueso brazo del sillón. Encendí el televisor, no toqué el control remoto y dejé el último canal visto. Me perdí entre los seseos ahogados de conductores baratos cuando los primeros rayos de sol acariciaron mis mejillas. Tenía que salir de ahí.
"Cariño, esto ha sido difícil para ambos. Somos un par de tercos hogareños de países trasatlánticos. Tu no estas dispuesta a abandonar el tufo perfumado y romántico de esta ciudad y yo perdí la voluntad de permanecer por ti, en un ambiente del cual no formo parte. Los comportamientos metódicos y diplomáticos no son lo mío. Estoy hasta la madre de tener que mantener una sonrisa hipócrita ante hijos de puta que hacen lo mismo que yo, pero fingen mucho peor.
¿Desde cuando la vida se ha hecho tan hueca y protocolaria? No lo se, pero estoy cansado de eso. Quiero abandonarlo todo y volver a mis raíces, a lo verdaderamente mío: De vuelta a navegar por las arterias de concreto, desoladas y sin fin aparente, montado en mi motocicleta. A aturdirme con los estruendos graves del motor y los repiqueteos constantes del escape. Te amé, de eso no tengas ni la menor duda. Soledad. Espero y no me olvides"
Esas fueron las últimas palabras que leyó de mi. Dudo mucho que una carta en este momento sea bien recibida por ella, de pendejo no me baja. Las dejé plasmadas en una hoja de papel colocada prolijamente sobre el desvencijado y viejo televisor (que hermanaba con prácticamente todo en la habitación). Si, he de admitir que fue egoísta abandonarla a su suerte, aunque si he de cometer la desfachatez, era peor dejar las cosas sin ser comentadas.
En ocasiones me arrepiento de haber cruzado el umbral de la puerta aquel día. Pero en ese momento tuve la firme convicción de que sería lo mejor para ambos.
Mis fantasmas se apoderan de tardes solitarias y noches lacrimosas como esta; En la que me la paso escribiendo a diestra y siniestra mis miserables memorias, mismas que dudo, a alguien le puedan interesar.
Resguardo estos recuerdos al borde de un pañuelo empapado por mis propias lágrimas. Acto tanto patético como desesperado, vanamente tratando de alcanzar los matices del romanticismo. Prosigo indiferente. ¿Acaso vale la pena retroceder para juntar guijarros de mi dignidad cuando he perdido incluso la cordura misma? Dímelo tú.
Soledad, su nombre fue lo único que me llevé. Le he dejado todo en el departamento; incluyendo mi felicidad, mi alma y mi ropa. Navego por el mundo sin un destino fijo, rumbo a parajes inciertos. Con la onírica esperanza de encontrar sus huellas en el pavimento o rastros de ella en mi piel. ¿Cómo se puede vivir cuando a cada mujer que encuentras en tu camino le ves exactamente igual a ella?. No hay diferenciación. Sus rostros, cuerpos y voces quedan homogeneizados en la imagen de aquella bella dama.
Vivo con muchas interrogantes y pocas respuestas, no me interesa buscarlas, me basto con mis estúpidas hipótesis, totalmente carentes de lógica. Mírame como un adefecio tu también.
-Adolfo González- Nomadha (2016)
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Puta Soledad
RomanceSoledad... Soledad, el nombre que perseguirá los sueños de este hombre y retumbará en su cabeza por el resto de la eternidad. Ya sea por la alusión a su estado actual o por el recuerdo de su amada.
