Otra vez en el mismo lugar por culpa de las mismas decisiones, por intentar acortar camino elegí el atajo equivocado... otra vez el atajo que me trajo de vuelta al mismo punto intermedio, aunque más cercano al final que cualquier otro punto, ese punto intermedio en el que no te encuentras bien pero intentas convencerte de que es lo mejor que puedes estar. Otra vez lugares conocidos, demasiado conocidos para ser reales, caras conocidas también y los duros ojos de las personas... esos ojos que albergan pena, lastima y rabia por ti, pues les diré algo ¡YO NO NECESITO NADA DE ESO! Estoy bien... estoy bien... estoy... bien, supongo.
--¿Qué sientes?— como si la respuesta a esa pregunta fuera tan sencilla. Denisse no ha aprendido nada y aunque sus múltiples reconocimientos la convierten en una buena psicóloga la verdad es que no sabe nada. No puede simplemente preguntarme que siento cuando ni yo tengo una respuesta clara a esa pregunta y no es que no haya buscado la respuesta, dios sabe que la busco todos los malditos días, pero simplemente no la encuentro.
--Vacío—es la respuesta que más cercana está a mi alma. VACIO. Así estoy yo.
--¿Vacío?—la desconfianza en su voz me dice que no me encuentra lo suficientemente cuerdo.... No me entiende. Nadie nunca lo ha hecho, nadie nunca me ha entendido y simplemente porque ellos no quieren entenderme, se empeñan en que yo me adapte al mundo cuando ellos mismos no son capaces de adaptarse a mí.
--Si, vacío... no tengo nada, ni a nadie—la verdad es cruda y rasga la garganta cuando la dejamos salir como si vomitáramos cristal, como tragarse miles de clavos.
--Tienes a tu familia—contraataca Denisse, volteo mis ojos y niego repetidamente con la cabeza pues ella no entiende. Al igual que todos.
--No los tengo... si los tuviera no estaría aquí ahora mismo—más vidrio con clavos que rasgan mi garganta mientras los vomito.
--Claro que los tienes Jesús, tu familia te apoya-- ¡Mentira! Ellos solo quieren deshacerse de mí... de esto.
--No... ellos quieren mejorarme para que deje de darles problemas... solo necesitan tu consentimiento para poder alejarse de mi... sin remordimientos—digo apretando los dientes, puede que mis palabras sean duras pero la verdad es así, dura.
--Ellos...
--¡NO TIENES LA MENOR IDEA DE LO QUE ELLOS PIENSAN!—mis gritos la asustan, no es raro pues nunca espera uno de mis ataques de ira—A ellos no les intereso... nunca les interesare... esto nunca hubiera pasado si me hubieran escuchado--- ¡TODO ES SU CULPA! ¡MALDITA SEA ESTA ES SU CULPA! Pero como siempre mis gritos internos nunca son escuchados.
Para todo el mundo soy Jesús el estúpido crio que no engorda porque es lo suficientemente vanidoso para meterse los dedos en la boca y vaciar así su estómago. ¡PUES NUNCA NADIE HA ESTADO EN MIS MALDITOS ZAPATOS! Ellos no saben lo que escuchar como todo el mundo se ríe de ti, ellos no saben lo que no es poder respirar tranquilo... no poder gritar lo que sientes, no tener el apoyo que deseas y no lo tienes simplemente porque nadie te comprende... porque nadie quiere comprenderte pues para ellos es más fácil juzgar tus pasos que transitar por el mismo camino que uno. Ellos no saben lo que significa odiar tu cuerpo, no poder observar tu reflejo en un espejo pues lo que ahí ves no te gusta, no tienen siquiera la menor idea de lo que se siente sentirte solo huesos... no sentir como tu corazón late, no pueden siquiera imaginarse lo que significan los cortes en la piel y lo refrescante que ellos resultan... lo aliviadores que pueden ser. Ellos no saben nada.
--Deseo irme—escupo secamente mientras me levanto de mi asiento y recorro el camino hasta la puerta. Al abrir la puerta veo sus caras llenas de expresiones de asco, asco hacia mí eso debe quedar claro, me escrutan mientras hago mi camino fuera de la clínica. Siempre me han resultado preocupantemente familiares las clínicas... como si fueran mi segunda casa, no es de extrañarse después de todo llevo cinco años en ellas.
Los gritos de Denisse se escuchan por el pasillo pero no pueden traspasar la corteza de hielo que cree, es demasiado gruesa para que una simple persona carente de significado emocional para mí la traspase. Mi camino sigue por esos pasillos que se transforman en laberintos para los que nunca los han recorrido, no para mí que podría ser uno de sus constructores. Doblo la esquina y veo la luz del exterior, es extraño que esa luz me atemorice de la manera en que lo hace pues a la mayoría de las personas solo con nombrarles una clínica ya las tienes pálidas, nunca he sido como la mayoría de las personas eso es claro para mí.
Cuando estoy preparado para ser engullido vivo por el frio calor del exterior las puertas se abren antes que mis manos lleguen a tocarlas y en la dirección opuesta a la que deberían, el metal mezclado con vidrio me golpea las narices enviándome de bruces al suelo.
--¡MIERDA!—exclamo llevándome las manos a las narices y apartándolas llenas de sangre.
--¡OH MIERDA! Lo siento mucho no te vi—me dice un chico mientras busca desesperadamente un pañuelo en sus bolsillos para cubrirme la sangrienta nariz con él. – No era mi intención, estaba distraído lo siento—sigue diciendo al colocar el pañuelo ya rojo nuevamente en mi nariz.
--¡JESÚS! Por dios chico... esto pasa por no fijarte donde caminas, no puedes escapar así—dice la señora que hace de mi madre en esta vida mientras finge preocupación.
--No señora... esto ha sido mi culpa, no venía atento—se explica el muchacho mientras me mira y acomoda delicadamente el pañuelo en mi nariz.
El chico posee esa clase de ojos curiosos, escaneadores de almas, intensos y demostrativos rodeados de gruesas pestañas, perfectos para su perfecta cara de piel blanca y ese cabello desordenado perfectamente casual que me cautiva. No estoy seguro de haberlo visto por estos lugares en otras ocasiones, no como paciente al menos, y aquí todos se conocen de algún modo u otro.
Media hora después estoy sentado en una camilla mientras un doctor me limpia la nariz con un algodón empapado en alcohol, mi nariz dejo de sangrar hace unos diez minutos así que solo para prevenir me pusieron una bolita de algodón en la que sangraba. El chico no se ha despegado de mí en todo momento y presta demasiada atención a cada procedimiento que el medico lleva a cabo.
--Bien ya está todo listo, si presentas mareos o dolor de cabeza debes volver ¿Okay?—dice el amable doctor, resulta ser muy joven para ser doctor en realidad. Tendrá algo así como veinticinco años aunque su cara parece de un adolecente de mi edad.
--Okay—mis palabras suenas frías pero no han sonado de otra manera hace años.
--¿Enserio estará bien?—pregunta curiosamente el otro chico
--Pues sí, solo fue sangrado de narices... ¿Cómo llego a sangrarte?—esa pregunta debería haberla hecho antes ¿no?
--Una puerta se atravesó en mi camino—es todo lo que doy como explicación.
--Pues deberías tener cuidados con esas puertas
--En realidad yo tendría que tener cuidado al abrir las puertas—se explica el pelicastaño mientras mira al médico con cara de culpa—yo no vi cuando abría la puerta y lo golpeé
--¿Cómo? Supongo que le dijiste cuanto lo sientes—el chico asiente con la cabeza al doctor que me mira con cara de disculpas ajenas.
--Perdona a mi hermano... suele estar en otros mundos—me dice
--¿Hermano?
--Si él es Jonathan
--Johnny—lo corrige e menor.
--Johnny—se retracta el doctor poniendo los ojos en blanco—y yo soy el doctor Felipe— extiende la mano hacia mí pero no la acepto, nunca estrecho las manos de las otras personas.
--Debo irme... gracias— me paro rápidamente de la camilla y abandono esa sala de emergencias. El frio calor del exterior me consume nuevamente.
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Alas Rotas
Teen FictionEl mundo se encargó de congelar el interior de Jesús hasta dejarlo prisionero en su castillo de hielo interno, castillo situado en un paraíso sombrío que no le deja ver la felicidad que puede alcanzar. Un chico lleno de complejos que por casualidad...
