Las heridas le provocaban un escozor destructivo, corrosivo. Lamentaba cada uno de sus errores en cada una de las cicatrices y heridas abiertas. El sudor le cubría el cuerpo como una capa más de su piel a la que hubiera adquirido costumbre. Los músculos contraídos en el nerviosismo y el estado de alerta persistente le confería un aspecto inestable, guerrero, valiente. La imagen ilustre de no sólo un gladiador victorioso, sino también emancipado de cualquier poder irreverente sobre él.
El cuerpo sin vida de su contrincante yacía en la arena, como vestigio perfecto de la brutalidad de su combate. Tenia los brazos machacados y la sangre en charcos, de cuyas heridas aún borboteaba el líquido carmesí con una intensidad casi imperceptible, pero aún latente. La gente clamaba con entusiasmo su nombre, alentando al perdón eterno y al fin de un suplicio aparentemente inacabable. La osadía de una plebe que se enfrenta a la decisión de un emperador, quien extiende el brazo para dar el veredicto final.
La sonrisa del hombre más poderoso de Roma no sólo es evidente, también lo es pública. Puede notarse la diversión crispada en su rostro, el entretenimiento pintado en cada una de sus arrugas, y de las arrugas de sus senadores, sus hombres de confianza y sus guardias. El combate sublime de dos hombres que presenciaron y saludaron a la muerte numerosas veces había acabado y con ello la decisión de su libertad recaía meramente en aquel hombre que el gladiador tenía enfrente.
La decisión fue acertada, y alabada por el populacho. La libertad había sido otorgada y el emperador en persona había descendido a la arena, al lugar de los caídos y glorificados. Al lugar de la fama efímera, reemplazada por un mejor y más hábil púgil. Al lugar donde el deseo de supervivencia, el miedo y el coraje eran el pan de cada día. La figura del emperador se veía menos imponente que la del gladiador que se hincaba frente a él, y la mirada del público reposaba en ese momento incauto, sagrado.
-Es un honor poder tener en Roma a un hombre que ha peleado y se ha aferrado a la vida como tú. Y aunque tu condición de liberto te pondrá tantos obstáculos como los que has enfrentado aquí, te ofrezco la rudis en señal de libertad, de autonomía y de independencia. Haz con ella lo que te plazca, acatando las normas y obligaciones.
El gladiador dio un leve asentimiento. Tomó la espada de madera, con finos labrados dorados y con una inscripción de libertad, de justicia y de valentía. Conceptos que no había conocido.
Y por si aquello no fuera suficiente, o más bien se trataba del momento que esperaba, tomó la espada de la arena e intentó atacar al emperador que le había ofrecido su libertad, pero una estaca de un legionario de su guardia le alcanzó primero, deteniéndolo inmediatamente. La estaca había sido asestada estratégicamente en su costado, para obligarlo a hincarse una vez más.
De su boca gorjeó sangre, sus dientes pintados de escarlata sonreían ante la muerte. Y con el último aliento del gladiador, llegaron también sus últimas palabras:
- Los gladiadores son la gloria de Roma, pero también su perdición.
Y sus ojos se cerraron lentamente, mientras la figura caía acompañado de todos los muertos que habían caído con él, en la búsqueda de libertad que él mismo había rechazado.
El gladiador cayó con una sonrisa, evidentemente consiguiendo la única libertad que añoraba: la del alma.
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Sangre, Sudor Y Arena
ActionNarra las distintas historias de gladiadores en combate, con fin de motivar y enriquecer mi experiencia en este tipo de historias. Acepto todo tipo de críticas, opiniones, comentarios y sugerencias.
