Los besos, acompañados de risas, divagaban en el eco de los rincones de la habitación. Perdidos entre las suaves sabanas que abrazaban nuestros cuerpos. Aún allí en las fronteras de la adolescencia donde ser joven es lo único que cuenta. El instinto adulto queda reprimido a la hora de despertar el erotismo. Porque siempre fue y será un juego de adolescentes. Los adultos abandonan su postura en el instante en el que se desnudan, muestran sus instintos tatuados por la adolescencia y se mezcla la intimidad en una danza de gozo y placer.
En aquella oscura madrugada sin luna, los sentimientos eran transmitidos a través de las manos y su paradero demostraba la intención, hablaban por si mismo sin necesitar explicación. Ambas manos dibujaban la figura del placer en caricias sobre la piel a la vez que se caldeaba la excitación y los deseos del éxtasis.
Las ventanas abiertas de par en par al igual que sus piernas, dejaban entrar el dulce perfume a alcanfor que inundaba la estancia, los grillos astillaban el silencio del exterior de la cabaña y la brisa salina había maltratado por años los picaportes y bisagras provocando un irritante chillido cada vez que el viento jugaba con ellas. El ruido que divulgaba el óxido con el viento nos alertó y nuestra danza se petrificó, los oídos se agudizaron en cuestiones de segundos y los ojos recorrieron la habitación buscando algún indicio de aquel delatador sonido. La luz de las velas se reflejaba en una de las dos copas de vino que yacían a un lado del colchón y tras convencerme de que aquel sonido solo fue obra del ambiente, mis ojos se desviaron hacia ella que yacía con el alma desnuda y su cuerpo vestido de excitación, acalorado y húmedo. Tan deleitante ante los ojos de un esculturista y tan perfecto ante los de un enamorado. Su pelo lacio y alvino acariciaba sus hombros y sus rosados pezones, mientras que mis labios humedecían su delicado cuello, y mis manos memorizaban cada curva de su piel suave y blanca como la leche misma.
Nuestros cuerpos caen rendidos, agitados ante aquellas horas de naturalidad y nuestras respiraciones se apaciguan con cada beso que se intercambia. Tan solo faltan unos cuantos minutos para el amanecer y ambos sabíamos lo que sucedería. Ella debía volver a reinar los mares de estrellas, a ser eso tan hermoso que tantos poetas dedicaron sus desveladas, que a tantos caminantes ha alumbrado el camino y que tantas lunas he esperado con perseverancia.
Sus parpados se abren y dejan visibles sus singulares ojos grisáceos que jamás podría aburrirme de mirar. Los últimos besos de despedida se gozan como nunca y los cuerpos se separan sabiendo que se acerca una larga y torturadora espera hasta que la luna vuelva a oscurecerse y su luz descienda en su habitación en forma de mujer para hacer el amor.
El cuerpo de la hermosa mujer se ilumina y desaparece tras una lágrima y una sonrisa que quedan plasmadas en mi memoria como tales fotografías. Sin nada que ocultar, me acerco al balcón y veo entre las estrellas como se dibuja la luna que vuelve de su velada de luna nueva para completar el cielo nocturno y darle paso al amanecer.
Una sonrisa y una sensación de satisfacción invaden mi rostro mientras le susurro al cielo:
-te veré dentro de veintiocho lunas-
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Luna
Short Story¿Le haz echo el amor a la reina de los mares de estrellas alguna vez?
