Ángel

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"Lo siento nena"
Eso es lo único que se lee en la hoja de papel manchada que él dejó en la mesa como disculpa a su cobardía.
Y yo estoy furiosa. Tan molesta.
Es lo único que puedo sentir ahora mismo. No puedo seguir parada frente a esa escena tan deprimente.
Salgo de la habitación y me dirijo a la cocina.
Sé que debe haber cervezas en la nevera. Eso era lo único que sabía hacer bien. Mantener el refrigerador lleno de vicio.
Pero me equivoco. Al parecer tuvo que beberse todo el congelador para conseguir los pantalones para abandonarme.
Me da gracia. Pero después de reírme para mis adentros las circunstancias borran la sonrisa de mi rostro. Necesito un cigarro.
Tomo mi bolso y saco una cajetilla. Poco después salgo del departamento barato que conseguí para los dos.
No esta de más decir que no pude encontrar algo mejor con mi sueldo. Son tiempos difíciles. Cualquiera lo sabe.
La diferencia está en que yo sigo aquí.
Calo hondo. Y por un momento me viene a la mente un deseo fugaz de ahogarme con el humo, pero esos dramas nunca fueron para mi. Así que escupo con fuerza la colilla de mi cigarro y con ella se va el humo con el que intento enjuagar mi frustración.
Pero sigo aquí.
Voy caminando con decisión hacia una tienda en donde tomo un six y lo pago sin decir nada.
Enseguida abro una lata y le doy un largo trago. Está fría pero el alcohol da paso a un pequeño ardor en mi garganta.
Pronto estoy de nuevo frente a las escaleras sin fin del edificio de quinta donde fui tan feliz.
Sonrío al verme tiempo atrás sobre los brazos de un greñudo, desaliñado, cansado y torpe hombre que me sonríe maravillosamente al pie de esas mismas escaleras, intentando sostenerme mientras me sube por las mismas.

Mi vista se pierde en el hueco de la lata que ahora parece más fría que nunca y al volver a beber de ella mi amargura y la de la cerveza lo hacen desagradablemente insoportable. Pero vuelvo a sorber de ella y corro escaleras arriba.
Quisiera poder darme un baño.
Sin embargo me tumbo a lado de la regadera y vuelvo a dar un trago angustiosamente largo.
-No era tan difícil ¿Sabes?-
Intento buscar las palabras correctas.
-Yo era quien tenía que preocuparse por todo. Tú, sólo por sobrevivir, a ti mismo.-
Miro mis manos y la lata entre ellas.
-Eras un idiota. Siempre supe que lo eras. Cuanto te odié cuando te vi por primera vez. Tu sonrisa era tan arrogante. Demostrabas tanta confianza.
Inconscientemente mis manos se cierran con fuerza y mis nudillos se tiñen de blanco.
-¿Dónde quedó el imbécil que iba contra el mundo?-le grito al aire-¿Acaso te lo robé? ¿Es mi culpa? ¡¿EH?!
Las lágrimas me traicionan resbalando por mis mejillas.
Y aún así me las limpio con furia.
-¡Fuiste un bueno para nada! ¡No servias para nada! Yo te lo di todo.
Sigo llorando mientras término la primera lata.
-Puede que todo haya sido un infierno- susurro- Que fueras un inútil...Pero maldición, te amaba demasiado!- y un sollozo termina mi frase.
Me levanto del piso y vacío el resto del six y mi obsequio de aniversario, el cual supongo que olvidaste, en el bote de basura.
Y sigo aquí. Y no voy a estar sola.
Te doy un último beso helado antes de llamar a la policía. Llegan casi 1 hora después para sacar tu cuerpo de nuestro baño.
Me interrogan y mi declaración coincide con el acta de defunción que redactan los paramedicos.
Suicidio.
Cinco años después tengo que tener la conversación más difícil con una niña de esa edad.
-Mami...¿Dónde está papi?-me pregunta con cierta tristeza.
La pregunta que me toma por sorpresa la respondo con sinceridad.
-En el cielo mi amor- le digo tomando su mano.
-Y ¿lo extrañas, mami?- pregunta ella con interés. Y al ver sus inocentes ojos cafés, encuentro la respuesta.
-Siempre mi vida- Me agacho hacia ella y tomo su rostro con mis manos.
-Pero te tengo a ti. Y hay mucho más de él en ti de lo que te imaginas. Ambos serán siempre Ángeles.

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