Era una noche de verano, la brisa de la oscuridad hacía acto de presencia sin ningún pudor, nos arrancaba la estufa del cuerpo y nos obligaba a buscar la lana. El atardecer era consumido lentamente por las sombras y a su vez las montañas la engullían a ella. Se escuchaban los gritos de los niños correteando y riendo y llorando como en un susurro, así como los restos de un buen rumor, reaparecen en una cesante marcha convirtiéndose en tan solo un recuerdo. Las olas meciéndose en el manto reflectante, alzando sus plateadas cabelleras y rizándose para regresar a su lugar. Formando ondas pertinentes, salpicando el aire de un aroma asquerosamente característico. La noche desprendía bostezos sin embargo la cama se me antojaba lejana. Yo seguía contemplando el faro, me amenazaba con una inminente ceguera si no apartaba la mirada cada vez que se daba a relucir. Esa luz parpadeante, guía para marineros con experiencia, salvación para aquellos que no lo son tanto. Aquella luz acentuaba mis ganas de quedarme acicalándome el oído con el graznar de las gaviotas y su hipnotizante peligrosidad. Estimo que prologué aquel desvarío unos quince minutos como mucho, finalmente fue el frío el que me hizo entrar en razón.
Al acceder a la habitación de hotel tuve la sensación de que aquello era un sueño. Era como si a la protagonista de una serie le roban el papel principal; como si mi cuerpo se moviese pero mi espíritu yaciese sin estado material alguno. No era yo, pero tampoco es que hubiese nadie más en aquella jaula de condenados que se ahogan en su propia codicia.
Mi, quiero decir el, lecho parecía sacado de una revista de decoración, esas tan caras que te planteas si el hecho de redecorar asimila el gasto constatando por la ausencia. Las nubes que había por almohadas perecían de algo que no fuese el abrigo de un ave; tal era la comodidad que el contemplar cómo el diafragma creado a raíz de mi peso se contraía resultaba incluso entretenido al observar aquellos resultados más que evidentes.
El escritorio de caoba me acechaba en la distancia, retándome a tomar una decisión que pronto lamentaría, así que decidí conducir mi espíritu hacia el aseo. Como era de esperar mi cuerpo también emprendió el camino.
Miré la arena reflectante y procesada, muchos lo llaman espejo pero a mí me gusta nombrar aquello que representa, o al menos lo que representa para mí. Arena nada más, es la pistola que apunta a los esqueletos, el insulto de boca grande hacia el sobrepeso, el embuste y trampa de la percepción humana.
Lo miré y por un momento no me vi a mí, ni al fantasma, ni a la sombra, ni a mi cuerpo. Había perdido peso eso estaba claro. Era realmente lamentable contemplar mi clavícula con sus idas y venidas, con su principio y su fin, con sus realismos y delirios. Había algo en ella que acentuaba la caída del encaje negro, como si de un entierro se tratase. También vi las costillas, y aquellos huesos de la cadera, y el vientre, y las lagunas de los ojos y unos hoyuelos en el glúteo. Me pregunté a mí misma como es que aquello le resultaba bonito a los hombres, después simplemente recordé que ninguno me había visto así o mejor dicho exactamente así.
Deambulé hacia la bañera esa de la que me reía hace unas horas por su ostentosa dimensión, esa en la que me reía hace unas horas, esa en la que me reía, esa en la que...
Ví las pinceladas rojas en el lienzo caramelo. Como si de un cuadro se tratase. Como si de una pesadilla hubiésemos recordado que se tratara. Y vi aquello en su totalidad. Los mechones azabache tallos de una flor marchitada, de una rosa blanca podrida que se torna de marrón aceitunado. Era demasiado el parecido con su piel que las lagunas de mis ojos sombríos y olvidados pronto sufrieron una inundación.
Una vez más critiqué sus exuberantes labios carnosos, pero ya no parecían rojos y apetecibles al género, ya no parecían tentadores y repletos de vitalidad.
Me asusté, es todo cuanto recuerdo. Me invadió un oscuro agujero que parecía no tener fin como si empezase en mi garganta y me fuese consumiendo, devorando mis entrañas y acechando mis secretos. Extirpando la vida porque me lo merecía. Temía que la paranoia de su fantasma me atrapase, así que decidí eliminar mi recuerdo de esa habitación beligerante a mi presencia. Tan sólo dejé una candente bañera con el alma vestida de luto. Sin embargo y tal como me esperaba, de mi mente no lo hizo; convirtiendo así aquel escenario en un sueño incorruptible.
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BAJO EL MAQUILLAJE- Open Eyes #1
Teen Fiction"Quizás si no me hubiera ido a aquella universidad, quizás si lo hubiese dejado la primera vez, si lo hubiese olvidado, si su mirada no me confundiese y a la misma vez me haga desear ser la persona que dejé atrás, tan solo si hubiese desistido en in...
