·única parte·

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Día 7 de junio de 1999.

Dirección: Íñigo.

Me acuerdo del día en el que te fuiste. Ya hace un año exactamente de eso, ¿sabes? Te echo de menos. Tú a mí no, eso lo sé. No porque no quieras, simplemente no puedes. Alicia dice que debería olvidarte ya, pero simplemente no puedo. A veces me gusta ir al salón y abrir la pequeña caja de hojalata en la que mi familia guarda las fotos. Y veo aquella que nos hicimos en tu coche. Salimos apoyados en la parte delantera, me pasas un brazo sobre los hombros, y yo sonrío sonrojada, mientras que tú me miras con tus ojos con cariño. Con dulzura. Como nadie más me ha mirado. Porque tus ojos eran los únicos que me podían transmitir tantas cosas. Amaba tus ojos, y lo sigo haciendo. Tus ojos... Tus ojos eran tan azules como tu nombre. Tan profundos. Tan bonitos. Parecían unos pequeños océanos que siempre estaban serenos. Nunca te vi realmente enfadado. Eras siempre tan optimista, tan positivo, tan alegre. Eso a veces me daba envidia. Yo nunca he tenido, ni tendré esa capacidad de pensar que todo estará bien. Sobre todo ahora que tú no estás aquí conmigo. Quizá sí. No sé dónde estás ahora mismo.

También me gusta aquella foto en la que salimos en la casa de tu primo Andrés, que por cierto, su hija nació el mes pasado, se llama Irene y tiene los mismos ojos de su madre. Seguramente te hubiera encantado conocerla.  Me acuerdo de que te gustaban los niños, también tenemos una foto con mi hermana Alicia. En la foto ella sale sentada en tu regazo, y yo a tu lado. Mi hermana me tira del pelo, y mientras que yo salgo con una cara de dolor, tú sales con una enorme sonrisa. Me acuerdo de que te reíste mucho de mí aquel día, porque era el primer cumpleaños de Alicia y estaban todos mis primos pequeños, y parecía ser que te querían más a ti que a mí, y eso que solo te conocían de hacía unos meses, mientras que a mí me conocían de toda la vida. También me acuerdo que aquella noche hablamos bajo aquel cerezo del patio de mis padres, mientras que tú fumabas. Me dijiste que si alguna vez teníamos hijos, sería una madre estupenda. Y yo me reí porque sabía que lo decías para que no me sintiera mal. Ahora no sé si lo que dijiste será verdad o mentira.

También está aquella primera foto que nos hicimos, esa en la que sale tu primo detrás nuestra poniendo caras tontas. Salimos de pie, en el parque que estaba frente a tu casa, (que por cierto han quitado para construir un súper mercado), dados de la mano. Y Dios, mi cara parece un tomate gigante, mientras que tú solo sonríes y miras al suelo avergonzado, quizá era porque era tu hermano el que nos echó la foto. No lo sé. Tampoco lo sabré.

Ayer pasó algo que me asombró mucho. Mi madre me mandó limpiar el salón, y encontré la vieja cámara que me regaló mi padre cuando tenía diecisiete años. Me entró curiosidad y empecé a pasar fotos. Todas eran muy antiguas. Alicia salía con tres años más o menos, yo soy mucho más bajita y tú salías en unas cuantas. Pero lo que me asombró de verdad, fue que entre todas esas fotos, había un vídeo, que no duraba mucho, pero era un vídeo. Comenzó y era una especie de reunión familiar en la casa de mi abuela, y tú estabas allí, porque todo el mundo te consideraba de la familia. Al principio aparece la cara en primer plano de uno de mis primos, y luego la cámara graba a todos los que estaban allí. Había música puesta y los más jóvenes (es decir, mis primos, mi hermana y yo) estábamos en el patio de la casa de mi abuela bailando. No sé qué canción era, pero yo estaba bailando con Alicia, agachada para poder llegar a su altura, cuando tú apareces detrás mía sin que yo me de cuenta, me coges de la cintura y me dices que me quieres. Eso no se escucha, pero yo lo recuerdo. Me acuerdo perfectamente de eso. Y el vídeo se acaba. Y ahí es cuando me eché a llorar, al igual que ahora. Alicia me vio y me consoló, abrazándome y diciéndome cosas bonitas. Aunque solo tenga once años, sabe cómo ayudar a una persona.

Y luego vi otra foto, la última foto. Esa que nos echamos la última vez nos vimos. Estamos abrazados en la puerta de tu casa, con el coche amarillo de tus padres de fondo. Me acuerdo que me dijiste que me amabas, que solo sería un tiempo y que no me dejarías nunca. Pero mentías. Lo hiciste. Me mentiste. Me dijiste que nos volveríamos a ver pronto. No me deberías haber dicho eso. Tú no eras adivino y no sabías que ibas a morir. Ni tú, ni nadie.

Me acuerdo del día en el que salió en las noticias. "Un siniestro automovilístico cerca de la comunidad de Extremadura deja tres muertos y un herido grave." Si de por sí la noticia fue horrible, peor fue cuando nos enteramos de que aquellas pobres personas habíais sido tú, tus padres y tu hermano Alejandro. Vimos las fotos de cómo quedó el coche amarillo de tus padres. Un caballo estaba en mitad de la carretera, a tu madre no le dio tiempo a frenar y el animal acabó encima del coche. Aplastándoos a ti, a tu hermano, a tus padres y al coche amarillo. Tus padres murieron en el acto. Al igual que tú. Alejandro tuvo suerte y cuando llegó la ambulancia estaba vivo, inconsciente, pero vivo.

También me acuerdo cuando nos enteramos que habíais muerto. Me acuerdo de que sentí como si mi corazón se estuviera estrujando él mismo. Solo me acuerdo que me dolía el corazón. Y sin darme cuenta comencé a llorar y a chillar. A gritar. A desmoronarme. A sufrir. No recuerdo mucho más de aquello. Mi madre dice que tuve un ataque de ansiedad y que me desmayé. Cuando desperté en el hospital deseé haberme muerto, no solo desmayarme. Y tal vez suene muy exagerada, pero eso era lo que quería en ese momento. Morir. Me faltabas tú. Y eso ya era como morir.

También me acuerdo del día de tu funeral. No fui. Porque eso significaba despedirme de ti, y no quería. Al igual que a veces veo nuestras fotos de la caja de hojalata de mis padres, voy al cementerio y me quedo un rato mirando tu lápida. Y lloro. Porque quizá yo podría haber hecho algo para evitar eso. Debería haber insistido más cuando te dije que te podrías quedar a vivir en mi casa, o quizá comprar una casa para los dos. Pero me dijiste que no, que no querías dejar a tus padres y a Alejandro solos. Pero al haberte ido con ellos, nos dejaste a todo el mundo solos.

Escribo esto porque hoy es siete de junio, ya hace un año de tu muerte, y según Alicia tendría que superarte ya. Quizá ella tenga razón. Tú no querrías que me amargara todo lo que me queda de vida. Por eso te escribo esto, Íñigo, para despedirme de ti, para siempre.

Andrea. 


I Stories to obsess over. Discover now