El sol se ha ocultado detrás de la montaña en forma de silla. Es hora de ir a trabajar. El aire es lo suficientemente frio para poder conservar los trofeos, debí traer una bufanda, la brisa quema mis poros nasales y me cuesta respirar, además el clima gélido mantiene el color natural de los trofeos. Es una buena noche para trabajar. Llevo en mi maleta mis herramientas, las terminé de limpiar y ahora están listas para el siguiente trabajo. Antes de salir me aseguré de quitarles hasta la última mancha roja, las pulí hasta que pude verme reflejado en la hoja y no me reconocía, me veo cansado. Las bolsas en mis ojos me delatan y mis glóbulos han perdido su color, ahora lucen rojizos y me lagrimean. Vaya, no me había percatado de mi olor, es preferible no tocar el tema. Aún tengo impregnado el aroma del desinfectante en mis manos, llevarme el trabajo a casa resulta el doble de complicado e incluso más fastidioso. Detesto limpiar y detesto el desinfectante. Tocó mi bolsillo derecho y escucho el tintinar de mis llaves. Es hora de trabajar.
La grava que cruje bajo mis zapatos me indica que estoy cerca de mi objetivo. El olor a hierba, basura y orines también. Los grillos cantan y brincan al compás de mis pasos, la carretera me llama, soy parte de ella y los trofeos son parte de mí. Me siento en la espina dorsal de una bestia infernal que cabalga por el octavo círculo del infierno. Yo podría apostar todo lo que tengo en esta vida a que el infierno subió a la tierra y está aquí, y si no es así no puedo imaginar cómo debe serlo. Ya nadie sonríe, nadie habla, todos somos alimento de la bestia que cabalga por el inframundo y cuando tiene hambre nos llama, como llama a los trofeos y a los que los preparamos. Veo a lo lejos las luces del autobús que anuncian su llegada, me aseguro mi morral y suenan mis herramientas, los grillos callan por un momento, el aire se detiene y la luna deja de brillar en el cielo, todos saben qué hora es, para este tipo de trabajo no hay descanso ni consideración, tampoco tiempo para ponerse a llorar, solo espero que no sea tarde. Se apea frente a mí el camión y lo abordo.
Ellos me reconocen y yo los reconozco, bajan la mirada, sus ojos están igual de cansados que los míos, todos lucimos cansado en esta tierra árida y olvidada. La luz neón roja ilumina el interior del autobús y delata a los pocos pasajeros, todos igual de cansados e igual de muertos. Una mujer, quizá dos, me falla la vista, todas uniformadas con las batas de las fábricas de suicidios, ya con la edad suficiente para ser trofeos. Una me sonríe y puedo darme cuenta que puede ser la mejor candidata. ojos verdes, labios grandes y su tono de piel puede adaptarse perfectamente al frio. Me tiemblan las manos y pienso en mis herramientas, es mejor que me controle. Un trabajo a la vez. Camino por el pasillo del camión, mi brazo se desliza por el tubo de apoyo y mi morral choca con el hombro de una mujer, suenan mis herramientas, mi corazón se acelera " lo siento" sale como un susurro de mi garganta, ella me ignora, me siento mejor, continuo por el pasillo hasta llegar a fondo, mi corazón late nuevamente.
Debí traer mis lentes conmigo así hubiera sido más sencillo ignorar el bulto que brinca cada vez que el camión cae sobre un bache. Me hubiera detenido y finalmente optado por sentarme en otro lugar, pero fue demasiado tarde, estoy sentado junto a ella. No rebasa los veinte años de edad y su cuerpo luce pulcro, perfecto. No debe tener hijos, pero debe trabajar para ayudar a sus padres. Sería un trofeo perfecto. Siento como mi mano se desliza hacia mi morral, lo abro lentamente y mis dedos se topan con mi herramienta favorita, siento el filo en las yemas de los dedos, me estremezco, busco el mango de mi cuchillo, ella es perfecta, un trofeo, uno más ¡no! ¡Contrólate!
Saco mi mano y trato de calmarme, el jefe me mataría si llevara otra sin su consentimiento, ya no hay lugar para una más. Además hoy les toca limpieza y no puedo hacerlas esperar más tiempo, incluso podrían encelarse por una nueva, pero sería imperdonable dejar pasar tan bella mujer para volverla inmortal¡qué desesperación! La noche es perfecta para morir.
Ya he recorrido gran parte del camino y el autobús comienza a quedar vacío. El chofer me mira a través del espejo retrovisor, sabe que estamos por llegar, sus ojos me lo dicen, no tienen alma, no tienen vida. Es como yo. Se detiene en seco y me levanto de mi asiento procurando no mirar a la joven dormida, no es para mí, no, ella no. Ella será el trofeo de alguien más ¡qué envidia! Bajo sin prisa del vehículo y el aire quema mis mejillas, es demasiado frio, ahora me arrepiento de no haber traído bufanda. Salgo de la carretera y me adentro en el desierto. Los grillos me reconocen al punto que me siento parte de ellos, quisiera cantar toda la noche a su lado pero la oficina está a unos metros así que mejor apuro el paso. Estoy frente a la piedra en forma de cono, al parecer soy el primero en llegar. Busco con los pies la cadena que abre la puerta, después de un rato de barrer el suelo suena el cascabeleo delator, me pongo en cuclillas y tomo la cadena, tiro de ella y la puerta de madera se abre frente a mí. Ya estoy en casa.
Estoy dentro del túnel y las luces se encienden, parpadeantes para mostrarme el camino. El frío que se siente aquí dentro se encarna hasta la médula . Todo está en silencio, detrás de mí la puerta se cierra por lo que puedo dar por comenzada mi jornada laboral. Aquí termina y empieza la magia, la transformación de algo bello en perfección, las lágrimas en diamantes y la sangre en vino. Somos artistas. Al fondo está la puerta que me llevará a donde están los trofeos, sigo avanzando hasta que mi mano se topa con la perilla, la giro y mi corazón se acelera inyectado de adrenalina en cada arteria de mi cuerpo mientras la puerta cede poco a poco y las bisagras rechinan para avisar mi llegada.
La brisa, cargada de texturas y sensaciones mórbidas me da la bienvenida. El motor del congelador ronronea y me asegura que las ha mantenido frescas, enciendo el resto de las luces. Me siento satisfecho al ver mi trabajo y corre sobre mis venas la sensación de alivio al encontrar los trofeos tal y como los dejé la última vez que vine. La rubia al centro de las demás. La favorita del jefe. A lado derecho la morena del cabello rizado, su piel avellana sigue resaltando su mortecina tonalidad, que, en opinión personal, es mi favorita. Debo engrasar las cadenas y los ganchos, la corrosión puede extenderse y manchar la espalda de los trofeos. Recuerdo aquella de cabello lacio y labios exageradamente gruesos, tuvimos que descolgarla y volverla ingrediente de sopa. El jefe nos hizo conseguir dos más para poder compensar semejante perdida. Las chicas cuelgan y se agitan con el aire del congelador, acomoda sus cabellos y las hace danzar de una manera lenta e hipnótica que hace que no puedas apartar la vista de ellas. La perfección de sus cuerpos, su tonalidad, cada cosa en su lugar. El vello púbico bien acomodado, la piel humectada, las uñas y los labios pintados. Ningún ser humano pude alcanzar tal grado de perfección, y yo lo hice. Aun se ven algunas puntadas provocadas por mis herramientas de trabajo, pero nada que un maquillador experimentado y con visión no pueda solucionar, el jefe es muy exigente y todo debe sobrepasar la perfección. Esta noche solo les quitare la escarcha del cabello y ninguna presenta síntomas de descomposición por lo que podré ahorrar horas de trabajo, incluso puedo darme tiempo de llevar a mi hija al colegio. Al final solo resulta ser un trabajo más, mi hija crece y yo envejezco y el jefe me paga el triple que en la fábrica de suicidios solo por quitar un poco de hielo, además, es preferible trabajar aquí, así no tendré la pena de ver como mi hija se convierte en un trofeo.
EL MIGRADOR
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TROFEOS
HorrorEl trabajo de un hombre consiste en mantener limpios los trofeos de su jefe sabiendo que si hace mal su trabajo su hija podría resultar ser la siguiente en la colección
