Mi vida podría ser como la de cualquier otro joven de mi edad si tan solo no hubiera estado en el sitio equivocado a la hora equivocada. Eso siempre fue algo que me caracterizó: los problemas no venían a mí, yo iba a ellos.
Desde niño, mi vida siempre había sido una completa decepción. La gran mayoría de personas con las que convivía diariamente, siempre coincidían en lo mismo. Por ejemplo, para mis profesores, siempre fui un niño problemático, una criatura a la que le hacían falta "buenos modales", aunque siempre aseguraban que mi inteligencia los sorprendía. Nunca me importó la opinión de ellos, realmente, siempre estuve por mi cuenta haciendo lo que creía correcto, y no toleré jamás que alguien que no tenía el poderío suficiente, quisiera darme órdenes. Desde muy joven siempre tuve un alma rebelde, salvaje, indomable. Nunca soporté que me dieran órdenes o que quisieran limitarme. Admito que por mi pensamiento subversivo me he metido en más problemas de los que se pueda detallar, pero sinceramente eso siempre estuvo en mi ADN. Nunca fui un sujeto muy amante de las reglas impuestas por otros, y mucho menos si veía que éstas no tenían ningún tipo de argumento "fiable" que las sustentara. Lo cierto es que pocas son las normas que respeto, o a las que simplemente me someto y obedezco.
En parte no es mi culpa. Nací sin una imagen paternal que me sirviera de ejemplo, debido a que, sin siquiera haber nacido para presenciarlo, mi padre se fue abandonando a mi madre y a mí. No le guardo rencor, pero para mí, él está muerto. Mi madre me suplica a diario que no lo odie, que ella ya lo perdonó y que el daño mayor ya fue superado. Aún así, recuerdo las calamidades que ella tenía que sufrir para poder sacarme adelante: los desprecios de la sociedad a una madre soltera, las complicaciones de conseguir un trabajo estable, la indiferencia de las personas a una mujer que solo quería asegurarle un buen futuro a su hijo, encontrándose sola ante todo y todos. Esas cosas me afectaron aunque lo niegue. El verla llorar amargamente por las noches por no poder darme lo que necesitaba o por el daño que el rechazo de los demás causaba en ella, de a poco fue forjando en mí esa personalidad rebelde que me caracterizaba. Cuando era apenas un crío, el ser rebelde no era algo tan grave, pero cuando crecí, mi personalidad subversiva se hizo aún más evidente. Llegué a un punto en el que me dije a mí mismo que no permitiría que nadie más les hiciera daño a las personas a las que quería y pretendía proteger. Me juré que no permitiría que ninguno de mis seres queridos sufriera, y mucho menos si podía evitarlo. Siempre me enfureció que las personas aparentemente más "fuertes" les hicieran daño a las demás solo porque se creían con el derecho para hacerlo.
Aunque a muchos les moleste, voy en contra de lo que piense el resto. Los estatutos no van conmigo. Las tendencias me asfixian. La moda me incomoda. Y, por si fuera poco, la sociedad no me tolera. Pocas son las personas con las que me llevo bien, o con las que comparto un vínculo más cercano y afable. Estas son: mi madre, Francis y Olivia.
Desde siempre mi madre me pareció una mujer valiente, dedicada, un ejemplo verdadero de mujer valiente. Ella siempre mantuvo un perfil bajo y jamás hizo alarde de las cosas que la hicieron lo que es. Ella reconoce de donde viene, y no piensa negar sus raíces por más que ahora no necesite recordarlas. A diario recordaba su sufrimiento pasado para que su futuro fuera más fuerte. Ese era su pensamiento, y por esa y muchas razones más, la admiro y no dejaré de hacerlo jamás.
Francis es mi amigo desde siempre. Francis es un joven castaño, de ojos verdes, piel blanca, alto y de contextura delgada. Nos conocimos cuando niños, una vez cuando me enviaron a la detención de la academia por un comportamiento indebido que había tenido en el salón de clases al tener apenas 10 años. Desde ese entonces, habíamos sido inseparables.
Aún recuerdo la primera charla que mantuvimos:
—¿Y tú qué hiciste? —me preguntó, mirándome desde una silla en la hilera de bancas frente a la mía, donde se encontraba sentado. Recuerdo que no lo miré, enfocándome en las baldosas del suelo, abajo de nosotros. Cuando niño, no hablaba mucho. No me interesaba relacionarme con los demás ni entablar amistades, pero a medida que fui creciendo, eso quedó en el pasado y no tuve problema alguno al momento de socializar con los demás. Sin embargo, mi confianza no la depositaba fácilmente.
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Jason Lee: Sentencias del Destino
Action¿Alguna vez te has preguntado si es lógico luchar contra el destino? Cuando la vida te golpea duramente, es algo que comienzas a preguntarte. Es increíble cómo pueden cambiar las cosas en una sola noche, solo por encontrarte en el lugar incorrecto a...
