Viktor se quedó mirando la tenue lluvia entre los rascacielos, mientras los últimos rastros de luz solar quedaban cubiertos por las inmensas estructuras del puerto.
La débil luz de la ceniza en su cigarro devoraba lentamente el papel y la mezcla de tabaco mientras cerraba los ojos ante el deleite neuroquímico que le producía la nicotina. Intentó imaginar cómo su adicción comenzaba a consumir su tiempo de vida mientras el humo llenaba sus pulmones y lo dejaba escapar parsimoniosamente por la rendija de sus labios.
Un taxi se detuvo en medio del maremagnum del tráfico nocturno y el motor ronroneó en ralentí mientras un grupo de personas bajó de él. Llevaban curiosos trajes de colores, camisetas con motivos dinámicos y luminosos, maquillajes móviles, como tatuajes en vida propia. El último de ellos le llamó la atención.
Un escaneo térmico y de bultos sospechosos confirmó que no parecía estar reaccionando a ninguna amenaza externa y que no iba armado. Aquello era normal: luego de los enjambres de ataques terroristas en Barcelona, los controles de armas bajo sospecha y en todos los lugares públicos y privados eran algo común.
De todas formas, valía la pena el intento.
Tiró la colilla del cigarrillo en la calle. Su brasa ardiente murió bajo la lluvia en un tenue sonido sibilante, apenas perceptible.
Viktor se preguntó si acaso el objetivo de esta noche quedaría en el olvido tan rápidamente como la colilla de su cigarro.
Se dirigió a la entrada del local en donde parecía estar desarrollándose la fiesta que su cliente le había informado que sucedería. “Es un tugurio peligroso, semi-enterrado entre las ampliaciones clandestinas del edificio Crown, en la avenida antigua”.
Abrió la puerta, mirando hacia ambos lados, como si intentase ocultar su llegada.
Dentro, el ambiente era denso. El vapor de las máquinas de fantasía inundaba el aire, mientras los colores psicodélicos, el láser y los hologramas movían una especie de cuadro grotesco y surrealista en los ambientes del local. Los inevitables gorilas estaban plantados ante la puerta batiente, mientras una señora imposiblemente bajita estaba tras un vidrio blindado a la izquierda, recibiendo dinero de una chica que entraba en ese momento.
Viktor se deshizo de su campera de cuero y dejó al descubierto una camisa blanca con un diseño móvil en colores vivos de una bandera americana en llamas bajo un cielo azul y un realista movimiento causado por el viento y su propio movimiento.
La señora pareció calificarlo con ojo experto y dio el visto bueno a los gorilas para que lo registrasen. Un rudo asentimiento de los guardias hizo que se relajara visiblemente. Le pareció una buena idea comenzar una conversación.
- Hay tanto listillo que ha querido pasar por aquí. Supongo que lo entiende.
- Claro como el agua.
- ¡Y los terroristas! Desde cuando que no los veíamos, ¿sabe? Por lo menos una década, desde la bomba de Tel-Aviv.
- Terrible.
- Y que lo diga, señor…
- Kantmann.
- Señor Kantmann. Tiene el ítem de esta noche, ¿no?
Viktor sacó de un bolsillo ajustado de la camisa un pequeño paquetito envuelto en seda de imitación blanca. Dentro había una jeringuilla metalizada de estética retro, rellena de un líquido transparente casi hasta la marca de los 5 miligramos.
- Perfecto, señor Kantmann. Puede pasar. Paco y César lo vigilarán de cerca, ¿me entiende?
- Entendido, ¿es todo?
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Cuentos N°1
Short StorySerie de cuentos cortos, creados íntegramente por mí y que tratan de diversas temáticas.
