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Soñé que volaba

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Camino entre lapidas de piedra cubiertas de musgo y hiedra. Puedo decir que es de día, porque está claro. Se ve todo el cementerio a mi alrededor y más allá de sus límites se divisa el prado, liso y verde, hasta el horizonte.

Una cálida brisa roza mi piel y ondula la fina tela de la túnica blanca que me cubre. Mis rizos flamean al viento, acompañados de un dulce olor a flores.Una de las tumbas llama mi atención. Quito las plantas que crecen sobre ella, aferradas a la piedra y un resplandor surge del interior de la roca, cegándome. La luz me trae recuerdos... de este mismo lugar. Sí, así es. Conozco este lugar, he soñado con él. En mi sueño también caminaba entre estas tumbas. ¿Qué más había en mi sueño?Recorro el lugar y encuentro un ave moribunda. Está exhalando su último aliento. Me pregunto... ¿también ella soñaba con este lugar? ¿Sabía que vendría a este sitio cuando llegara el fin de sus días?La aprieto dulcemente contra mi pecho y se disuelve en una dulce y cálida luz que penetra en mi cuerpo. El calor se disipa por todo mi ser.Siento una fuerte punzada de dolor en mi espalda. La piel sobre mis omóplatos arde, se abre, se desgarra. Es un dolor agudo, pero que a la vez, me proporciona un inexplicable placer. La sangre tibia corre por mi espalda empapando mi túnica blanca.Caigo sobre mis manos, presa de este dolor maravilloso. Se siete tan intenso, deseado y profundo, que no estoy segura si mis lágrimas son de sufrimiento o de felicidad.Pequeñas alas empapadas en sangre surgen de los tajos que cortan mi espalda. Trato de extenderlas y más sangre brota desde mis heridas.A las puertas del cementerio, la luz se intensifica. Es un brillo cálido que me llama. Lo he visto antes. En mis sueños, corría hacia él desesperada y nunca lograba alcanzarlo.Ahora, quiero saber cómo termina mi sueño, quiero correr hacia esa luz y descubrir lo que hay más allá. Pero necesito mis alas, preciso que se extiendan, que me lleven hacia el final.No temo al dolor ni a lo desconocido. No tengo miedo de los extraños sueños, ni de las pesadillas, ni siquiera de los recuerdos de las llamas. En ellos, el fuego me envolvía, consumía mi piel. El humo tapaba mi nariz y mi boca, inundaba mis pulmones impidiéndome respirar. Hasta que la necesidad de hacerlo fue tan fuerte que inhalé el fuego que me rodeaba y el humo negro invadió mi cuerpo y mi mente deteniéndome el corazón, llenando de oscuridad mi conciencia.Aunque sé que eso no fue un sueño... desperté aquí. Ahora puedo respirar libremente y para siempre.El dolor que marca mi piel no me corroe, sino que me libera. Este dolor maravilloso me revitaliza y da fuerza a mis alas, para madurar, para extenderse, para poder volar.Con determinación me pongo de pie y corro hacia la luz. Una figura surge en ella. ¿Quién es esa mujer? ¿La conozco? ¡Claro que sí! Ahora lo recuerdo, sí he estado en este lugar antes, a los pies de esa tumba, cuando la dejé allí la última vez que la vi. "¡Te he extrañado tanto!".Ella luce joven y hermosa, como una postal de los años cincuenta, con su rostro pálido, suave, sus labios color carmín, su pelo corto y ondulado.Recuerdo que en el sueño corría hacia ella, y seguía corriendo sin poder alcanzarla.Sé que ahora no estoy soñando. Voy a alcanzar esa luz, voy llegar a ella y saber que sucede al final de mi sueño.Mis alas se extienden, puedo volar. Es una sensación grandiosa. Mis pies ya no tocan el suelo. Surcando los aires sigo hasta sentirme dentro del cálido resplandor. Ella está aquí, frente a mí, por fin. Nos fundimos en un abrazo, nos empapamos en lágrimas de felicidad.Tomadas de la mano volamos hacia el más allá.


"No es justo tener que esperar a estar muertos para poder volar.


Deberíamos ser capaces hacerlo desde que nacemos,



así, siempre llegaríamos a los brazos de las personas



que extrañamos y que más queremos."

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