1- Matricaria

154 4 2
                                        

Aquella tarde de febrero, las nubes estaban todavía más radiantes que los anteriores días y el sol lucía diferente intentando hacerse notar entre ellas. Sacó el móvil de su bolsillo y desde su posición empezó a hacer fotos al cielo grisáceo, pues aquel era el cometido de aquella velada.

- ¿Por qué fotografías las nubes, Alice?_ preguntó Mary viendo la forma curiosa en la que disponía el aparato.

- Las nubes tienen mucho que contar... Se mueven a su manera y se expresan con dibujos extraños que si observas bien sabrás descifrar.

- Prefiero hacer fotos a los conejos... Que, por cierto, hoy no hay ninguno, y mira que a estas horas suele haber.

Mary se tumbó junto a su amiga a la espera de que el móvil se la cayera en la cara para echarse unas risas. "Alice tiene su propio mundo" pensó "no creo que llegue nunca a su locura... ni aunque lo intente... Es tan... Peculiar"

- ¿Has notado que el sol está extraño?_ exclamó de repente Alice.

- Yo lo veo normal...

- No Mary, hoy parece una bombilla apunto de explotar... O una luciérnaga entre la niebla apagándose su luz...

- ¡Siempre asocias todo con la muerte! ¡Igual que el acantilado! ¿Recuerdas?

- Montaña de playa desde la que se suicida la gente... ¡Claro que me acuerdo!

Y ambas rieron. Alice se quedó preocupada pues aquel día todo era diferente para ella. Se había levantado con la sensación de ser otra persona completamente diferente y más después de todo lo ocurrido aquella semana, sobre todo la noche anterior. La hierba era más cómoda de lo habitual y en el viento oía palabras susurradas, era como si viera el mundo girar mientras ella permanecía inerte...

De repente el sueño vino a perturbar sus ganas de hacer fotos y se quedó dormida mientras el aire mecía su melena corta en una nana que no conocía. Últimamente la misma fantasía se sucedía mientras dormía. Oscuridad y ojos que la miraban... Risas siniestras y mucha calma con una sensación de temor... Y corría porque se sentía perseguida y veía una sonrisa al fondo, grande y de dientes afilados... Oía espadas chocando, gritos y cantos...

- ¡Alice! ¡Despierta!

Alice se incorporó sobresaltada.

- Están saliendo los conejos_ susurró Mary_ Yo iré por este camino, ve tu por el otro, así tendremos más fotos...

Cuando su cerebro dio sentido a las palabras que acaba de oír, apenas se veía a Mary en el camino de la izquierda. Se levantó perezosa y observó a su alrededor. Y lo vio... En el claro donde ella estaba había un conejo blanco que parecía normal pero claramente no lo era. No era más grande ni más pequeño que los demás, eso es cierto, y sus ojos eran oscuros con un brillo rojizo en ellos, pero llevaba un abriguito azul abrochado con corchetes, unos guantes de lana, anteojos y sus orejas, negras, recogidas hacia atrás con un coletero. No estaba tan lejos de ella, podría sacarle una foto sin que se diera cuenta pero el flash lo sobresaltó, y dándose cuenta de que Alice lo había visto, salió corriendo en la dirección en la que ella misma debía ir. No dudó de lo que debía hacer y puso pies en polvorosa para seguirlo.

Dado el color claro de su pelaje era fácil no perderlo de vista, pero corría bastante rápido. Llegó a lo alto de la colina donde un olmo viejo y retorcido daba la bienvenida a todo aquel que llegase a aquella zona tan lúgubre. Había visto hacia unos metros como el conejo desaparecía bajo el árbol, así que supuso que debía haber una madriguera cerca. Se apoyó en el olmo para coger aliento y descansar un poco. Allí estaba el agujero. Era lo suficientemente grande como para que ella cupiera a la perfección, lo que la llevó a pensar que era un peligro para los niños que jugasen cerca. Y queriendo asomarse con cuidado para saber si había rastro del conejo, se tropezó con una raíz sobresaliente y se precipitó al vació.

Caía dando vueltas y vueltas y en la oscuridad aquello la mareaba junto con el terrible olor a humedad que impregnaba las paredes en las que distinguía con mucha dificultad raíces y otras formas extrañas. De súbito, empezó a disminuir la velocidad a la que descendía hasta el punto de caer ligeramente como una pluma y sus ojos, que por fin se habían acostumbrado a aquella negrura, observaron que las figuras extrañas eran en realidad muebles. Armarios que flotaban, lámparas que podía encender en su descenso, sillas que la esquivaban y un piano que amenazaba con venírsele encima. Despreocupándose de aquellos trastos, comenzó a pensar cuanto tiempo llevaba cayendo y que distancia había recorrido ya. No era físicamente posible que llevase casi una hora descendiendo y que su aceleración fuera tan pequeña como la que hay en la luna. Por lógica no tenía que quedar mucho para que su viaje finalizara, así que se relajó un poco hasta que notó bajo ella un suelo lleno de ramas y hojas secas. El impacto había sido verdaderamente insignificante, así que se levantó rápidamente para poder centrar su atención en el pasillo que se extendía ante ella.

Estaba ligeramente iluminado y una alfombre teñía el suelo de rojo. Las paredes estaban empapeladas y muy envejecidas por la humedad que las consumía. Miles de puertas buscaban a alguien que quisiera entrar por ellas, todas diferentes tanto en colores como en formas. A pesar de que parecía que el pasillo no tenía fin, había visto al conejo blanco desaparecer de nuevo al final del pasillo por el lado de la izquierda.

Y ahora venía la duda. ¿Intentaba volver arriba ointentaba buscar otra salida al final del pasillo?

LocoriumWhere stories live. Discover now