Corre

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Esquivo a los transeúntes que me miran, extrañados. Mis pies se hunden en el asfalto, y mi mente está demasiado nublada para recordarme lo imprudente que estoy siendo. Oigo las bocinas de los autos: me ensordecen, pero no les presto atención. Tampoco hago caso a la presión aplastante en mi pecho.
Siento que mis piernas se están quemando. Tengo las rodillas raspadas y los huesos me duelen.
Esto no puede estar pasando, me repito. Quiero detenerme, pero no puedo. Soy incapaz de dejar de correr, intento dejar atrás el dolor que me persigue a una velocidad aterradora, pero ésta tironea de mi chaqueta. Me sofoco, y todo comienza a dar vueltas.

No sé dónde estoy, pero sé cómo llegué aquí. El nombre de la calle es desconocido, y probablemente esté muy lejos de casa. Pero, ¿qué importa? Lo único a lo que había podido llamar mi hogar se había derrumbado, y me había dejado a merced de lo que sea me estuviese comprimiendo los pulmones.
Trato de recordar exactamente la conversación que había tenido con ella minutos antes, pero todo está demasiado borroso. Sin embargo, su mirada apologética está grabada a fuego en mi mente.

Pasé meses encerrado en el estudio hasta la madrugada, escribiéndole canciones y tratando de ignorar el hecho de que me quedaba sin tiempo. No quería enfrentarme a lo que sabía en el fondo. Solía creer que no pensar en las cosas haría que desaparecieran.

La primera vez que la vi pensé que no era real: cruzamos las miradas por un segundo, y entonces desapareció. Tuve la oportunidad de hablar con ella un mes después. La había visto tantas veces en mis sueños que tener que presentarme de nuevo me daba una sensación de déjà vu. Mi estudio me parecía sucio y desordenado cuando ella se sentó en la silla frente a la consola, aunque lo había dejado prolijo y limpio en cuanto me enteré de que vendría. No podía dejar de pensar en el cuadro torcido a su derecha y el vaso de soda a medio terminar sobre la mesa.
Sentía el peso de su mirada en los hombros mientras le explicaba mi idea sobre la canción que debíamos grabar. Rogué a Dios que no me estuviera sonrojando, pues ya era demasiado tener que asegurarme de no estar diciendo incoherencias.
Verla en la cabina fue mágico. Había visto vídeos de ella cantando en vivo más veces de las que me atrevería a confesar, mas era una experiencia totalmente diferente. El pulso se me aceleraba, y no tenía idea de qué contestar cuando me pedía mi opinión. Pensé que editar su voz era un crimen.

Mientras corría pensé en que quizá la duda hubiera sido mejor. No estar seguro me daba una seguridad cobarde. Pero, ¿a quién quiero engañar? Estoy siendo irracional, no puedo pensar bien. Moría por saberlo, por finalmente encontrar respuesta en sus labios a la pregunta que hacía que se me acelerara el corazón y me sudaran las palmas de las manos. Pero esperaba que aquélla me llenara el alma de calor, y no que me destrozara de la forma más horrible.

Siempre pensé que estar seguro era lo mejor, aunque me lastimara.

Eso no importa ahora. Estoy a punto de colapsar en el medio de un barrio que no conozco, pero no podría importarme menos. Está bien, estoy bien, porque ella fue la que me lastimó, y no lo hubiese querido, de haber sido de otra manera.
Estoy sangrando, y estoy derramando el corazón en lágrimas, pero está bien. Podré sonreírle cuando la vea mañana, cuando me pregunte sobre qué quiero escribir. Y yo le diré que me gustaría que fuera de amor, porque es lo único que siento cuando estoy junto a ella.
Me desmorono con cada exhalación, y las manos me cosquillean. Deseo tocarla, y decirle que no tengo idea de qué haré conmigo mismo después de esto. Lo único que sé es cómo amarla, cómo anhelar tenerla junto a mí y respirar el aroma a su perfume que irradia su piel. Su existencia es lo único que conozco, y no puedo oír otra cosa que no sea su voz. No siento otra cosa que no sean todas las veces que rozó su brazo con el mío, y lo único que me ha deslumbrado en la vida ha sido su sonrisa cuando la hacía reír.

Todo eso se ha ido.

La espalda me está quemando, y el fuego en mi garganta se aviva con los gritos ahogados en mi almohada. Mis manos están acalambradas por las horas que llevo con los puños cerrados, como si clavarme las uñas en mi piel lograra cambiar algo. Siento que el recuerdo de su rechazo martillea dentro de mi cabeza, y con los pensamientos ruego que me dé un descanso para llenarme con el sonido de su risa. Mis ojos están hinchados, y las lágrimas no me dejan ver lo miserable que soy.
Las sábanas están empapadas en sudor y lágrimas, y mi cabello combina con las medias lunas negras debajo de mis ojos. Ya no quiero sentir, y las punzadas de dolor se sienten tan fuertes como en el primer momento.
Ella es la que me ha causado dolor, mas no quiero que nadie más venga a secarme la cara. La necesito, y saber que no puedo llamarla no hace nada más que empeorarlo todo. De todos modos, ¿qué le diría? ¿Que me ha roto el corazón y que quería que lo arreglara?

Estúpido —murmuré, asqueado.

Tendré que verla eventualmente, y enfrentarme a esa mirada que siempre encuentra todo lo que me está molestando. Tarde o temprano deberé dejar de fingir, pero, Dios santo, espero que no sea pronto. No soportaré verla así, preocupada. Sé que hará un millón de preguntas, y saber que es ella quien me ha hecho sufrir como un imbécil la hará sentir mal. Ya es suficiente con un corazón roto. Me odiaría aún más si la entristeciera. Entiendo que no es su culpa no estar perdidamente enamorada de mí, como yo lo estoy de ella. Sólo fui un idiota que pensó que tenía una oportunidad y se dejó llevar a través del mundo fantástico que había creado en su cabeza. No pensé que chocarme con la realidad me dejaría tan magullado.

A la derivaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora