Miércoles

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Hoy ha sido un día estupendo en varios sentidos. He estudiado tres temas enteros e incluso me ha dado tiempo de ir a comprar un par de cosas que necesitaba en mi habitación. Me siento independizada, totalmente segura de mí misma y feliz.

Mudarme a la facultad me ha servido como método de evasión. Estaba atosigada y eso repercutía en mis notas y en mi actitud. Las constantes peleas de mis padres y tener que encargarme de una hermana adolescente rebelde impedían que pudiese relacionarme con el medio exterior.

Por fin les he dicho que me mudo, que el dinero de la beca es suficiente como para permitirme una habitación en la facultad de mi universidad. Ellos no han tenido otra opción que aceptar mi nueva vida.

Llevo ya cinco días aquí y me siento más como en mi casa que nunca. Todavía no conozco a nadie, pero tampoco me quiero involucrar en el mundo social hasta que establezca bien mis ideas en mi cabeza sobre lo que quiero.

Quiero seguir con mi carrera de psicología avanzada y sacar buenas notas, es mi principal vocación aquí dentro. No quiero apartarme de las fiestas o de las redes sociales, pese a todo, sigo siendo una chica de diecinueve años.
Esta noche celebran una fiesta en la casa abandonada de la facultad, una fiesta de celebración porque el equipo de la facultad ha ganado el partido de hoy.

En mi vida no he tenido muchas amistades, simplemente por el hecho de no ser sociable. No les echo la culpa a mis padres, pero creo que si no hubiesen estado discutiendo desde que nací, no habrían alimentado mis complejos y ahora mismo estaría segurísima de lo capaz que soy.

Me ha hecho falta independizarme para darme cuenta de que la única que limita mi felicidad soy yo.

Salgo de mi habitación para dirigirme al coche. Los pasillos están vacíos y fuera hace un frío que cala los huesos. En las paredes hay carteles publicitarios que anuncian los concursos académicos de ciencias y las audiciones para formar parte del equipo de animadoras. Siempre he odiado a las animadoras por su inevitable tendencia a creerse superiores, como si nos dividiéramos en diferentes estatus sociales.

Decido bajar por las escaleras. Saco mi móvil pero no hay llamadas ni mensajes. A veces me gustaría tener una madre pesada que me llamase cada cinco minutos para ver si necesito algo.

Me paro en seco al escuchar una conversación entre dos chicos.

—Tío, te dije que trajeras tú tu parte.

—¿Te crees que he venido a la universidad a pasarte material a ti? Tengo mis asignaturas y mis horas de estudio asignadas, capullo.

Siguen discutiendo acerca de algo que tenía que traer uno y no lo ha conseguido. Decido caminar y pasar por delante sin más.

—Oye— me dice uno de ellos mientras me agarra el hombro.

—¡Suéltame enseguida!— exijo.

—Joder—masculla mientras se ríe— perdona, monjita samaritana. Solo quería decirte que te pasaras por la fiesta de hoy. Necesitamos mucha gente.

—Esta no va a venir— dice el otro— si se asusta por tocarle el hombro, imagina lo difícil que tiene que ser que vaya a una fiesta.

—Pues, para vuestra información, cerebritos, tenía pensado ir. Pero desde luego que si va gente tan inmadura como vosotros, paso de ir.

Martes 13Where stories live. Discover now