John tenía miedo. Era uno de los más fuertes de su clase, enfrentaba todo tipo de obstáculos y podía ganarles hasta incluso en una discusión verbal, si así lo quisiera. Pero lo único que sentía en esos momentos, a pesar de su reputación, era miedo.
No sabía que le causaba más temor, ver qué tan lejos podía llegar su padre al pegar a su madre, o si no le iba a bastar con ella y también le pegaría a él y a su hermano. Simplemente tenía miedo y temblaba con todas sus fuerzas por eso.
Ver como su madre suplicaba desde el suelo hacía que el aire se le escapase de los pulmones.
Siempre había sido el preferido de su padre, su 'chico rudo', pero en estos momentos, lo único rudo que sentía era las extremidades al no poder moverlas.
Piensa, se dijo, necesitas detenerlo o matará a mamá. Su padre volteó donde él, y se detuvo. Tambaleó un poco por los efectos del alcohol y se dirigió a su lado mediante trompicones. Corre, le susurró, corre o terminarás con la misma suerte que ellos.
John, con su no tan largas piernas de un niño de doce años, corrió. Afuera llovía y si no se ocultaba en algún sitio, se enfermaría. Se sentía un cobarde por haber abandonado a su madre y solo haberse preocupado en él y huir. Sentía que la única forma de ayudarle era ir a la comisaría y pedir ayuda, pero le faltaba como medio pueblo y él sentía que ya no podía más.
Se recostó en unos cartones bien arreglados contra la pared, y trató de descansar. Grata fue su sorpresa cuando se hundió y se golpeó la cabeza contra el suelo. Al mirar hacia adentro, John se dio cuenta que había una especie de pasaje hacia un patio inmenso. Queriendo tomar un atajo, se adentró en él.
-¿No te han dicho que está mal invadir propiedad ajena?- le dijo una voz a su lado cuando se sentó en una pequeña carpa del patio. John saltó del susto. Un chico pálido, de cabello ondulado le miraba, fastidiado por lo que notaba. -Por los balbuceos que das, me atrevo a pensar que eres idiota y por eso no me entiendes-. John enojado, al recordar que su padre siempre le decía eso a su madre, lo empujó.
-No vuelvas a llamarme idiota- le gritó al tenerlo en el suelo. El otro niño lo miró serio.
-Todos son idiotas. Y si tú eres tan idiota como para pensar que no eres un idiota, allá tú-. John le miró confundido.
-¿Entonces tú también eres idiota?-. El chico se quedó mudo pues no se había puesto a pensar alguna vez en eso.
-Sí. Si estoy dentro de todos, también soy idiota-. John bufó al ver que le era tan fácil reconocerse como idiota. Sentía frío en las piernas pero a diferencia de afuera, estaba mucho mejor.
-No quería invadir tu casa- dijo al rato. El chico volteó a verlo.
-¿Disculpa?-
-Que no quería entrar sin permiso- aclaró -Es solo que afuera está lloviendo demasiado y necesitaba ocultarme en algún lugar hasta que pase-
-¿Estabas yendo a tu casa?- John suspiró.
-Estaba huyendo de ella-.
El chico, como si entendiera que cosa era eso, miró hacia afuera y se concentró en observar las gotas que caían en unas macetas. John recién se preguntó si vivía ahí y si estaba solo. Solo había pensado en llegar a la comisaría y no se había dado cuenta el lugar estaba arreglado como para alguien que venía siempre.
-¿Tú vives aquí?-. El chico no se volteó.
-Si te refieres a si estoy a la mayoría del tiempo acá, si-
-¿Pero duermes?-
-Cuatro veces a la semana-. John rió bajito.
-Me refería a si tenías una cama aquí-. El chico pareció entenderlo y corrió hacia el otro extremo del patio para sacar una caja larga, ubicada debajo de una mesa. Al llegar donde John, la abrió y sacó un colchón inflable.
-Por tu físico, supongo que tienes buenos pulmones-. John al sentirse útil por lo menos en una cosa esa noche, lo infló. No era tan amplio como lo esperaba pero suficiente como para caber los dos sentados ahí. Después de todo, el suelo estaba helado y el colchón amortiguaba un poco el frío.
-Supongo que si tienes un colchón también tienes alguna manta-. El chico lo miró como si pensara que era estúpido.
-Si he traído esta caja es porque adentro también están las mantas. Si hubiera querido el colchón, solo lo hubiera sacado-. John se avergonzó.
-No lo había visto así-.
El chico sacó tres mantas de la caja y se cubrió con ellas, invitando a John a que se pusiera a su lado y se cubriera también.
-¿Por qué no estás en tu casa?- preguntó John.
-Si yo no te he preguntado el porqué, no lo hagas tú-
-Lo siento-
-La gente acostumbra a hacerlo-. John le miró.
-¿A qué te refieres?-
-Siempre dañan a alguien y luego le piden disculpas. Pienso que es más fácil no hacerles daño para no tener que disculparse. Mi padre siempre hace eso con mi madre-. John comprendió.
-¿Tu papá hace daño a tu mamá?-
-Eso siempre dice ella. Dice que le ha traicionado y dañado. Él solo le pide disculpas y luego salimos de viaje-
-¿De viaje?-
-Si, conforme más grande es la disculpa, más lejos vamos. En las películas, siempre se disculpan con un beso o abrazo. Mi padre nunca hace eso con mi madre-
-¿Tu padre no es cariñoso?-
-No creo que el cariño sea necesario, no hay ninguna de esas muestras de afecto en mi casa. Mi madre siempre dice que lo importante es que tengamos todo lo que necesitemos-.
-¿Y es por eso que estás aquí?-
-No, que mis padres no sean afectuosos no me afecta. Hoy mi padre volvió a hacer lo mismo y mi madre dijo que nos ibamos a ir en un vuelo a Canadá. Yo me negué a ir y me escapé aquí- John, sorprendido al ver que el chico no recibía afecto, le abrazó. -¿Qué haces?-
-Te abrazo, ¿No es obvio?-. El chico, que estaba tieso, gruñó.
-Sé que me abrazas, idiota- John rechistó -Me refiero al porqué-
-Porque todos necesitamos un abrazo alguna vez en nuestra vida-.
-Sherlock- susurró el chico. John deshizo el abrazo y lo miró.
-¿Qué?-.
-Mi nombre. Si me vas a abrazar, por lo menos apréndete mi nombre-. John rió y lo abrazó con más ganas.
-Entonces me llamo John, John Watson-
-Sherlock Holmes, si vas a estar con formalidades- John volvió a reir.
-Gracias Sherlock-. El chico se separó.
-¿Por qué?-
-Por dejar que me quede aquí hasta que pare la lluvia-
-Me servía compañía, es frustrante hablarle a la planta del frente y que no te responda-. John volvió a reir.
-¿Hablas con las plantas?-. Sherlock hizo un mohín.
-¿Quién demonios habla con las plantas? Solo hablo con una. Decir mis ideas en voz alta me ayuda a notar cosas que no noto cuando pienso- John miraba concentrado a la planta y Sherlock lo notó -¿A dónde ibas?- preguntó.
-¿A donde iba qué?-
-Tú. Me dijiste que estabas huyendo de tu casa. Pero cuando uno huye, siempre va a algún lado-. John bajó la mirada.
-A la comisaría. Mi papá le pega a mi mamá y estaba vez se excedió. Me dejó huir y yo quería avisarle a la policía-
-¿Y detuviste porque llovió?- John asintió, triste. Sherlock gruñó y se levantó, colocándose una manta en la cabeza, para luego jalar a John y ponerle una en la cabeza también. John, quien estaba confundido por como actuaba Sherlock, se detuvo antes de entrar al pequeño pasadizo.
-¿Qué rayos te pasa?-. Sherlock se detuvo y volteó a verlo.
-Que eres tan idiota como para parar por una tonta lluvia. Hemos perdido tiempo, ¡Tenemos que llegar ya!-
-¿A dónde?-
-A la comisaría, idiota-. John se enojó y le tiró la manta en la cabeza.
-¡Ya te dije que no soy idiota!- Sherlock sonrió.
-Demuéstralo-.
John aceptó el desafío y se arrastró por el pasadizo para salir. Creyó que iba a jalar a Sherlock por estar más acostumbrado a correr, pero para su sorpresa, Sherlock era más alto que él y corría más rápido.
Ambos corrían bajo la lluvia, con mantas sobre su cabeza y John solo pudo pensar que tal vez se había equivocado al pensar que toda su juventud iba a ser como lo pensaba, con miedo. Tal vez aún no era amigo de aquel chico, pero el que le acompañara a la comisaría, con una lluvia de esa intensidad, hizo que John le diera su lealtad, aún cuando no lo conocía. Tal vez, después de todo, no había huido por ser un cobarde sino que su subconsciente solo pedía ayuda, y la encontró. Tal vez luego no volvería a ver a Sherlock y solo quedaría como un anécdota que contar, o simplemente, tal vez no.
