Capitulo 1 Mi vida se esfumo

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Me encontraba en la misma banca de siempre en el parque olvidado cerca del bosque, fumándome un cigarrillo un enero del noventa y tres, cuando sentí que alguien palmeo mi hombro. Era un hombre blanco, estatura baja aproximadamente de unos sesenta y siete años de edad. Eran las seis de la mañana. Me extraño que alguien anduviera merodeando por esos rumbos. Ese parque era olvidado por el pueblo, ya nadie se acercaba por temor a todos esos rumores que se divulgaban, pero solo era una calumnia. Las personas decían que se encontraban cuerpos de mujeres torturados sin vida y otras decían que los cuerpos estaban mutilados, pero jamás estuvieron en algún periódico y cuando la gente volvía con testigos, los cuerpos desaparecían inexplicablemente. Jamás encontraron pruebas ni tan solo una gota de sangre para comprobar el hecho. Solo se quedaba en la memoria de los habitantes y sus palabras llenas de aflicción y por eso la gente creía que el parque estaba encantado. Yo jamás creí en que fuera verdad aquello de lo que todos hablaban.

—¡Auxilio! —Gimió entre sollozos. Lo mire fijamente y observe sus manos empapadas de sangre. Por un momento sentí miedo. No sabía nada sobre heridas ni mucho menos sobre curaciones.

—¿Está usted bien? ¿Se ha lastimado? —Le pregunte observando su cuerpo envejecido, pero no logre ver alguna herida.

—¡No! —El anciano lloraba desconsolado. No tenía ni idea de lo que se trataba hasta que comenzó a narrar toda su historia horrorosa. Lo más perverso y cruel que pude haber escuchado en mis tan solo diecinueve años de vida. Fueron las peores cinco horas de mi vida y cuando termino de narrarme cada acontecimiento saco un arma que portaba en su chaqueta y se disparó ante mis ojos, bañando mi chaqueta de sangre. Fueron los únicos ojos que habían visto esa escena tan perturbadora. Cuando reaccione del choque en el que estaba quise movilizar mis piernas y buscar ayuda, pero me traicionaban y no hacían un solo movimiento me quede sentado junto a el anciano y observe a dos hombres que venían corriendo atraídos por el ruido del disparo y uno se quedó pasmado al ver a aquel cuerpo sin vida mientras el otro corría y sacaba un radio por el cual se comunicaba con alguien. A los pocos minutos ese lugar olvidado estaba lleno de personas que me señalaban y se murmuraban entre sí. Me perdí entre sollozos y gritos desgarradores hasta desmoronarme.

#15 DE JULIO, AÑO 2006

"El joven Víctor Villasana Torres, es culpable en primer grado por el asesinato de Daniel Torrinson y es culpable en primer grado por los asesinato y violaciones de Esmeralda Jaime y Diana Sorio. Cometidos en el Valle Oculto. Su sentencia es a cuarenta y cinco años de prisión".

Esas eran las únicas palabras que retumbaban en mi cabeza día tras día, esas mismas que me quitaban el sueño en esa celda deteriorada llena de suciedad. Fui culpado, juzgado y humillado por las autoridades y escupido por el pueblo. No existían pruebas que demostraran que era el culpable, pero para las autoridades eso no hacía falta.

Eran las seis de la mañana, la hora que más odiaba porque fue la hora en que conocí aquel anciano y porque era en la que despertaba y andaba por esa cárcel especial de máxima seguridad para asesinos en serie. Abrí los ojos y lo único que podía apreciar era la pared rayada de obscenidades.

—¡Víctor, tienes visitas! —Una voz ronca y golpeada me hizo girar el rostro hacia las rejas. Se trataba del oficial Erick Thompson de tan solo veinticinco años de edad. Era alto, moreno, pelo negro ojos claro y delgado. Me pare de mi incomoda cama y espere a que el oficial abriera las rejas y me pusiera las esposas para salir a fuera a recibir esa visita. - ¡Es injusto lo que te han hecho Víctor!- Dijo el oficial con voz quebrada.

—Es más injusto ser un oficial y no poder hacer justicia. —Dije con tristeza. El solo se quedó en silencio y disimulo su pena.

—Hemos llegado. —Susurro el oficial quitándome las esposas y dejándome caminar solo por el gran jardín. Los prisioneros podían recibir visitas una vez al mes y caminar en un jardín lleno de rosales, todo era maravilloso cuando estabas dentro de él, excepto por los francotiradores que te observaban desde lo más alto del edificio. Nadie podía entrar en ese jardín más que el prisionero, su visita y un guardia. Ella era mi única visita desde que me sentenciaron. Mi hermana era lo único que me quedaba. Estaba sentada en una banca esperándome con unos libros en las manos observándolos distraída. Me acerque a ella y me miro.

PSICÓPATAWhere stories live. Discover now