Más allá del acantilado

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Conducía por la carretera, ningún otro coche a la vista. Era un día soleado, pero el viento movía ligeramente las copas de los árboles que bordeaban la estrecha carretera. Algunas hojas se desprendieron, flotando al compás que la brisa marina marcaba.

Se encontraba de camino hacia un modesto hotel, en la cima de un acantilado, lejos de cualquier ciudad o pueblo. Allí, le esperaba un trabajo. Había recibido una llamada reciente, de un hombre. Según decía, era el dueño del edificio, y requería de sus servicios de manera inmediata.

¿Su labor? Fotografiar a un misterioso hombre que se aparecía todas las tardes, a la misma hora, en el mismo lugar: al borde del acantilado. Según le contó el propietario, desde hacía varios días se encontraba con el mismo suceso: una misteriosa figura aparecía de la nada, a escasos metros del precipicio. Se quedaba mirando hacia el hotel, aunque no parecía mirar a nada en concreto. Tras unos minutos de simple observación, se arrojaba al vacío.

El dueño del hotel, estremecido por la extraña repetición de aquel ritual, decidió contratar los servicios de fotografía de un experto, y así capturar y desvelar la identidad del misterioso hombre del acantilado.

Sin trabajo previo alguno, aceptó el encargo sin dudar. Preparó todo el equipaje que podría necesitar: en una maleta colocó toda su ropa y sus útiles de aseo; en otra, se las ingenió para poder meter una cámara de vídeo, una fotográfica, varias lentes, algún objetivo y un pequeño kit de limpieza y reparación.

Ahora, terminaba de recorrer el último desnivel de la empinada vía que llevaba al viejo pero hermoso edificio.

Su trayecto total le había durado tres horas desde su ciudad natal; media desde el pueblo más cercano. Fue recibido por el propietario del hotel. Se presentó como John, decía ser inglés, mas no lo aparentaba. Sus rasgos faciales, sus ojos, no indicaban que realmente lo fuese. Era mayor, superaba los setenta años; su pelo gris se encontraba bien peinado; su expresión, aunque agradable, guardaba un aura intrigante que despertó el interés de su invitado.

John, antes de sentarse a relatar con mayor exactitud aquel suceso, hizo que llevaran sus maletas a la habitación que ocuparía durante su estancia. Después, le condujo al comedor donde, mientras comían relajadamente, conversarían sobre el hombre del acantilado.

-Lleva un tiempo haciendo lo mismo. Aparece antes del ocaso, asciende hasta la cima del acantilado por el camino, y permanece mirando en dirección al hotel durante unos minutos. Después, salta al vacío-

Cuando hubo terminado, el hombre mayor tomó un respiro con la cabeza gacha y, antes de mirarle, volvió a hablar.

-Esta tarde, estoy seguro, volverá a aparecer-

Asintió, y marchó a su habitación a cambiarse de ropa, preparar el material y trazar un plan de actuación. Se vistió con ropas abrigadas, pues el viento marítimo es traicionero. Montó su cámara, con el objetivo que creyó necesario, se decidió por, al menos ese día, tomarle una foto. Acercándose ya el ocaso, y con ansias de descubrir el misterio, salió velozmente hacia el acantilado.

Caminaba por el camino pedregoso que llevaba al mirador del acantilado, donde se le dijo que aparecería el hombre. La maleza, que cubría las rocas y los recovecos del camino, hacía dificultoso el trayecto, que fue lento, pues no quería caer.

Al llegar a la cima, visualizó unos arbustos que constituían el escondite ideal para su misión. Con cuidado, encontró una postura cómoda para la espera, puso en marcha su cámara y ajustó las lentes para obtener el encuadre óptimo.

Y esperó. Esperó por un par de horas. No hubo rastro del hombre. Decidió esperar más, hasta que el frío de la noche le superó. Con las esperanzas casi acabadas, volvió al hotel, sintiéndose raro, como si una presencia incorpórea observara su figura.

-Pronto- susurraba.

De nuevo en el hotel, el dueño le esperaba con ansias, pero su semblante cambió al ver la expresión triste y confusa de su invitado. Le decepcionó que los hechos no transcurrieran del modo que predijo, aunque aseguró, de nuevo, que al día siguiente aparecería. John le acompañó hasta su habitación, y marchó a la suya.

Aquella noche, la voz que le susurraba mientras volvía al hotel le mantuvo en vela por horas.

A la mañana siguiente sentía cierta pesadez en sus ojos, su cuerpo caminaba lento, frágil, como si las energías hubieran mermado drásticamente. Su despertar fue difícil, pero sus ansias de desvelar el misterio le proporcionaron la energía necesaria. Aquella tarde, con decisión afirmaba, sería el momento.

Y volvió sin resultados. El misterioso hombre del acantilado, por segunda vez consecutiva, no había aparecido. La rutina que siguió fue la misma e, igualmente, volvió con cansancio, escuchando la misma voz, esta vez más cercana.

Al tercer día, al levantarse, la tos y las flemas le atacaron. Su cuerpo, aún más débil, se movía torpe, hasta John lo notó. Ambos comenzaban a tener dudas, sobre si el trabajo que se le ofreció era superior a sus posibilidades, o si, realmente, John decía la verdad.

La sospecha de la mentira creció cuando, al tercer intento, habiendo cambiado su modus operandi, volvió a fallar. El camino de vuelta le supo a enfado, a ira, pues no podía ser que ocurriera de nuevo. Aquella noche no durmió, como en la anterior, y en las siguientes que llegaron.

Se sentía prácticamente sin fuerzas, ya no controlaba su cuerpo. Sus acciones ya no eran conscientes. Cada vez que llegaba al hotel, de noche, habiendo escuchado los susurros de la voz nocturna, la energía que le mantenía en pié se disipaba. Aquello, sumado a no dormir, y que las comidas que tomaba eran reducidas a las que solía tomar en su ciudad, le hacían verse peor.

Pero su terquedad no permitió cesar en el empeño de encontrar al misterioso hombre del acantilado.

Llegado el décimo día, el décimo intento, decidió, por última vez, probar suerte. Se atavió con sus mejores galas, pues poco le importaba mancharlas, romperlas, con tal de desvelar el misterio. Esta vez, ya no llevaba ni siquiera cámara; sus ojos serían los encargados de inmortalizar aquello que viese.

Caminó despacio sobre la maleza que cubría su trayecto. El ocaso comenzaría en unos minutos. En la cima, se sentó en el suelo, apoyándose en una roca que yacía a varios metros del borde. Con calma, sentía su cuerpo dormirse, pero una extraña figura moviéndose en su dirección hizo que se levantara de inmediato.

La sombra, poco a poco, se materializó en un hombre, rubio, de gran altura, pero delgado. El aura que emitía era cálida y acogedora; no transmitía miedo, sino tranquilidad. Al estar ambos en la cima, pudo notar que su tez era pálida, sus ojos azules como el cielo y sus rasgos finos como los de un ángel.

-Un ángel...- susurró, aunque el misterioso hombre pudo escucharlo.

-Vengo por ti - dijo. -Es tu hora- sonrió. El hombre, ahora ángel, tomó su mano con delicadeza y le llevó hasta el borde del acantilado.

-No tengas miedo- susurró, la misma voz que sonaba por las noches.- Allí arriba te necesitan- dijo mientras señalaba al cielo.

Se miraron, con pena, con alegría, con miedo, con pasión, con incertidumbre, con decisión. El ángel le abrazó por detrás, y sin avisar, se lanzó por el acantilado. Ahora supo realmente qué se escondía tras los extraños sucesos, tras el hombre que se tiraba por el precipicio, tras ese hotel que, antes de saltar, vio desaparecer. Entendió que su momento había llegado. El momento de morir, de pasar a la segunda vida.

Según caían, sonrió. Sintió una gran paz en su interior. Una sensación que jamás había sentido. Ahora, sin miedo ni temor, relajó su entumecido cuerpo, y cerró los ojos, sintiendo como el ángel que le abrazaba, abría sus alas, envolviéndole con ellas, y llevándolos lejos, más allá del tiempo y del espacio. Más allá de donde cualquier ser humano podría pensar, de lo existente e inexistente.

Más allá del acantilado.


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⏰ Last updated: Feb 01, 2016 ⏰

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