Capítulo 1: El infierno en casa

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Siempre me gustó escuchar a mi madre contar las historias vividas con papá, me gustaba ver como sus ojos brillaban al mencionar su nombre, hablaba de él como si las historias relatadas hubiesen ocurrido ayer.

Sin embargo sabía que ya nada era lo mismo. Desde que tengo memoria vivir los tres en el mismo hogar era una tortura, desde mi pequeña habitación lograba escuchar los gritos de mis padres, las peleas y los llantos desconsolados de mamá. Hace tiempo no lograba dormir como un verdadero ser humano, podía sentir como mi mundo se desmoronaba al saber que la familia feliz que eramos se quedaba atrás, en un pasado muy lejano y lleno de recuerdos.

Una tarde subí las escaleras y me encerré en mi pieza como de costumbre, me senté en un rincón y tapé mis oídos con ambas manos. Sabía que esto no detendría los gritos de mis padres, pero sí, no lograría escucharlos. Sentía como ambos subían las escaleras discutiendo, cerraron la puerta de su pieza y ni se molestaron en abrir la mía. De pronto sentí como las lágrimas recorrían mi rostro. Escuché un golpe y sin dudarlo me levanté y caminé despacio hasta la puerta de mi habitación, lentamente giré la manilla, lo que me llevó al pasillo, sequé mis lágrimas y con temor abrí la puerta donde se encontraban mis padres. Allí estaba mamá, recostada en la cama, intentando defenderse, ya casi sin respiración. Era papá, que sin piedad alguna estrangulaba cada ves más fuerte su delicado cuello, por suerte me encontraba allí para detener lo que podría haberse convertido en homicidio.

Desesperada grité;
__ ¡Detente! , ¿Qué no ves que la estás matando? __ , intervení e intenté quitar sus manos de encima, no pasó mucho cuando me miró y arrepentido se alejó de mamá, sus ojos parecían quebrarse lentamente. Desde entonces todo a lo que llamábamos vida, para mi era un infierno.

Días habían pasado tras lo ocurrido aquella fría tarde, todo se tornaba de color negro y cada día me hundía más en un hoyo que no sabría cómo describir.

Papá trabajaba en un casino de juegos, donde la gente apostaba el todo por el todo y cada día se volvía una adicción más. Tenía turnos de noche, lo que hacía casi imposible vernos y entablar una conversación, de todos modos eso me mantenía tranquila porque lo largo del día lo dedicaba a dormir y recuperar fuerzas para la noche.

Lograba notar los cambios en mamá a pesar de que siempre me recibiese con una sonrisa. Tenía aspecto demacrado y unas grandes ojeras que se apoderaban de su rostro cansado.

Una noche, mamá caminaba como de costumbre hasta llegar a casa, sin temor de que se encontrase papá dentro, abrió la puerta, el silencio destacaba. Subió las escaleras hasta llegar a la habitación matrimonial. Allí estaba papá, sentado en la cama pidiendo disculpas. No encontró nada mejor que cortar sus brazos como acto de culpa. La sangre abundaba y mi madre no lograba entender, lágrimas sobraron.

Papá le había sido infiel. Y todos sabemos que una traición de ese tipo no tiene perdón, ya no había vuelta atrás.

Desapareció de la vida de mamá, pero de la mía jamás. Siempre fue muy presente cuando se trataba de mi, de su "chivi". Así me llama hasta el día de hoy.

El punto es... que mamá se estaba volviendo loca, cada día empeoraba más. Ahora solo eramos ella y yo e un infierno más grande. Ambas sufríamos, pero ella no notaba el dolor en mí. Nunca se dio cuenta de el dolor que me estaba causando verla así.

Con papá, nuestra relación seguía siendo la misma, nuestro panorama ahora, era pasar tiempo juntos.

Comíamos en un restaurante donde nuestra elección siempre fue empanadas de queso y té. Íbamos de visita a casa del abuelo, donde me esperaban abrazos calurosos, chocolate y galletitas de té. Me agradaba pasar tiempo con los que llamaba "mis hombres preferidos". Paseos al zoológico no faltaron, cine y mucha diversión sólo para nosotros dos.

La diversión de mamá ahora era distinta, su pasatiempo era estar con amigas y hombres desconocidos, eso, por un largo tiempo. Me sentía sola y pedía a gritos ayuda, pero nadie podía escucharme.

No mucho después de que papá se fue, mamá se enteró de que la mujer con la que actualmente estaba, esperaba un hijo de él.

__No lo podía creer, ¿Cómo papá podía hacerme esto?, ¿Cómo después de tantos años se atrevía a cambiar a su familia, por una nueva?. Ya no seria la niña de sus ojos, sabía que cambiaría toda nuestros planes los fines de semana por pañales y tendría que aguantar separarnos aún más. Sentía odio contra ese ser que veía detrás del vientre de aquella mujer. Sentía asco por papá, me repugnaba saber que había estado con alguien más que mamá. Sentía pena por ella, pero lo hecho, hecho estaba y sabía que no había vuelta atrás. De algún modo tendría que con el tiempo aceptar tal realidad.

Tenía mucha curiosidad por saber quién era, cómo era y si superaba la belleza de mamá. Aunque... ¡Eso jamás!, mamá es hermosa, sus facciones son perfectas. Tes morena y ojos pardos, cabello castaño y ondulado, estatura media baja y labios rosa.
__Simplemente hermosa__ .

Sabía que el momento de conocerla no estaba lejos, pero luego de dos años, papá me llevó al lugar donde vivía actualmente. Era un pueblo que se encontraba a 30 minutos de la cuidad. Había una iglesia y un camino de tierra que se encontraba en subida. Me dirigía cabizbaja de la mano de mi padre, nos detuvimos en un portón grande color rojo, abrió y me hizo pasar, habían bastantes árboles y una casita de muñecas en el ante jardín, las ventanas habían sido pintadas por papá con figuras hermosas. Observadora caminé hacia la puerta de la casa y esperé a que abriera. Cuando me invitó a pasar había una niña de más menos cinco años de edad sentada en un sillón. A su lado, una mujer baja, de contextura gruesa y cabello negro rizado y grasiento, sin maquillaje alguno y mal vestida.
__Era ella__ .

Al entrar, me miró y sonrió. La mujer y la niña se levantaron y ambas saludaron amablemente. __Sonreí__ . En mi mano llevaba un regalo que si bien recuerdo era un plato de comida para mi medio hermano que cumplía dos años. Aunque no estuviese muy contenta con la noticia, mamá insistió en comprarle un pequeño detalle, que por supuesto valió la pena llevarlo.
Marisel, la pareja de papá, me llevó hasta una habitación donde en una cama se encontraba el pequeño. Al verlo, sentí algo muy distinto a lo que sentía antes de conocerlo, sus ojos eran grandes y cafés, sus pestañas largas. Su cabello tenía rizos y deslumbró el color castaño, igual al mío. Eramos muy parecidos y sentía deseos de abrazarlo. Tomé su mano y sin dudarlo ambos nos abrazamos como si nos conociésemos tanto. Sentí que lo amé y desde entonces no volvimos a separarnos.

Los visitaba constantemente y mi relación con Marisel, su hija y mi hermano, era bastante agradable.

Mientras tanto, mamá y papá comenzaron los tramites de divorcio y desde entonces ninguno volvió a tocar el tema.


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