El cajón sin cerradura

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Se despertó cuando los rayos del sol tocaron su rostro. Al abrir los ojos, se encontró con el paisaje que le daba los buenos días; a unos cuantos pasos frente a su cama se encontraba una enorme puerta de vidrio, la cual daba paso a un gran balcón, desde donde se puede apreciar la salida del sol detrás de los montes Hikari, el humo blanco de las fábricas de metal y la ciudad que también despertaba; pero eso no fue lo que captó su atención.

Jerome se puso de pie, haciendo las pesadas cobijas a un lado; tenía el pecho desnudo, por lo que recibió con un pequeño escalofrío la brisa matinal que se colaba. Se pasó una mano por su enredada y oscura cabellera, y fue a situarse al lado de Océane.

Su esposa se encontraba en todo su esplendor, con su pálida piel recibiendo el suave baño de los rayos del sol, con su cabello azul eléctrico suelto por la espalda, ondeando débilmente. El bello rostro de Océane se veía serio, casi turbado. Jerome notó la tensión que había sobre sus hombros. El hombre la rodeó con el brazo y ella suspiró.

— ¿Qué pasa? —le preguntó él, frunciendo el ceño. Océane siempre tenía una expresión distante, pero calmada; el verla aunque fuera un poco disgustada, lo preocupaba más de lo que debería.

—Tengo que salir de la ciudad— anunció Océane, con los ojos cerrados, recargándose en el pecho de su esposo—. La organización del comercio está hecha un caos. No paran de llegarme mensajes sobre los muchos androides defectuosos que arribaron a Mirat. Me están dando una jaqueca.

—Tranquila; ¿ya apagaste tu red?

Océane abrió los ojos y se separó lo suficiente de él para que pudiera verla de frente; a Jerome siempre le había encantado su rostro, era suave, pero firme al mismo tiempo, con facciones angulosas, pero sutiles; toda ella era una gran contradicción; pero ese no era el momento para fijarse en su belleza. Sus ojos, uno de ellos azul marino y el otro completamente biónico, lo miraban; el ojo izquierdo, el que era de oro, normalmente despedía una tenue luz roja en su simulado iris, indicando que Océane estaba conectada, que lo estaba usando; pero esta vez se encontraba apagado; al parecer su esposa había pensado en esa solución mucho antes que él.

—De todas formas me duele la cabeza— dijo ella, dándole la espalda de pronto. Usaba una magnífica bata de seda china, negra, con detalles florares que contrastaban contra la tela y su cabello brillante.

— ¿Cuándo te vas?

—Me necesitan en la Capital en dos días, tendré que tomar el dirigible de esta tarde y luego el tren en Mahagony si quiero llegar a tiempo.

Jerome asintió resignado, ya se esperaba escuchar eso. Era habitual en Océane realizar viajes, a veces lo invitaba a ir con ella, otras veces no. Tenía la sensación de que otra vez tendría que quedarse en casa, pero de todas formas, aún había una pequeña posibilidad de que estuviera ocupado.

— ¿Quieres que te acompañe? — le preguntó él, volviéndose a pasar la mano por el cabello.

—Jerome— A pesar de que estaba dándole la espalda, casi pudo ver su sonrisa; aquella sonrisa leve y amable que tanto esbozaba en su presencia. La mujer lo volteó a ver—. Por más que quisiera, amor, es un viaje de negocios, te aburrirías demasiado en las reuniones y no tendré el tiempo suficiente como para pasarlo contigo.

Océane se giró y avanzó hacia él, lo suficiente para que sus brazos rodearan el cuello de Jerome. Él la vio sonreír de aquella forma que tanto amaba, le pasó una mano por su cabellera azul que le caía a delicadamente por la espalda; muchas personas consideraban antinatural aquel color, casi al grado de asociarlo con cosas siniestras y paranormales, pero Jerome lo adoraba. Adoraba a Océane. Adoraba todo de ella.

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