Aquel chico que vemos apoyado en la barra, como absorto en medio del pandemónium que reina en el antro, se llama Ramiro. Si juzgáramos por el mentón imberbe, por el torso helénico y por la sonrisa encarnada no fallaríamos en calcular que tiene diecinueve años como en efecto los tiene. Ahora bien, este tal Ramiro no se haya de pie junto a la barra por casualidad. Como puedes observar, a través de la marea de cuerpos que se aprietan entre sí en la oscuridad va avanzando un hombre, éste no tiene el rostro imberbe y sus labios ya no parecen tan encarnados y frescos como los de aquel muchacho, es evidente que se trata de alguien mucho mayor y por tanto con más experiencia en esta vida; no diremos que es más maduro porque la edad y la madurez no siempre van de la mano; en fin, éste que se acerca, inmune al vocerío a su alrededor, al tufo de la carne que pide carne y al hálito del alcohol en las arterias, este que ya se aproxima a Ramiro se llama Julián, y si no nos engañan los datos que el narrador nos concede por conocerlo mejor a fuerza de ser el demiurgo de estas dos vidas Julián tiene el doble de la edad de Ramiro, quizá un poco más. Ahora vemos que se dirige al chico, la piel se le eriza y un dedo frío le recorre la espalda de hombre adulto, se trata pues de esa sensación de avidez y de miedo a la vez que se cierne sobre el cazador cada vez que avizora una presa; supónese que los lobos sienten también el mismo gélido roce del que hablamos cuando entre las oscuras frondas perciben el aroma tierno, casi infantil, de algún cervato o de un cordero, el mismo aroma que tiene la piel de Ramiro, entonces el pelo del lomo se les eriza, las pupilas se dilatan, y el olfato se agudiza en pos del soplo de inocencia - siempre presunta - de la presa avistada. Así avanza el cazador hacia la presa, tal y como vemos avanzar en este momento al tal Julián, tropezando con los latidos de su propio corazón, esquivando su propio cuerpo extraviado. Este lobo, o mejor dicho, Julián, en otras ocasiones hubiera enviado un anónimo trago directo al chico, táctica muy común entre los parroquianos veteranos que bajan cada sábado al infierno para encontrar algún estimulo a su virilidad en vías, pero esta noche no, se hace a un lado el protocolo y se abandona el anonimato porque este cervato y este lobo ya se conocen, no están allí por casualidad, y podríamos decir, siendo nosotros tan mal pensados como somos, que se han puesto de acuerdo para el uno ser comido por el otro, sin que sepamos cuál a cuál porque a estas horas y puestos en este trance se difumina la diferencia entre el cazador y la presa, entre el dominador y el dominado; en definitiva, aquí y ahora, en esta marea de anónimos que se buscan en la negritud atravesada de sudor y asfixiada con música es imposible determinar quién es la presa y quién el cazador. Julián ya está allí, se ha detenido a un lado de Ramiro, como quien no quiere la cosa, ahora le pone la mano en el cuello, le acaricia el rostro lampiño, Ramiro se sonríe, ya sabe qué significa esa seña, Julián siente que el corazón le palpita en la garganta y también en la entrepierna. El ruido hace más oscura la estancia, el tufo intensifica los sonidos, los cuerpos se rebelan, se ayuntan y acoplan entre sí, pasa una ola de ansiedades y sudores, y ya no vemos más, ambos se han ido. Su estela se difumina como una onda en un río tormentoso. Nadie se acuerda ya de aquel hombre que salió fuera con un muchacho que le seguía, y a nadie le importa, hay muchos más, jóvenes y adultos, vienen aquí cada sábado, están allí en el estigia confuso del antro, buscándose de cerca y encontrándose de lejos, amalgamados como uno solo siendo a la vez ninguno.
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De noche todos los gatos son pardos
Short StoryJulián tiene casi cuarenta años y su mayor debilidad es Ramiro, un chico de veinte. Pedro tiene veintitantos y le estremece pensar en Julián. Daniel se vende a cambio de la seguridad de un abrazo. Almas paralelas, su único refugio es el vértigo del...
