La sangre del atardecer

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Abrió los ojos y enfocó la imagen de un mundo en llamas. Las cenizas caían al suelo haciéndolo parecer nevado. Las llamas se retorcían creando sombras en los edificios cercanos y se alzaban hacía el cielo gris donde el humo no dejaba ver más allá. La primera sensación que tuvo fue un frío desgarrador que le penetró el interior del cuerpo y le sacudió haciendo que volviese a la realidad. Poco a poco comenzó a oír los ruidos de su alrededor. Se escuchaban gritos escalofriantes, gente desesperada, crujidos que parecían ser los de un hueso al romperse, gruñidos y gemidos de súplica. Aún más que la fuerte sensación de frío sentía una irrefrenable sensación, pero no sabía muy bien de qué. Sentía como si le faltase algo en su interior, como si estuviese hueca por dentro. Estaba ansiosa.
Intentó ponerse en pie pero el frío le cortaba las extremidades y le hacía sentir entumecida. Con un gran esfuerzo logró incorporarse sobre el gélido paisaje blanco. Se puso en cuclillas y después en pie. Pero no pudo ergirse del todo, la sensación de vacío volvió a sacudirla haciéndose cada vez más intensa. Echó un rápido vistazo a ese tétrico caos. Se encontraba en algún lugar abandonado, o al menos en semiconstrucción. Había escombros por todos lados. Vigas, maquinaria, paredes caídas y cables arrancados que salían de la tierra como si buscasen pedir ayuda. Comenzó a andar, el suelo crujía bajo sus pies y amenazaba con caerse. Le dolía todo el cuerpo, sentía el peso del cielo sobre ella. De pronto todo estaba en silencio. Dió otro paso pero esta vez al crujido se le sumó un goteo. Como un líquido golpeando el irregular suelo. Sólo oía eso envuelto en un silencio gutural. Miró hacia abajo y vió que esos crujidos los provocaban una pila de huesos humanos, subió un poco la vista y enseguida se explicó ese molesto ruido de goteo. De su muñeca emanaba un borboteante hilo de sangre que desembocaba por sus piernas hasta resbalar por sus delgados tobillos y golpear contra el blanco suelo. Se podía decir que era hermoso. El blanco salpicado de rojos intensos, distintos matices, gotas perfectas, tan redondas, cada una distinta de las demás y tan tentadoras. El hueco de su interior se hizo más grande e intentó dejar de pensar en eso. Por fin alzó la cabeza y como si alguien lo hubiese puesto ahí para reírse de ella ahí estaba. Un impoluto espejo. El marco de oro estaba algo polvoriento. Pero la superficie lisa de este parecía de hielo pulido. Se vió reflejada en él. Se tambaleó un instante al ver tan bella imagen. Y no la de su reflejo, sino la de su cabello. Siempre le pareció excitante tener el pelo de aquel intenso rojo. El ocaso combinado con las retorcidas llamas afilaban sus facciones y remarcaban sus ojeras. No hubiera sabido decir que era más blanco si su piel o las cenizas que habían comenzado a amontonarse en su pelo bajando por las ondulaciones de este y perdiéndose por su cuello. En contraste con la tez estaban los ojos la pupila y el iris negro que ocupaban todo en su ojo sin dejar espacio a la conjuntiva. La camiseta de tirantes y el pantalón corto estaban empapados de sangre. Pudo ver el vacío de su alma física y literalmente. Tenía un gran agujero abierto en el estómago de tres puños como mínimo por el que veía a través de ella. En ese momento entendió que era lo que quería con tanta ansia. Comer. Necesitaba comer o esa herida no curaría, y a juzgar por la gran cantidad de sangre que había perdido lo necesitaba cuanto antes. Cerca de ella se encontraba el cadáver de una niña pequeña. Era preciosa. La muerte lo es en todas sus formas, pero esa niña era especialmente bonita. Tenía dos trenzas de color oro que brillaban en el rojizo atardecer. Sus ojos azules estaban abiertos de par en par en un gesto de súplica. La boca de un color rojo sabroso hacía una mueca de dolor. Más bien como si gritase. Tal vez esa fue su última acción, sus últimas palabras "¡No por favor!" Era terrible. Seguir contemplándola no iba a llenarle el estómago. Se acercó más a ella y le arrancó un brazo, comenzó a devorarlo. Era sabroso. El hueso estaba tan crujiente y la carne tan tierna, era un manjar exquisito para su paladar. Enseguida notó una sensación de mejoría. Al terminar se puso en pie. El agujero de su tripa comenzó a juntarse hasta cerrarse del todo. Suspiró aliviada, dolía un poco pero acababas acostumbrándote.

Al atardecerWhere stories live. Discover now