El primer paso

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Pablo Dimas ¬

Era lunes y como cada lunes me despertaba a las seis para hacer un poco de ejercicio antes de prepararme para ir a trabajar. El viernes pasado fue el último del mes de mayo y por lo tanto hoy comenzaba la nueva ronda de entrevistas de mi empresa para los 18 puestos de trabajo disponibles.

Para muchos es extraño que sea yo mismo quien pierda el tiempo con la selección del personal, pero es algo muy importante para mí. Convertir la modesta sastrería de mi padre en una marca internacional de ropa de caballero es mi vida, mi sueño de futuro desde que tuve uso de razón.

Mi padre me enseñó su oficio desde que tengo memoria, los sacrificios por mantenernos, su familia con el sudor de su frente y la sangre de sus dedos. Los recuerdos de sus consejos para evitar que robasen sus diseños, descubrir a dónde y de que forma se movía nuestro dinero.

Pero nada de lo que había aprendido en mis 24 años de vida me hacía sentir mi edad, me sentía viejo y cansado por dentro, aunque era joven y mis amigos se empeñaban en sacarme de mi vida de adulto con ellos, aunque al final acaban rendidos y yo desvelado mandándolos a casa sanos y salvos.
Al cumplir los 18 pude acceder a los lugares más sórdidos y exclusivos a donde el dinero puede llevarte y así encontré algo que completaba mi vida y me hacía esforzarme por ser la mejor versión de mí mismo. Lo único que necesitaba para completar mi paleta de felicidad era encontrar a la pareja perfecta, alguien que encajase en mi vida y compartiese mis intereses, por eso cada noche que salgo y dejo a mis amigos con su entretenimiento... comienzo mi búsqueda personal; anoche los dejé con la sensación de que ma había divertido lo suficiente como para retirarme, en realidad no regresaba a casa sino a mi club favorito que abría sus puertas a partir de las tres de la madrugada y no comenzaba a llenarse hasta un par de horas después de abrir sus puertas. Adrenalina era un lugar muy exclusivo por dos razones, sólo los que tienen ciertos intereses pueden ganarse una invitación para entrar y muy pocos podían permitirse ser socios del club, por supuesto nadie hablaba de lo que ocurría tras aquellas puertas. La discreción siempre es un punto importante para mantener la exclusividad.

De vuelta a mi rutina y al acabar mi hora de ejercicio diario, me meto en el baño para asearme, faltaban 15 minutos para las ocho con tiempo de sobra para coger el metro. Hay una parada al final de mi calle y cada diez minutos tengo un tren que me lleva rápidamente hasta la sastrería, la jornada no empieza hasta las nueve pero me encanta llegar temprano y poner orden antes de que lleguen los empleados para que cada uno haga lo que tiene encargado.

Además de trabajar bajo pedido hay otras secciones que se dedican a comercializar nuestros modelos en la tienda, donde se crean nuestras colecciones y lo que me parece la parte más importante, el taller. La planta baja del edificio es nuestra tienda, el primer piso es una sala en la que se hacen ajustes, se toman medidas y se prueban los trajes que nos encargan a medida o se ajustan los trajes de la tienda, hay un par de costureros siempre de turno para los ajustes, con todo lo necesario para coserlo todo de nuevo si es preciso.

La segunda planta es en la que planeamos nuestras colecciones, es un estudio de fotos, pasarela y centro de planificación donde el departamento de publicidad tiene sus cuarteles generales, la tercera planta es la fábrica donde se cortan y cosen todos las artículos a medida de la tienda, sobre esta se encuentra el taller de diseños nuevos además del almacén de materiales. La quinta planta es el centro administrativo, donde se controlan las finanzas, pedidos y todo el papeleo imaginable. En la cima, la sala de reuniones, mi despacho y una sala llena de muestras que me ayudan a crear las futuras campañas, colecciones...
y por desgracia una habitación oculta en la que descanso cuando estoy demasiado ocupado para regresar a casa, descansar bien es lo único que puede aclarar mi mente cuando todo se vuelve complicado y estresante.

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