CAPÍTULO 21

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La única parte buena de despertar, para mí siempre es el desayuno. Pero en estos momentos siento que al instante en que pruebe bocado alguno, me encontraré vomitando absolutamente todo sin siquiera digerirlo. Esto ocurre cuando mis nervios están al tope, y justo ahora me encuentro a punto de la histeria pues dentro de unas cuantas horas estaré cara a cara con Nancy Sinatra, y más que una corona está en juego mi dignidad.

—No has probado bocado alguno Isabella, ¿Te encuentras bien? —Preguntó mi madre con cierto tono preocupado mientras que observaba mi plato completamente intacto. Lo único que había hecho desde el momento en que tomé asiento frente a ella fue jugar mi tenedor y acariciar con él los bordes del elegante plato de cerámica al tiempo que me encontraba totalmente enfrascada en mis propios pensamientos.

—Estoy bien, no desperté con mucho apetito —Traté de mentir para ocultarle que en el fondo estaba ansiosa por el baile de esta noche, sin contar que me encontraba a punto de estampar mi cara contra la mesa para tratar de mantenerme despierta el mayor tiempo posible. Por fortuna ella decidió no insistir más en el tema, pero a los pocos segundos Gabriella hizo su triunfal aparición al comedor, arruinando por completo mí mañana «Como si eso fuese posible». La gran diferencia entre ella y yo en estos momentos era su enorme y radiante sonrisa, no tengo idea de porqué su jovial estado de ánimo y ciertamente me importa un comino.

—Buenos días mami —Dijo Gabriella saludándola con un beso en la mejilla como siempre lo hacía. Al instante su atención pasó de nuestra madre para conmigo, causando que me encogiera en mi asiento como un minúsculo insecto. 

—Isabella, te ves fatal. —Soltó al instante en que me vio, tomó asiento justo enfrente de mí y continuó atacándome.

—Será mejor que hagas algo de inmediato o sino aparecerás en la coronación con cara de muerto viviente —Viniendo de otra persona su descripción me hubiese hecho gracia, pero como no era el caso, eso sólo aumento mi grado de mal humor.

—Si tanto te desagrada mi aspecto eres libre de alejarte de mis alrededores, nos harías un gran favor a ambas —Lo dije con más desprecio del que pensaba, haciendo que mamá nos mirara a las dos con la boca ligeramente abierta, disgustada con nuestro enfrentamiento. Pero Gabriella no se iba a quedar atrás, juntó sus manos y me sonrió tan descaradamente dándome a entender que esto apenas era el comienzo de una larga pelea.

—Descuida hermanita, a mí no me afecta tanto tu aspecto. Pero conozco a quien le incomodará verte en estas fachas, a tu novio Alexander por ejemplo —Eso no era del todo cierto, él no es tan superficial como aparenta. Pero sin duda yo me sentiría avergonzada si él me llegase a ver con esta cara de «No dormí en toda la noche».

—Créeme que para Alexander esto pasará desapercibido, además de que a estas horas él debe estar haciendo algo mucho más importante como para pensar en siquiera visitarme —Dije con una completa seguridad pues sabía que lo más probable era que él aún debe estar dormido, pues cualquiera lo haría al saber que no tendrá clases. Cualquiera, menos alguien con una crisis nerviosa, como yo.

—Pues parecía todo lo opuesto en el mensaje de texto que te envió —Dijo Gabriella al tiempo que sacaba de sus bolsillos mi teléfono celular. Tuve que apretar mis puños para controlar mi furia, mamá únicamente nos observaba sin decir palabra alguna, quizás esperando ver hasta donde éramos capaces de llegar.

— ¡¿Entraste a mi habitación?! —Golpeé la mesa con mucha intensidad provocando que los cubiertos tintinearan, la sonrisa de Gabriella se engrandeció al ver lo colérica que me ponía. Así que sin pensarlo me puse de pie y me lancé a través de la mesa para arrebatar mi preciado móvil de las sucias e impuras manos de Gabriella haciendo que el jugo del desayuno se esparciera por todo el mantel.

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