!Jaj!... !Jaj!...
Abrí los ojos de golpe, mientras jadeaba en busca de aire con el pecho agitado. Una vez más aquella pesadilla incesante me hacía despertar como si hubiese acabado de correr un maratón. Respiré profundamente y cuando el aire me llenó los pulmones mi corazón comenzó a tranquilizarse. Miré alrededor y volví a sentirme seguro. Estaba en casa.
Salí de la cama y me dispuse a ir por un vaso de agua para relajar el cuerpo. Cogí el móvil y encendí la linterna, pues no quise despertar a mis dos hermanas que dormían profundamente en la cama de al lado. Me escabullí de puntillas para evitar el ruido.
Salí al pasillo donde había otras dos puertas: la habitación de mis padres y un cuarto de baño. Caminé hacia las escaleras y fui descendiendo poco a poco, pero al acercarme a los últimos escalones noté como al fondo, pasando la sala de estar, la luz de la cocina estaba encendida. Bajé un poco más y pude escuchar la voz de mamá.
—No estoy segura de esto, cariño. —dijo ella probablemente a mi padre.
—Lo sé, yo también tengo mis dudas. —respondió él. —pero, son mis padres, amor...
—¡Por eso lo digo! —exclamó ella intentando no gritar. —Solo... no quiero...
Guardó silencio durante unos segundos. Su tono de voz transmitía preocupación, lo cual era muy extraño viniendo de mi madre que siempre parecía ser una persona serena y llena de positivismo.
—Prométeme que no sucederá lo mismo de hace diez años... —pidió con voz resignada.
Por un pequeño lapso de tiempo no hubo respuesta alguna.
—Jacob estará bien, querida. —dijo él.
Al escuchar mi nombre me sorprendí tanto que casi resbalo del último escalón.
¿A qué se refería con aquello?
—Ahora deberíamos descansar. Mañana tenemos que volar temprano. —le aconsejó mi padre refiriéndose evidentemente al viaje que haríamos a casa de los abuelos Zemog en Rumanía.
La última vez que viajamos a casa de los abuelos había sido hace diez años; yo tenía siete para ese entonces, sin embargo, no recuerdo nada de aquel lugar ni de las cosas vividas durante esa visita. Era como si mi mente nunca estuvo ahí, además que mis padres muy poco hablan sobre el tema. Como si evitaran hacerlo y ahora de la nada aceptan la invitación del abuelo Zemog, pero aún así algo parece aterrarles.
No quería que mis padres me pillaran escuchando su conversación a escondidas así que me di media vuelta y volví a mi recámara. Al acostarme y observar la oscuridad del techo mi mente comenzó a cuestionarse algunas cosas.
¿Por qué mamá sonaba tan preocupada?
¿Por qué parece que mi mente eliminó cualquier cosa que tenga que ver con aquel viaje a Rumania?
Infelizmente no tenía respuesta alguna. Decidí que lo mejor era dormir y olvidar esa conversación, así que al intentar encontrar la posición perfecta de mi cabeza en la almohada me percaté del crucifijo debajo de esta. Mis padres lo habían colocado debajo de nuestras almohadas para que según ellos estuviésemos protegidos hasta en los sueños, ya que el mal suele colarse en ellos, pero yo sabía que eso no funcionaba, pues durante muchos años aquella misma pesadilla me robaba la calma.
Cada noche me encontraba corriendo entre arbustos secos y matorrales, mientras algo me perseguía. No sabía lo que era, pero sabía que era peligroso. Al final siempre llegaba a un viejo pozo y al mirar mi reflejo sobre el agua serena mi rostro era aterrador. No tenía ojos, ni párpados como si nunca hubiese tenido alguno, sin embargo, podía verme perfectamente y podía ver mi alrededor como si pudiese observarlo todo a través del cielo, el aire, la tierra y hasta mi propia carne. Luego, despertaba...
Cogí el crucifijo y lo arrojé hacia la oscuridad debajo de mi cama.
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Amén - BLASFEMIA
Mystery / ThrillerSinopsis Después de una revelación que lo cambia todo, Jacob, un adolescente escéptico que ha vivido bajo la sombra de la religión y las creencias de su familia, deberá emprender una búsqueda en la que descubrirá la fragilidad de la fe humana y la p...
