capítulo 1:la frontera de los dieciocho años

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Mateo y Valentina no recordaban un mundo donde el otro no estuviera presente. Se conocían desde los seis años, cuando sus madres compartían tardes de té y ellos se raspaban las rodillas intentando subir al árbol más alto del barrio. Habían compartido golosinas, secretos de infancia, exámenes reprobados y cicatrices de batallas cotidianas. Crecieron como una extensión natural del otro, una alianza indestructible que todos en su círculo daban por sentada.
Sin embargo, el verano en que ambos cumplieron dieciocho años, la arquitectura de su relación sufrió un terremoto silencioso. Una noche de lluvia, atrapados en el porche de la casa de Mateo esperando que amainara la tormenta, las risas habituales se apagaron en un silencio denso. Una mirada prolongada, la cercanía inusual del aliento y el calor del cuerpo del otro transformaron diez años de fraternidad en una tensión insostenible. Cuando Mateo se inclinó y la besó por primera vez, el mundo conocido se desmoronó para dar paso a una química eléctrica e inevitable.
Lo que Mateo no anticipó esa noche fue la metamorfosis implacable de Valentina. La transición de mejor amiga a novia no vino acompañada de timidez ni dudas; Valentina no solo asumió el rol, sino que reclamó el monopolio absoluto sobre la existencia de Mateo. Desde el primer día, dejó en claro que la lealtad que se tenían de niños ahora tenía un precio: ser exclusivamente de ella. Para cualquier hombre sensato, la intensidad aplastante de Valentina habría sido una señal de alarma roja parpadeando en la oscuridad. Para Mateo, extrañamente fascinado por el peligro, se convirtió en una adicción instantánea

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