CAPÍTULO 1: EL METAL EN EL FANGO

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El chirrido de la llave de impacto neumática resonó con un golpe seco contra el chasis oxidado del tractor forestal. Dentro del taller mecánico de las afueras de Cascade Locks, el aire pesaba a causa de una mezcla añeja de gasóleo quemado, virutas de hierro y humedad estancada propia del invierno de Oregón.

TN dejó la herramienta sobre el banco de madera aceitada. Tenía veintiún años, los hombros anchos endurecidos a base de levantar transmisiones de camiones y descargar bobinas de acero, y las manos manchadas con una pasta negra de grasa mineral que se le incrustaba bajo las uñas y en los pliegues de los nudillos. Llevaba una camiseta térmica de algodón gris oscuro con las mangas arremangadas hasta los codos, un mono de trabajo de lona resistente lleno de rozaduras y unas botas de cuero con punta de acero desgastadas en la puntera.

Se pasó el dorso del antebrazo por la frente para secarse el sudor. A través de los paneles de policarbonato del tejado del taller, la lluvia golpeaba con un ritmo monótono y constante, amortiguando cualquier ruido de la carretera comarcal. Cascade Locks era un pueblo olvidado, encajado entre la garganta del río Columbia y la muralla infinita de pinos y abetos del bosque nacional. La civilización allí se movía despacio, a espaldas de los periódicos de Metrópolis que hablaban de seres voladores con capas rojas o de las sombras detectivescas que rondaban los callejones de Gotham. Para TN, el universo siempre había terminado en los límites del condado.

Una interferencia violenta partió el silencio.

La radio de transistores colocada sobre la caja de llaves de vaso emitió un silbido desgarrador, una frecuencia ultrasónica tan aguda que hizo que las bombillas fluorescentes del techo comenzaran a chisporrotear. TN frunció el ceño y dio dos pasos hacia el aparato para apagarlo, pero el suelo bajo sus pies vibró con un temblor sordo, un impacto tectónico que no provenía de las profundidades de la tierra, sino de la atmósfera superior.

Afuera, la noche cerrada se tiñó de un resplandor antinatural. No fue un relámpago blanco ni el estallido anaranjado de un transformador reventado. El cielo entero se encendió con un tono verde esmeralda denso, sulfuroso, que proyectó sombras grotescas y alargadas de los árboles a través de los ventanales del taller.

Un segundo después, la onda de choque reventó los cristales superiores.

¡CRASH!

TN se arrojó al suelo por puro instinto, cubriéndose la nuca con los brazos mientras una lluvia de esquirlas de vidrio y virutas metálicas barría el taller. El crujido de ramas colosales partiéndose como astillas resonó a menos de doscientos metros, en la vaguada trasera donde se acumulaban los esqueletos de maquinaria agrícola y viejos contenedores marítimos del desguace. El impacto final sacudió los cimientos del hangar con la violencia de una detonación de artillería.

El muchacho tardó unos segundos en incorporarse, tosiendo por el polvo en suspensión. El olor que entraba por el ventanal roto no era humo de leña ni combustión de gasolina; era un hedor metálico punzante, parecido al ozono generado por un arco de soldadura eléctrica hiperconcentrado, mezclado con un frío polar inexplicable.

TN tomó una linterna halógena de mano de cuatro baterías y una palanqueta de acero macizo de medio metro del estante de herramientas. Salió al exterior bajo la lluvia torrencial.

El aire libre estaba impregnado de una niebla blanquecina que se evaporaba del fango. La hierba mojada del desguace ardía con pequeñas llamas esmeraldas que no desprendían humo negro. Siguiendo el rastro de abetos centenarios decapitados y láminas de zinc retorcidas, TN descendió por el talud de lodo hacia el centro del cráter.

Lo que yacía en el fondo no era una cápsula espacial ni los restos de una avioneta civil.

Era un cuerpo.

TN en Green Lantern Mga kuwentong kahuhumalingan mo. Tumuklas ngayon