El nacimiento del Sannin Legendario

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La Cuarta Gran Guerra Shinobi finalmente había llegado a su fin.

​En el interior de un modesto departamento en Konoha, un joven rubio se encontraba sentado en la orilla de su cama. Con su única mano existente, acariciaba en silencio el muñón de su hombro derecho, donde la manga doblada de su camisa colgaba vacía: la huella indeleble de su último y devastador enfrentamiento contra Sasuke en el Valle del Fin.

​A pesar de ser aclamado como el gran héroe y salvador del mundo shinobi, una extraña sensación de soledad oprimía su pecho.

​«¿Por qué me siento de esta manera? -pensó Naruto para sus adentros, observando la palma de su mano izquierda-. He logrado superar a mi sensei... e incluso a mi padre... pero aún siento este vacío».

​-Oye, gaki... ¿por qué te pones así? -retumbó una voz profunda en su cabeza, sacándolo abruptamente de sus cavilaciones-. Deberías estar más agradecido. Y si es por lo de tu brazo derecho, ya te dijo la pechos de sandía que tendrá tu prótesis de células de Hashirama lista muy pronto.

​-Ah... Kurama, eres tú -suspiró el rubio, dejando caer los hombros.

​-¿Así es como saludas a tu compañero de armas? -respondió el zorro en un claro tono de indignación.

​-Lo lamento -dijo Naruto con sinceridad-. Es solo que... se supone que debería estar feliz, sentirme realizado. Pero a estas alturas, tras haberlo dado todo en el Valle del Fin, ya ni siquiera sé si realmente quiero ser Hokage.

​Hubo un silencio sepulcral en su mente. Las palabras del rubio dejaron a la gran bestia completamente impactada.

​-¿Pero de qué demonios hablas, Naruto? ¡Si te la has pasado la vida entera gritando que serías Hokage! Nunca te habías retractado de eso.

​-Lo sé -admitió Naruto lanzando un profundo estallido de aire de sus pulmones-. Pero después de perder el brazo y pasar por tanto... solo quiero un descanso. Necesito un desahogo.

​-¿Puedo salir? -preguntó Kurama de repente.

​-¿De qué hablas? -indagó el rubio, parpadeando confundido.

​-¡Pues de qué más va a ser, idiota! ¡De salir de aquí adentro! -reclamó Kurama, perdiendo la paciencia.

​-¿Y cómo vas a hacer eso? Estamos en mi apartamento, ¡lo vas a destruir por completo!

​-Tú no te preocupes por eso, yo me encargo.

​Naruto se lo pensó por un par de segundos. En su mente se imaginó a una versión chibi de Kurama moviendo sus nueves colas con ternura mientras él le acariciaba la cabeza con su mano izquierda y salían a pasear por la aldea. Una sonrisa alegre se dibujó en el rostro del chico.

​-Bueno... está bien -aceptó confiado.

​Sin perder tiempo, la gran bestia comenzó a concentrar una inmensa cantidad de chakra. Naruto tomó la posición del loto en su cama con cierta dificultad y cerró los ojos para enfocarse. Al instante, un aura carmesí muy familiar envolvió su cuerpo, pero en lugar de dispersarse, la energía roja comenzó a separarse del rubio y a materializarse en una figura humanoide frente a él.

​Aún con los ojos cerrados, Naruto pudo percibir una presencia imponente de pie en medio de la habitación.

​-Bueno, gaki, ya puedes abrir los ojos.

​Naruto abrió las pestañas lleno de emoción, pero la imagen ante sus ojos lo dejó completamente paralizado y boquiabierto.

​-¿Qué pasa? ¿Acaso me veo mal? -preguntó la figura, antes de cruzarse de brazos al no recibir respuesta-. ¡Oye! ¡No te me quedes viendo así, idiota, y contéstame!

El Sannin Legendario Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora