¡
La Aldea Oculta entre las Hojas respiraba bajo un falso manto de tranquilidad. Las calles, que hacía pocas semanas habían sido escenario del pánico, el fuego y la sangre durante la invasión conjunta de Suna y Oto, mostraban ahora una reconstrucción acelerada. A sus catorce años, los miembros de la nueva generación -los llamados doce de Konoha, todos compartiendo esa misma edad marcada por el despertar ninja- intentaban retomar sus vidas entre entrenamientos y misiones de rango inferior. Sin embargo, para Naruto Uzumaki, la supuesta paz del lugar no era más que un recordatorio constante de su aislamiento.
Naruto caminaba con las manos en los bolsillos de su característico traje naranja, observando de reojo cómo los aldeanos apartaban la mirada o cuchicheaban a sus espaldas. A pesar de haber arriesgado su vida para detener a Gaara del Desierto y salvar la aldea, el peso del rechazo seguía intacto. Sus pasos lo guiaron de manera casi instintiva hacia las afueras, ascendiendo por el empinado sendero de piedra que conducía directamente al Monte Hokage.
Al llegar a la cima, bajo la imponente y solemne sombra de los rostros esculpidos de piedra de los líderes del pasado, el rubio se detuvo. Desde allí arriba, Konoha se veía pequeña, frágil y silenciosa. Naruto apretó los puños con frustración, sintiendo un nudo amargo en la garganta.
-¿Qué es lo que realmente me espera en este mundo? -se preguntó en un murmullo roto, con la voz temblando de impotencia-. Incluso después de la invasión... incluso tras derrotar a Gaara con todo lo que tenía... nada ha cambiado. Sigo siendo el mismo paria de siempre. ¡Y encima de todo... Kakashi-sensei...
El recuerdo del día anterior lo hirió más que cualquier golpe físico. Kakashi había decidido otorgarle todo el mérito de la victoria sobre Gaara a Sasuke Uchiha, relegando el esfuerzo sobrehumano de Naruto a un segundo plano, silenciando su nombre una vez más para proteger el orgullo del clan Uchiha o quizás por quién sabe qué retorcida razón pedagógica. La injusticia quemaba en su interior.
Incapaz de contenerlo por más tiempo, Naruto dejó escapar un grito desgarrador hacia el vasto cielo, un alarido de pura desesperación que se perdió entre las corrientes de viento:
-¡¿Por qué?! ¡¿Por qué este mundo insiste en lastimarme de esta manera?! ¡¿Qué se supone que debo hacer para que alguien me mire de verdad?!
Lo que Naruto ignoraba es que sus palabras no flotaban solas en la atmósfera. Oculto entre los matorrales densos que bordeaban el monumento, envuelto en una capa de penumbras que desafiaba la luz del atardecer, una silueta observaba la escena. Una risa oscura, hueca y cargada de una malicia ancestral resonó por un instante, fundiéndose con el viento antes de que el rubio pudiera localizar su procedencia.
Las horas pasaron con lentitud. El sol comenzó a devorarse a sí mismo en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y anaranjados antes de ceder el paso a una noche inusualmente fría y pesada. Con el cuerpo entumecido por el frío emocional y físico, Naruto finalmente se puso de pie, decidido a regresar a su solitario departamento.
Pero antes de que pudiera dar el primer paso hacia abajo, un violento temblor sacudió los cimientos de la montaña. La tierra bramó con furia. Naruto perdió el equilibrio por un segundo y, al enderezarse, se quedó petrificado ante una escena apocalíptica.
Desde los callejones, los techos y las profundidades del bosque circundante, cientos de criaturas extrañas, amorfas, con cuerpos oscuros como el carbón y amenazantes ojos amarillos, emergieron de la nada. Los Sincorazón habían invadido Konoha. Su presencia emanaba un hambre insaciable, devorando la luz y desatando el caos absoluto mientras los aldeanos y ninjas gritaban presas del pánico.
-¿Qué... qué diablos son esas cosas? -exclamó Naruto, abriendo los ojos de par en par, sintiendo cómo un escalofrío recorría toda su columna vertebral.
Intentó canalizar su chakra para lanzarse al rescate, pero antes de que pudiera dar un solo paso, una marea de sombras se abalanzó sobre él desde múltiples direcciones, bloqueándole el escape y rodeándolo por completo con intenciones asesinas. Las garras oscuras brillaban bajo la luz de la luna, listas para desgarrarlo.
Justo en el instante en que el primer Sincorazón se disponía a clavarle las garras, una intensa, cálida y cegadora luz blanca brotó del pecho de Naruto, creando una barrera impenetrable que hizo rechinar y desvanecerse a las criaturas circundantes en una humareda negruzca.
Emergiendo de ese fulgor resplandeciente, un hombre anciano, de larga barba blanca, túnica ajada por los viajes entre mundos y una mirada que denotaba una sabiduría infinita, apareció junto a él. El anciano posó una mano firme sobre el hombro de un atónito Naruto.
-No hay tiempo que perder, muchacho -dijo el anciano con voz serena pero urgente-. Mi nombre es Moisés. Este mundo está cayendo en la oscuridad absoluta, y las fuerzas que lo acechan superan cualquier cosa que puedas imaginar. Debes venir conmigo ahora mismo... o morirás junto con todo lo que conoces.
Naruto miró a Moisés, luego a la masacre que devoraba su hogar y, finalmente, sintió una extraña resonancia en su interior. Apretó los dientes, pero asintió con determinación, extendiendo su mano y tomando firmemente la mano ajada del anciano.
En ese exacto instante, un destello de luz pura y monumental estalló en la cima del Monte Hokage, iluminando toda la aldea durante una fracción de segundo antes de desvanecerse por completo, llevándose a ambos sin dejar rastro.
A lo lejos, oculto entre los tejados mientras intentaba repeler a las criaturas oscuras, Kakashi Hatake detuvo su ataque al percatarse del destello descomunal en la montaña. Con el ojo visible abierto de par en par, el ninja copiador contempló el vacío lugar donde su alumno había estado momentos antes. Una sensación de vacío gélido le apretó el pecho, mientras las palabras de culpa brotaban de sus labios en un susurro ahogado:
-Yo... yo otra vez... He vuelto a fallar como maestro.
Y en el umbral de un nuevo destino, mientras la oscuridad amenazaba con devorar los universos, en la mano de Naruto, resonando con el latido de su corazón herido pero indomable, comenzó a materializarse una extraña arma en forma de llave gigante: la Cadena del Reino.
