Los mortales siempre habían contado la misma historia.
La historia de una joven diosa arrancada de la tierra y llevada al reino de los muertos.
La historia de un dios oscuro que se había enamorado de ella.
La historia de una madre que, desesperada por recuperar a su hija, había hecho que la primavera desapareciera del mundo.
Pero las historias que contaban los mortales nunca eran completamente ciertas.
Porque Perséfone no era una prisionera.
Y Hades no era el monstruo que todos creían.
Habían pasado años desde aquel primer encuentro.
Años desde que Perséfone había aprendido a caminar por los pasillos del Inframundo sin miedo.
Años desde que había dejado de mirar aquel reino como una cárcel.
Ahora lo llamaba hogar.
Y al hombre que alguna vez había temido... esposo.
—¿Estás segura?
Perséfone levantó la mirada.
Hades estaba frente a ella, vestido completamente de negro, con aquella expresión seria que intimidaba a cualquiera que no lo conociera.
Ella sonrió.
—Completamente.
—Todavía podés cambiar de opinión.
—Hades.
—¿Sí?
—Llevamos años juntos.
—Lo sé.
—Vivimos juntos.
—Lo sé.
—Estamos casados.
—También lo sé.
Perséfone cruzó los brazos.
—Entonces deja de preguntarme si quiero quedarme.
Hades guardó silencio.
Ella se acercó y tomó sus manos.
—Este es mi hogar.
Los ojos del dios se suavizaron.
—¿Incluso conmigo?
Perséfone sonrió.
—Especialmente con vos.
Hades la atrajo hacia él.
—Te amo.
—Te amo más.
—Eso no es posible.
—Claro que sí.
—Soy un dios.
—Y yo también.
Él soltó una pequeña risa.
Después la besó.
Por unos segundos, el mundo dejó de existir.
No había Olimpo.
No había guerras entre dioses.
No había profecías.
No había amenazas.
Solo estaban ellos.
Hades y Perséfone.
El rey y la reina del Inframundo.
Habían construido una vida juntos.
Una vida que nadie podría destruir.
O eso creían.
Aquella misma noche, mientras el palacio dormía, una figura atravesó las puertas del Inframundo.
Nadie la anunció.
Nadie la esperaba.
Una ninfa de largos cabellos oscuros caminó lentamente por los pasillos, observando cada rincón del lugar.
Había pasado mucho tiempo.
Pero algunas cosas nunca se olvidaban.
Minthe se detuvo frente a una de las enormes ventanas.
Desde allí podía ver el jardín.
El jardín de Perséfone.
Flores creciendo donde jamás deberían haber podido crecer.
La primavera dentro del reino de los muertos.
Minthe apretó los puños.
—Todo esto debería haber sido mío.
Su mirada se dirigió hacia el palacio.
Hacia las habitaciones donde sabía que Hades dormía junto a Perséfone.
Había perdido una vez.
No pensaba hacerlo nuevamente.
—Hades todavía puede volver conmigo.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Solo tengo que hacerle recordar quién era antes de ella.
Pero Minthe no sabía algo.
Hades ya no era el mismo dios que había conocido.
Y Perséfone tampoco era la joven ingenua que había llegado al Inframundo años atrás.
Habían cambiado.
Habían crecido.
Se habían elegido.
Y, sin saberlo, estaban a punto de enfrentarse a la prueba más difícil de su relación.
Porque Minthe no pensaba atacar su amor directamente.
Iba a atacar algo mucho más frágil.
La confianza.
Y mientras ella comenzaba a preparar su regreso, en algún lugar del palacio, Perséfone dormía tranquilamente junto a Hades.
Sin saber que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Sin saber que pronto descubriría que dentro de ella comenzaba a crecer una nueva vida.
Una criatura nacida de dos mundos.
La primavera y la muerte.
Y que, cuando los dioses descubrieran su existencia... el Inframundo jamás volvería a ser el mismo.
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La Primavera También Puede Ser Eterna
FantasyDurante años, Perséfone aprendió a amar aquello que alguna vez creyó que debía temer, el Inframundo dejó de ser una prisión para convertirse en su hogar, y Hades, el dios oscuro al que todos temían, se convirtió en su esposo y en el hombre con quien...
