Capítulo 1

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James Van den Broek

El problema de las cenas de negocios es que nadie viene realmente a cenar.

La comida es apenas una parte del acuerdo. Lo importante ocurre entre un plato y otro, en las pausas demasiado largas antes de responder una pregunta, en la manera en que alguien deja la copa sobre la mesa cuando acaba de tomar una decisión, en quién pide la segunda botella de vino y quién se niega a beber porque sabe que dentro de diez minutos tendrá que decir que no.

Esta noche llevamos casi dos horas haciendo exactamente eso.

Estoy sentado en una mesa apartada del resto del restaurante, uno de esos lugares en Manhattan donde la iluminación está diseñada para que todo parezca más caro de lo que ya es. Las lámparas proyectan una luz cálida sobre los manteles blancos, las copas de cristal fino y los cubiertos que nadie toca hasta que corresponde. A nuestro alrededor hay conversaciones en voz baja, chaquetas perfectamente cortadas y relojes que probablemente cuestan más que el primer apartamento que tuve.

El restaurante está lleno, pero nunca parece lleno.

Esa es una de las cosas que se pagan aquí.

El silencio.

La distancia entre las mesas.

La posibilidad de mantener una conversación sin que nadie tenga que levantar la voz.

Alexander está sentado a mi derecha. Tiene una mano apoyada sobre la mesa y la otra alrededor de su copa de agua, porque hace veinte minutos decidió que ya había bebido suficiente vino. Yo lo conozco lo bastante bien para saber que eso significa que la reunión está prácticamente terminada.

También sé que, si la decisión dependiera de él, ya estaríamos en casa.

No porque no disfrute de una buena cena. Alexander disfruta de casi cualquier cosa que le permita observar en silencio a la gente que tiene delante y descubrir qué están tratando de ocultar.

Pero lleva toda la noche con esa expresión que conozco demasiado bien.

La expresión de abogado.

Eso significa que está pensando en cinco posibles problemas mientras nuestro interlocutor explica uno.

- Creo que podemos avanzar con la propuesta. - dice finalmente el hombre que tenemos enfrente.

Alexander gira apenas la cabeza hacia mí, clavando sus ojos verdes en mi.

No dice nada.

No hace falta.

Le sostengo la mirada durante un segundo y después vuelvo a mirar al otro lado de la mesa.

- Podemos avanzar. - respondo. - Pero no con esos términos.

La sonrisa del hombre se tensa ligeramente.

Me gusta.

No porque disfrute incomodando a la gente, sino porque una negociación interesante empieza exactamente en el momento en que alguien descubre que no va a conseguir todo lo que quería.

Tomo un sorbo de agua.

- La estructura funciona. La valoración también. Lo que no funciona es la cláusula de salida.

- Es una condición estándar.

- No para nosotros.

Alexander deja la copa sobre la mesa.

- Y tampoco nos interesa aceptar una penalización abierta si el acuerdo se modifica después de la auditoría.

Ahí sí interviene.

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