La mansión Wayne siempre había tenido la reputación entre quienes hablaban a sus espaldas en las fiestas de la alta sociedad de Gotham, de ser una estructura vasta, fría y perpetuamente silenciosa. Un mausoleo de piedra gótica y ecos lejanos construida para un solo hombre y los fantasmas que lo acompañaban. Sin embargo, en las profundidades de la planta baja, lejos de los candelabros de cristal y los retratos al óleo de antepasados severos, la realidad diaria de la familia Wayne distaba mucho de ese sombrío mito.
En la cocina, el vapor del café recién filtrado chocaba contra la brisa fresca que entraba por el ventanal del jardín. El reloj de pared marcaba poco más de las ocho de la mañana de un martes inusualmente tranquilo.
Bruce caminaba con pasos pausados, vistiendo unos pantalones cómodos de franela y un suéter gris de lana fina cuyas mangas holgadas llevaba ligeramente desalineadas, dejando descubiertas las muñecas. Tenía los ojos fijos en la pantalla de su tableta, revisando informes presupuestarios de la fundación Martha Wayne y reportes de patrulla que aún requerían su atención.
Apoyado contra la barra de la cocina, Dick intentaba equilibrar una taza de té de manzanilla mientras balanceaba su peso sobre los talones. Tenía unas ojeras marcadas debajo de sus ojos azules y el cabello revuelto hacia todos lados por no haberlo arreglado tras haber llegado de Blüdhaven a las cinco de la madrugada.
Había pasado las últimas tres horas intentando redactar un informe policial antes de colapsar sobre la encimera.
—Te dije que podías dormir en tu habitación, Dick —dijo Bruce sin levantar la vista de la tablet, deteniéndose a su lado mientras estiraba la mano para alcanzar un vaso de agua—. No era necesario que hicieras el viaje desde la comisaría a esa hora. Podrías haber venido mañana. —
—Tenía que traer los archivos de la investigación del muelle, Bruce —murmuró Dick, dejando escapar un largo bostezo que hizo que sus hombros se desplomaran—. Además, no tenía ganas de quedarme a dormir, el colchón de mi departamento tiene un resorte roto así que cada vez que despierto, siento que me atropelló un camión de basura. —
Bruce suspiró. Dejó la tablet sobre el granito de la barra y se giró por completo hacia su hijo. Sin pensarlo demasiado, llevado por ese impulso cotidiano y casi inconsciente que había comenzado a desarrollar en las últimas semanas sin motivo aparente, extendió su mano derecha. Con la muñeca desnuda rozando a milímetros de la sien de Dick, le hundió los dedos en la coronilla y le alborotó el oscuro cabello con movimientos pausados y afectuosos.
Lo que ocurrió a continuación fue inmediato y casi cómico en su efectividad.
Dick no solo dejó de hablar; todo su cuerpo pareció perder la densidad física. Sus hombros, tensos por veinticuatro horas de patrulla y trabajo, cayeron al instante. Los párpados le pesaron tanto que se cerraron de golpe, una expresión de paz atontada se dibujó en sus facciones y dejó escapar un suspiro tan profundo que la taza de té que sostenía estuvo a punto de resbalar de sus dedos si Bruce no la hubiera sujetado a tiempo.
—Woah... —murmuró Dick con la voz arrastrada, inclinando la cabeza instintivamente hacia la mano de Bruce, buscando que el contacto continuará mientras sus rodillas cedían unos centímetros—. Vaya... que... qué estabas diciendo de una habitación? —
Bruce frunció levemente el ceño, divertido por la reacción ridículamente exagerada de su primogénito. Le dio unas últimas palmaditas en la cabeza y retiro la mano.
—Dije que deberías descansar. Estás tan agotado que te estás deshaciendo como plastilina, amigo —comentó Bruce, sujetando a su hijo del brazo para mantenerlo erguido—. Ni siquiera puedes sostener la cabeza. Ve arriba antes de que te quedes dormido sobre la barra. —
KAMU SEDANG MEMBACA
Con mi Padre NO
Fiksi PenggemarEn un mundo donde las feromonas hablan más que las palabras, donde puedes mentir y engañar todo lo que quieras, pero en cuanto tu aroma sale a la luz, este hablara con la verdad no quieres o no puedes hablar. Bruce comienza a tener la poderosa nece...
