Uno

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   1. Una notificación de divorcio.

El sobre descansaba sobre la mesa de centro de la sala de descanso de cirujanos, con su papel manila grueso y el sello seco del bufete de abogados destacando bajo la luz fluorescente del hospital.

Lisa no necesitaba romper el adhesivo para saber lo que contenía.

Eran las tres de la mañana. El murmullo lejano de los monitores en la UCI cardiotorácica apenas atravesaba la puerta entornada, pero en el silencio de la estancia, el documento pesaba más que cualquier complicación intraoperatoria que hubiese enfrentado en su carrera.

Ajustó el cuello de su pijama quirúrgico azul marino. Lisa, la indiscutible jefa de cirugía cardiotorácica, estaba acostumbrada a tener el control absoluto.

En el quirófano, su pulso jamás temblaba.

Su precisión era legendaria, impulsada por una arrogancia pulida a base de victorias médicas imposibles y una confianza ciega en su propia capacidad.

Pero frente a ese sobre, sus manos, aquellas que habían reparado aortas desgarradas y válvulas destrozadas, permanecían inmóviles.

Rosé lo había hecho. Había firmado la petición.

Lisa cerró los ojos y apoyó la espalda contra el desgastado sofá de cuero de la sala.

El cansancio de una intervención de ocho horas le pesaba en los párpados, pero su mente, incapaz de detenerse, retrocedió en el tiempo hacia el primer día en que sus caminos se cruzaron.

Tres años atrás, el Hospital Central había anunciado con bombo y platillo la llegada de la nueva jefa de neurocirugía.

Lisa, recién nombrada jefa de cardiotorácica, escuchó los rumores antes de verla: una mujer de una paciencia infinita, capaz de mantener la calma durante craneotomías de doce horas mientras escuchaba música clásica, alguien cuya serenidad contrastaba bruscamente con la intensidad competitiva que dominaba el pabellón quirúrgico.

El primer encuentro no fue en un pasillo ni en una junta directiva, sino junto a la máquina de café de la tercera planta.

Lisa había terminado su tercera bypass del día y caminaba con la apostura de quien se sabe dueña del lugar.

Al ver a Rosé apoyada contra la pared, revisando una resonancia magnética en su tableta, Lisa no dudó en acercarse.
—La neurocirugía debe ser aburrida si tienes tiempo para leer las imprevistas a estas horas —soltó Lisa, dibujando esa sonrisa ladeada y cargada de arrogancia que solía desarmar a cualquiera.

Se apoyó contra el mostrador, invadiendo sutilmente el espacio personal de Rosé.

Rosé desvió la mirada de la pantalla. Sus ojos claros, tranquilos como un lago sin viento, recorrieron el rostro de Lisa antes de responder.

No hubo sorpresa ni molestia en su expresión, solo paciencia.
—Analizar un glioma de grado alto requiere observación, doctora Manoban. A diferencia del corazón, el cerebro no perdona las prisas.

—El corazón tampoco —replicó Lisa, inclinándose un poco más, dejando que su perfume eclipsara el olor a antiséptico del pasillo—. Pero supongo que algunos órganos requieren un pulso más firme que otros. Si alguna vez necesitas ver cómo se maneja la verdadera presión, mi quirófano siempre tiene un sitio para espectadores.

Rosé sostuvo la mirada de Lisa. Lejos de intimidarse por la coquetería directa y casi agresiva de la cirujana cardiovascular, sintió una punzada inmediata e ineludible de atracción.

Había algo fascinante en la seguridad casi imprudente de Lisa, una chispa eléctrica que desafiaba la calma habitual de la neurocirujana.—Tendré en cuenta su oferta, doctora —contestó Rosé con una voz suave, manteniendo una distancia profesional a pesar del latido acelerado que Lisa había conseguido provocarle—. Aunque dudo que su ritmo cardíaco aguante mi nivel de detalle.

 ¡Ella es mi hija! (Chaelisa)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora