Hay noches que uno recuerda durante toda la vida, no porque hayan sido extraordinarias, sino porque, sin saberlo, fueron las últimas.
Aquella noche yo no tenía motivos para sospechar nada. No había señales. No había presentimientos. No había nada que me hiciera pensar que, unas horas después, mi vida iba a quedar dividida en un antes y un después.
Era nuestro quinto aniversario.
Habíamos decidido celebrarlo en un lugar que significaba mucho para los dos: Dutch Fred's, en Manhattan.
No era la primera vez que estábamos allí, de hecho, había sido uno de los primeros lugares en los que cenamos juntos cuando apenas comenzábamos a conocernos. Por eso volver después de cinco años se había convertido casi en una tradición.
—¿Amor, qué te parece si pedimos unos Manhattan? —pregunté mientras miraba la carta—. Y para comer... un poco de wagyu.
Samantha levantó la mirada y sonrió.
—Querido, parece que todavía recuerdas lo que pedimos aquella noche.
—Por supuesto que lo recuerdo.
—¿Incluso después de cinco años?
—Especialmente después de cinco años.
Ella soltó una pequeña risa.
—Sabes que es mi combinación preferida.
La observé durante unos segundos.
Todavía me costaba creer que alguien como ella hubiera terminado compartiendo su vida conmigo.
Quizá porque nuestras personalidades nunca habían tenido demasiado que ver.
Yo siempre había sido reservado. De pocas palabras. Me costaba confiar en las personas y todavía más hablar de lo que sentía. Samantha era todo lo contrario, hablaba muchísimo, demasiado, según ella misma cuando se daba cuenta.
Podía comenzar una conversación sobre una película y terminar hablando de historia, de política, de algún libro que había leído o de una persona que había visto en la calle.
Y yo podía pasar horas escuchándola. Supongo que esa fue una de las primeras cosas que me enamoró de ella.
No necesitaba que hablara todo el tiempo, simplemente llenaba los silencios.
Pero nuestra historia había comenzado mucho antes de aquella cena, mucho antes de que pudiera imaginar que algún día ella sería mi esposa.
Cuando tenía doce años, mi madre me abandonó.
No recuerdo exactamente qué esperaba sentir aquel día, quizá tristeza, rabia.
Lo que sí recuerdo es el silencio.
Ese silencio que queda cuando una persona desaparece de tu vida y nadie sabe explicarte por qué.
Durante los años siguientes tuve que aprender a arreglármelas solo, estudié, trabajé.
Y me aferré a una idea: algún día sería detective, no sé exactamente por qué elegí ese camino, tal vez porque siempre había necesitado respuestas.
Quizá porque después de pasar tantos años sin entender por qué mi madre se había ido, empecé a creer que si aprendía a descubrir la verdad de los demás podría, algún día, entender la mía. A los quince años mi vida cambió otra vez.
Una familia decidió acogerme y fue entonces cuando conocí a Samantha.
Ella también había sido adoptada, recuerdo perfectamente nuestra primera conversación.
Yo estaba sentado, intentando pasar desapercibido, cuando ella apareció frente a mí.
—¿Vos sos Maxwell?
Levanté la mirada y asentí.
Ella se quedó observándome unos segundos.
—Yo soy Samantha.
Asentí nuevamente.
Hubo silencio.
Ella esperó.
Yo no dije nada.
—¿No hablás?
La miré confundido.
—Sí.
Samantha sonrió.
—Ah, bueno. Por un momento pensé que eras mudo.
Aquella fue probablemente la primera vez que alguien consiguió sacarme una sonrisa después de mucho tiempo y, sin darme cuenta, empezó a formar parte de mi vida.
Primero fuimos amigos, después inseparables.
Y muchos años más tarde, cuando ya éramos adultos, entendimos que aquello que habíamos construido había sido algo mucho más profundo desde el principio.
Nos enamoramos, nos casamos y durante cinco años tuve algo que nunca pensé que tendría, una familia, una persona a la que podía volver, una razón para querer llegar a casa.
Samantha había estudiado historia y con el tiempo terminó trabajando como historiadora en el MIT, en Boston. Yo había conseguido convertirme en detective y trabajaba en Pennsylvania.
Nuestras vidas podrían parecer completamente diferentes, pero siempre encontrábamos la forma de encontrarnos.
Esa noche, como tantas otras, estábamos simplemente disfrutando de estar juntos. Después de cenar seguimos hablando hasta casi la hora de cerrar.
Recuerdo su sonrisa, recuerdo su voz, recuerdo el sonido de la lluvia golpeando las ventanas y recuerdo haber pensado que, después de cinco años, todavía tenía suerte.
Cuando finalmente nos levantamos, le propuse salir a caminar.
—¿Una caminata bajo esta lluvia?
—¿Por qué no?
Samantha tomó mi mano.
—Me parece excelente.
Salimos.
La lluvia había aumentado, las calles estaban mojadas y las luces de Manhattan se reflejaban sobre el pavimento. Caminábamos juntos, hablábamos de cualquier cosa.
No recuerdo exactamente de qué y quizá eso sea lo que más me duele.
Porque hay conversaciones que uno daría cualquier cosa por volver a escuchar.
Entonces ocurrió.
No hubo advertencia, no hubo tiempo para reaccionar, alguien apareció y en un instante le arrebató la vida. Todo sucedió demasiado rápido o demasiado lento.
Todavía no sé cuál de las dos cosas es peor, recuerdo haber visto a Samantha caer.
Recuerdo la lluvia, mis manos, recuerdo intentar moverme y sentir que mi cuerpo no respondía, quise correr hacia ella, quise gritar, quise hacer algo, pero no pude.
No pude verla venir, no pude detenerlo, no pude salvarla y mientras permanecía allí, completamente paralizado, comprendí algo que ningún detective debería tener que aprender de esa manera: a veces, la verdad llega demasiado tarde.
Aquella noche perdí a mi esposa.
Pero todavía no sabía que también había perdido una parte de mí.
Y mucho menos sabía que, algún día, tendría que investigar el mismo horror que había comenzado con su muerte, solo que esta vez, el asesino no dejaría ningún rastro.
Ninguno.
Y yo pasaría los siguientes años buscándolo.
Sin saber que, en realidad, estaba buscándome a mí mismo.
