Capítulo I

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Capítulo 1: El regreso del nuevo patriarca

La camioneta sacudía a Christian Grey Trevelyan mientras los campos grises de las afueras de Londres reemplazaban el recuerdo de su vida ejecutiva en Dublín. En su regazo, el testamento de Carrick Trevelyan parecía pesar más que el propio automóvil. La gloria de los Grey Trevelyan, antes los terratenientes más poderosos de Inglaterra, se había disipado entre malas inversiones bursátiles y deudas de juego que su padre intentó ocultar hasta el día de su muerte. Al llegar a la mansión familiar, un imponente edificio de piedra caliza desgastada por la humedad, el frío del interior lo recibió como un balde de agua fría. En el gran salón, junto a una chimenea apenas encendida, lo esperaban su madre, Grace, y su hermana menor, Mía.
-Has vuelto, hijo -dijo Grace, con la voz quebrada pero manteniendo la barbilla en alto, un reflejo del orgullo aristocrático que la ruina no había logrado borrar.
-No había otra opción, madre -respondió Christian, quitándose los guantes- Las cartas de los acreedores llegaron hasta Dublín. ¿Dónde está Elliot?- Grace desvió la mirada hacia el ventanal que daba a las fincas lecheras.-En las caballerizas. O en la taberna del pueblo. No ha querido pisar el despacho desde el entierro. Dice que no planea ser el esclavo de un cementerio de deudas- Christian no esperó. Cruzó el patio embarrado hacia las fincas ganaderas, el único activo que aún producía algo de capital, aunque insuficiente. Encontró a su hermano Elliot apoyado contra una cerca, fumando con indiferencia.
-El nuevo patriarca ha regresado -se burló Elliot al verlo llegar- ¿Vienes a decirme cuántas vacas nos quedan antes de que el banco se lo quede todo?
-Vengo a pedirte que dejes de actuar como un niño mimado, Elliot -replicó Christian, plantándose frente a él- Papá murió. La compañía naviera está a tres semanas de la quiebra técnica y las tierras están hipotecadas. Si no trabajamos juntos, Mía y nuestra madre no tendrá nada, no podemos perder la casa - Elliot arrojó el cigarrillo al suelo, encarándolo con rabia.
-¡Tú te fuiste a Irlanda a hacer tu propia vida! Nos dejaste aquí con sus delirios de grandeza. Él destruyó el apellido, Christian. No yo.
-Pero nos toca a nosotros levantarlo -sentenció Christian con una frialdad que congeló la discusión- Mañana a primera hora te quiero en el despacho. Vamos a auditar los libros de las fincas. Si descubro que has estado desviando fondos para tus juergas, te desheredo antes de que el banco lo haga - Esa noche, el despacho de Carrick Trevelyan olía a papel viejo y tabaco rancio. Mía entró tímidamente con una bandeja de té, observando las montañas de facturas que rodeaban a su hermano mayor.
-¿Es tan malo como dicen? -preguntó Mía en un susurro. Christian suspiró, frotándose las sienes. La realidad era brutal: la compañía de transporte de carga de la familia requería una inyección inmediata de capital, y las fincas lecheras necesitaban modernizarse para competir en el mercado actual.
-Es rescatable, Mía. Pero requerirá sacrificios. Tendremos que vender un tercio de las tierras del norte y reducir el personal de la casa al mínimo.
-Haré lo que sea necesario, Christian. Puedo encargarme de los huertos -ofreció la joven con determinación. Christian le dedicó una leve sonrisa, la primera en días.
-Solo mantén a madre tranquila. Yo me encargaré de los lobos - Al día siguiente, Elliot se presentó en el despacho, con el rostro serio y los brazos cruzados. Christian desplegó un mapa de las propiedades sobre la mesa.-Las fincas lecheras son nuestra salvación inmediata -explicó Christian, señalando los terrenos- El mercado de Londres necesita suministro directo. Si optimizamos la producción y eliminamos a los intermediarios que papá contrató, podemos duplicar las ganancias en seis meses. Ese flujo de caja salvará a la compañía naviera de la quiebra - Elliot miró los números anotados al margen con caligrafía impecable. La resistencia en sus ojos comenzó a ceder ante la cruda lógica de su hermano.
-Los granjeros no confiarán en un Grey Trevelyan después de que papá les retrasara los pagos el último año -advirtió Elliot- Yo los conozco. He estado aquí. Si quieres que colaboren, tengo que ser yo quien hable con ellos. No tú con tus modales de Dublín - Christian lo miró fijamente, evaluando la propuesta.
-Bien. Haz que firmen los nuevos contratos de exclusividad. Demuéstrame que el apellido Trevelyan aún significa algo para ti.

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