Prólogo

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Las casas de la familia Lee y Choi fueron reducidas a cenizas. No fue un accidente.
​El Padre Superior Leeteuk lo planificó todo para quedarse con los únicos sobrevivientes: los primos. Dos niños huérfanos que el Inspector Jinki vistió con túnicas grises mientras temblaban de frío en el patio del monasterio.
​Ellos creían que el santuario era su castigo por sobrevivir. No sabían que era su prisión. El culto no buscaba sus rezos; buscaba su represión. Sabían que el encierro extremo obligaría a los chicos a refugiarse en la oscuridad.

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