Capítulo 1: Un Nuevo Amanecer Gris

2.1K 148 18
                                        

Capítulo 1: Un Nuevo Amanecer Gris

El dolor llegó antes que cualquier pensamiento coherente. No fue un despertar suave: fue una descarga, como si alguien le hubiera abierto el cráneo con una cuchara oxidada y estuviera removiendo algo que no debía tocarse. Nico gimió antes de abrir los ojos, y cuando lo hizo, el techo que encontró -bajo, agrietado, ajeno- le provocó una oleada de pánico tan pura que por un segundo olvidó cómo respirar.

Esta no es mi habitación.

Se incorporó de golpe. Error. El cuarto giró, su estómago se contrajo, y por un instante estuvo seguro de que iba a vomitar sobre unas sábanas que tampoco eran suyas. Se aferró a los bordes del colchón como si eso pudiera anclarlo a algo real. El corazón le latía tan rápido que lo sentía en la garganta, en las sienes, en las puntas de los dedos.

Gas. La estufa. El fuego.

El recuerdo -su recuerdo, el último que tenía derecho a reclamar- lo golpeó como una fotografía quemada: calor devorador, un chisporroteo, la certeza absurda de que nada de eso debería estar pasándole a él. Y luego, nada. Un apagón total, sin sueños, sin tiempo.

Y ahora esto.

Se llevó las manos a la cabeza, tratando de contener algo que no podía contenerse, y fue entonces cuando notó el pelo. Demasiado largo. No el suyo. Se miró las manos -delgadas, con nudillos marcados, enfundadas en guantes sin dedos que jamás había visto- y algo en su pecho se cerró de golpe, frío y afilado. Este no es mi cuerpo.

Fue en ese momento, antes de que pudiera siquiera procesar el terror de esa frase, cuando los recuerdos empezaron a entrar.

No llegaron como un relato ordenado. Llegaron como intrusos, forzando la puerta, apilándose unos sobre otros sin pedir permiso: un hogar de acogida con paredes descascaradas. Una trabajadora social con la sonrisa profesional de quien ha repetido las mismas palabras cien veces. Firmas en papeles que un niño de quince años no debería tener que firmar solo. La mudanza a este micro-departamento. Noches en las que el silencio pesaba tanto que dolía físicamente.

Nico se dobló hacia adelante, apretando los dientes, sintiendo cada recuerdo ajeno como una astilla clavándose en un lugar que hasta hacía un minuto le pertenecía solo a él. No era nostalgia. No era empatía. Era una violación silenciosa: la vida entera de otra persona instalándose en su cabeza sin su consentimiento, reescribiendo quién iba a ser a partir de ahora.

-Para -susurró, aunque no sabía muy bien a quién se lo pedía.

No paró. Los recuerdos siguieron llegando, más lentos ahora, como agua que termina de filtrarse por una grieta: Nico Leroux. Ese era su nombre, o el nombre que ahora tenía que usar. Un chico que no había hecho nada espectacular con su vida, ni bueno ni malo. Que simplemente había existido, callado, hasta que dejó de hacerlo. Nico no sabía cómo había muerto ese otro Nico, y una parte fría y práctica de su mente -la única parte que seguía funcionando con algo de lógica- decidió que prefería no averiguarlo todavía.

Se quedó sentado en el borde de la cama un buen rato, respirando en cuentas de cuatro, un truco que recordaba de una vida que ya no tenía cuerpo. *Uno, dos, tres, cuatro. Inhala. Uno, dos, tres, cuatro. Exhala.* No funcionó del todo, pero le devolvió algo parecido al control.

Estaba muerto. Había estado muerto. Y ahora, aparentemente, no lo estaba. Ese pensamiento, dicho así, en voz interior, era tan absurdo que casi soltó una risa que no tenía nada de alegre.

Se levantó con las piernas temblando y llegó hasta el espejo del lavabo casi por pura terquedad, necesitando ver con sus propios ojos -los ojos que fueran ahora- la magnitud del desastre.

Miraculous: El emo mentalistaStories to obsess over. Discover now