Capítulo 1: 11 de Octubre

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El aire de las seis y media de la mañana en esta esquina de la avenida no huele a nada más que a asfalto húmedo, diésel quemado y a ese frío sordo y penetrante que se cuela sin piedad por las costuras de mi abrigo. Es una temperatura helada que se pega a la piel casi de inmediato, obligándome a encogerme de hombros para resguardar el cuello mientras avanzo por la banqueta.

Como cada día, me paré exactamente en el mismo recuadro de concreto gastado, justo al lado del poste de luz que zumba con una frecuencia eléctrica molesta y constante. A mi alrededor, la marea matutina se movía con la solidez de un mecanismo automático, pesado y desalmado. Las personas a esta hora no son más que sombras encorvadas sobre las pantallas iluminadas de sus teléfonos, rostros grises e inexpresivos que expulsan nubes de vapor denso al respirar mientras esperan el transporte que los arrastrará una vez más hacia sus respectivas rutinas. No hay nada extraordinario en este lugar. Es solo una esquina gris más de la ciudad, dominada por el estruendo interminable de los motores, el hollín de los camiones y el parpadeo distante de los semáforos que apenas logran cortar la niebla baja que flota sobre el asfalto.

Me acomodé los audífonos apagados alrededor del cuello y me froté las manos para combatir el entumecimiento que empezaba a apoderarse de la punta de mis dedos. Nunca he sido alguien que llame la atención ni que reclame espacio en la multitud. Soy un chico de estatura media-baja, de contextura delgada, con el cabello rubio inevitablemente alborotado por el viento helado y una constelación de pecas sutiles que se vuelven mucho más marcadas en el puente de mi nariz cada vez que la temperatura baja. Traía las manos hundidas en las profundidades de los bolsillos del abrigo y el café de termo que me había preparado con prisa antes de salir de casa ya se había enfriado por completo, dejando un amargor tibio en el paladar que ni siquiera ayudaba a despabilarme.

Mi atención durante esos veinte minutos de espera siempre se divide en pequeñas nimiedades para distraer la mente. Cuento los carriles de la avenida por puro aburrimiento, miro los charcos formados en las grietas del suelo o me dedico a observar el rastro de humo que dejan los autos al arrancar cuando la luz cambia. La acera de enfrente, cubierta por la sombra de los edificios viejos y el letrero oxidado de una tienda de discos, nunca ha sido más que un paisaje borroso al otro lado del tráfico. Un fondo de concreto por el que cruzan desconocidos sin rostro a los que jamás les presto atención. Todos caminamos en automático, atrapados en nuestra propia inercia, contando los minutos para que el autobús correcto aparezca entre la bruma y nos saque de esta esquina.

Hoy no fue diferente. Ajusté la correa de mi mochila sobre el hombro, solté un perezoso suspiro que se convirtió en una nube blanca frente a mis ojos y me concentré en escuchar el crujido de las hojas secas que el viento arrastraba por el borde de la banqueta. Cuando el camión finalmente se detuvo frente a mí con un chirrido de frenos cansado, subí los escalones en silencio, pagué el pasaje y me acomodé junto a la ventana empañada. Era una mañana calcada a la de ayer. Una mañana aburrida que presagiaba exactamente la misma rutina gris de mañana, sin sospechar que los días tranquilos estaban a punto de terminarse.

Pasajeros con destino al amor Stories to obsess over. Discover now