CAPÍTULO 1.

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𝘕𝘰 𝘢𝘣𝘳𝘢𝘴.


La primera persona que veo todas las mañanas soy yo.

Nunca me ha caído especialmente bien.

No es por las ojeras. Ni por el cabello negro que siempre encuentra una forma distinta de desobedecerme. Ni siquiera por las pecas que mi mamá juraba que algún día iba a aprender a querer.

Es porque hay días en los que me cuesta reconocer a la persona del espejo.

Apoyé el cepillo de dientes sobre el lavamanos y aparté la mirada, evitando mirar mi reflejo.

Nunca entendí por qué la gente dice que los espejos muestran la verdad.

Los míos solo hacen preguntas.

El apartamento seguía igual de silencioso que cuando me acosté. O cuando dejé de intentar dormir, ya no sabía cuál de las dos había pasado primero.

Me puse la sudadera gris que llevaba colgada sobre una silla desde hacía tres días.

Olía a detergente.

Y a café.

No recordaba haber tomado café la noche anterior.

Las llaves estaban donde siempre.

Encima del refrigerador.

Las tomé para salir, no sin antes mirar el calendario

25 días.

La puerta se cerró detrás de mí cuando crucé el umbral, con ese mismo golpe seco de todas las mañanas.

No me gustan las puertas.

Hay puertas que separan habitaciones.

Hay otras que separan personas.

Y yo nunca he sabido distinguirlas.

...

El bus llegó tarde.

Como casi todo en esta ciudad.

Me senté junto a la ventana y apoyé la cabeza contra el vidrio.

La música empezó a sonar antes de que pudiera arrepentirme de salir de casa, aunque realmente no tuviera otra opción.

No escuché realmente ninguna canción, solo necesitaba que hubiera algo haciendo ruido además de mi cabeza.

El trayecto fue tranquilo. Las personas se veían visiblemente cansadas. Era temprano. Aparentemente, todos teníamos un lugar al que llegar.

Cuando llegué a la tienda todavía faltaban diez minutos para abrir.
Las guitarras seguían alineadas exactamente igual que el día anterior, las teclas de los pianos brillaban bajo las luces del techo.

Siempre me ha parecido raro que los instrumentos tengan más paciencia que las personas.

Esperan.

Eso es todo.

Esperan a que alguien los toque.

—Llegaste temprano.

Levanté la vista.

Era Daniel, el encargado.

Asentí.

—No podía dormir.

Él hizo ese gesto que hacen los adultos cuando creen que entendieron algo.

No insistió.

Se fue a levantar la reja.

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