Capítulo 1 - Run, Rabbit

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El sonido de la cinta adhesiva al cortarse era el único ruido constante en el pabellón.

Aster presionó las esquinas de la caja de cables, verificó el etiquetado y se puso de pie. Eran las tres de la tarde y el área de prensa de los bastidores estaba casi vacía, a excepción del equipo técnico que montaba las luces para el evento de la noche.

Revisó su reloj. Seis horas de turno. Dos salidas de emergencia localizadas a su izquierda, una a su derecha detrás del escenario. Ninguna puerta cerrada con llave.

Un hábito inútil para cualquiera, pero vital para ella.

A sus veinticinco años, Aster había perfeccionado el arte de pasar desapercibida. Su trabajo como coordinadora de logística no requería brillar, solo asegurarla impecabilidad de lo que otros disfrutaban. Para el resto, era una mujer tranquila, eficiente y siempre dispuesta a echar una mano. Una "chica buena".

-¡Aster! -gritó uno de los jefes de montaje desde el otro lado del pasillo, soltando una llave inglesa sobre el metal con un golpe seco.

El estruendo resonó en la estructura.
Aster no gritó. No saltó. Su cuerpo reaccionó de la única forma en que su cerebro había aprendido a mantenerla a salvo desde niña: dibujó una sonrisa instantánea, amable y perfectamente ensayada, mientras sus pulgares se presionaban con fuerza contra las palmas de sus manos.

-¿Sí? -respondió con voz suave, acercándose de inmediato para evitar que el hombre tuviera que levantar la voz una segunda vez-. ¿Qué necesitas?

-Necesito que muevas esas cajas al camerino principal antes de que llegue el grupo. Ya van tarde.

-Claro, me encargo ahora mismo. Disculpa la demora -dijo, disculpándose instintivamente por un retraso que no era su responsabilidad.
Se inclinó para levantar el primer paquete pesado. Mientras lo acomodaba contra su pecho, notó una presencia en el marco de la puerta del pasillo lateral.

Un chico la observaba.

Tenía unos veinte años, llevaba el cabello algo despeinado, una sudadera holgada y unos audífonos colgando del cuello. A pesar de la ropa informal, había una postura inconfundible en él: la de alguien acostumbrado a que los focos lo sigan a donde sea que camine.
Park Jimin.

Aster sabía quién era. Era imposible no saberlo en ese medio. Un ídolo joven, la promesa de la música en pleno ascenso, el centro de atención de millones. Pero para Aster, él era simplemente una variable más en la habitación.

Un desconocido. Sus miradas se cruzaron por un segundo.

Jimin no traía la sonrisa ensayada que solía mostrar ante las cámaras; tenía el ceño ligeramente fruncido, analizando la escena. Había visto el salto imperceptible en los hombros de ella cuando cayó la herramienta, y había notado la velocidad casi desesperada con la que se había apresurado a sonreír y pedir perdón.

Jimin dio un paso hacia adelante, con la intención de hablar o tal vez de sostener la puerta para ella.
Aster no esperó a descubrirlo. Dio un paso atrás instintivamente, manteniendo un metro de distancia entre ellos, y le dedicó una inclinación de cabeza breve y formal.

-Buenas tardes -dijo con neutralidad.
-Hola... -respondió Jimin, deteniéndose al ver cómo ella esquivaba su presencia con una agilidad casi felina-. ¿Necesitas ayuda con eso?
-No es necesario, gracias. Es mi trabajo.

Sin esperar respuesta, Aster pasó a su lado. No hubo mirada prolongada, ni emoción contenida, ni la reacción de sobresalto habitual que Jimin solía recibir de la gente a su alrededor. Para Aster, él no era un ídolo; era simplemente un volumen más en el espacio del que debía mantenerse a una distancia segura.

Jimin se giró para verla alejarse por el pasillo. La chica caminaba rápido, pegada a la pared, con los ojos fijos en el suelo y una sonrisa ligera que no llegaba a sus ojos, lista para desaparecer al primer movimiento en falso.

El peso de la madriguera Stories to obsess over. Discover now