-¿Qué fue lo que dijiste?

Su padre se detuvo y se dio la media vuelta, su madre bajo la mirada.

-Ya es tiempo -dijo la mujer - No podemos seguir acultandole la verdad, él merece saberlo.

-Aún no es tiempo -replicó el hombre - Gustav, ¿Porque no mejor olvidas lo que sucedió y me hablas de cómo te fue en la escuela, eh?

El chico apretó los puños y se acercó a su padre, con un aire pesado lo miro a los ojos.

-Primero explícame...¿Como está eso de que tengo una hermana y yo no sabía nada?

-En realidad, Abigail es tu media hermana.

-¡Mujer! -susurró

-¿Dónde está? -repitió Gustav, la voz más firme, sin apartar la mirada de sus padres.

Su padre suspiró, los hombros cayéndole como si de pronto llevara años más encima. Se pasó una mano por el cabello, inquieto, antes de responder con voz baja.

-No lo sé, cuando su madre se fue... no me dijo a dónde, solo me dejó saber que existía, que era mía, y que no quería que interfiriera en sus vidas, intenté buscarlas al principio, pero perdí todo rastro. -Bajó la cabeza, avergonzado-. Tenía miedo de que me odiaras, de que pensaras que te había fallado, por eso nunca te lo dije.

Gustav se quedó helado, las palabras golpeándolo más que un golpe.

Una hermana.

Una media hermana llamada Abigail, andando por el mundo sin saber que él existía, sin que él supiera de ella.
Y su padre lo había ocultado todo ese tiempo.

-¿La ocultaste... por miedo a lo que yo pensara? -dijo, y la rabia empezó a mezclarse con algo más, una punzada de dolor- ¿No te importó que ella creciera sin saber quién era su familia? ¿Que yo viviera sin saber que tenía a alguien más?

-Gustav, hijo, lo hicimos pensando en ti -intentó decir su madre, acercándose un paso, pero él retrocedió como si le quemara.

-No...lo hicieron por ustedes. -Dio media vuelta, los puños aún apretados, los nudos blancos-. Si no me dicen nada más... yo la buscaré, y la encontraré, eso tenga lo por seguro.

Sin esperar respuesta, salió de la habitación, dejando a sus padres solos en el silencio pesado de la habitación.
El sonido de la puerta al cerrarse resonó como un trueno, y Gustav ya estaba decidido, no importaba cuánto tardara, no importaba dónde estuviera.

Iba a encontrar a Abigail.

Los días siguientes, entre ensayos y grabaciones con la banda, Gustav no dejó de buscar.
Revisó registros, preguntó a familiares lejanos, intentó averiguar el nombre de la madre de Abigail... pero todo fue en vano, no había rastro, ni un indicio, como si ella nunca hubiera existido. Tom, Bill y George notaron su distracción, su silencio en los viajes, la mirada perdida en cada descanso.

-Oye, estás muy raro últimamente -le dijo Tom una tarde, mientras descansaban antes de un concierto-. ¿Pasa algo? Puedes contarnos, ¿sabes? Somos familia.

-No es nada, tranquilo -respondió Gustav, forzando una sonrisa-. Solo no he dormido bien, nada más.

No era la verdad, pero no estaba listo para contárselo a nadie.
Aquella búsqueda era suya, una promesa que se había hecho a sí mismo, y no quería arrastrar a nadie más hasta que tuviera algo concreto.

Tom lo miró un instante, como si no terminara de creérselo, pero asintió sin insistir.

Pasaron los meses y la fama de Tokio Hotel creció sin detenerse, estadios llenos, discos de platino, viajes sin parar, y por fin, la gira los llevó a México.
La ciudad bullía de energía, y en cuanto llegaron, los invitaron a un programa de televisión en vivo, cámaras, luces, gritos de fans... Gustav cumplió con su parte, sonrió, respondió preguntas, pero por dentro no dejaba de pensar que ella podía estar ahí, viéndolos. Que Abigail pudiera estar mirándolos en ese mismo instante.

Caminos Entrelazados Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora