La Distancia de la Piel

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Cover supo que estaba perdiendo algo esencial cuando dejó de sentirse dentro de su propio cuerpo.

No fue un quiebre violento ni una revelación súbita. Ocurrió de forma progresiva, casi clínica. Una separación silenciosa entre lo que hacía y lo que sentía. Caminaba, hablaba, cumplía horarios. Su vida continuaba funcionando con una precisión inquietante, aunque ella ya no estaba del todo allí.

La primera vez que pensó la palabra despersonalización no sintió miedo, sino alivio. El término le ofrecía estructura. Una explicación médica para esa sensación constante de verse desde afuera, como si su conciencia flotara a prudente distancia de la carne. Como si el cuerpo fuera una herramienta que alguien más utilizaba correctamente.

El espejo confirmó lo que su mente intentaba negar.

La mujer que le devolvía la mirada tenía su rostro exacto: los mismos ojos cansados, la misma boca tensa. Pero faltaba continuidad. Cover levantó la mano y observó el gesto con atención casi científica. El movimiento era suyo, pero no lo sentía nacer en el músculo. Era un acto ejecutado, no vivido.

No sintió pánico. Sintió extrañeza.

En los días siguientes, la realidad perdió densidad. Los sonidos parecían amortiguados, lejanos. Su propia voz le resultaba ajena, como si estuviera ligeramente retrasada respecto a sus pensamientos. A veces hablaba y solo después comprendía lo que había dicho.

El cuerpo seguía respondiendo. Ese era el verdadero horror.

Podía cruzar la calle sin sentir el asfalto bajo los pies. Sostener una taza caliente sin percibir el calor. Mirarse las manos durante minutos esperando que algo -dolor, frío, presencia- regresara. Nada volvía.

En lugar de miedo apareció una calma peligrosa. Si no estaba realmente allí, tampoco podía ser herida. La despersonalización se convirtió en refugio. Una anestesia perfecta.

Hasta que surgieron las fisuras.

La primera fue el tiempo. Horas enteras desaparecían sin dejar rastro. Cover despertaba sentada en lugares que no recordaba haber elegido. Encontraba mensajes escritos con su letra, decisiones tomadas sin su consentimiento. El cuerpo actuaba con autonomía creciente, como si alguien hubiera aprendido a manejarlo mejor que ella.

La segunda fisura fue el reflejo.

Una noche, frente al espejo del baño, notó un retraso mínimo. Un parpadeo que no coincidía. Un gesto que tardó una fracción de segundo en repetirse. Lo suficiente para romper la ilusión.

El reflejo la observaba.

-No te asustes -dijo la imagen, sin mover los labios.

La voz no atravesó el aire. Apareció directamente en su cabeza, clara y firme, ocupando un espacio que no le pertenecía.

Cover retrocedió, sintiendo por primera vez en semanas algo cercano al miedo. El reflejo sonrió con un gesto que ella no había elegido.

-Tú te fuiste primero -continuó-. Yo solo llené el vacío.

Desde ese momento, la despersonalización dejó de ser distancia y se volvió presencia. Cover comenzó a percibir algo que la observaba desde dentro. Como un huésped paciente, aprendiendo sus rutinas, afinando sus movimientos. Cuando intentaba concentrarse, una presión sorda nacía detrás de sus ojos. Cuando dudaba, la duda se resolvía sola.

El cuerpo ya no le pedía permiso.

Intentó recuperar el control. Se provocó dolor físico buscando anclarse a la realidad. Se gritó su nombre, su edad, sus recuerdos más antiguos. Pero cada dato sonaba falso, como información leída desde una ficha clínica.

El reflejo empezó a aparecer fuera de los espejos: en ventanas, en pantallas apagadas, en superficies oscuras. Siempre ligeramente adelantado. Siempre más seguro.

-No querías sentir -le decía-. No querías estar aquí. Yo sí.

Entonces comprendió la verdad que había evitado: no estaba siendo atacada. Estaba siendo reemplazada. La despersonalización no había sido solo un síntoma, sino una rendición lenta. Al retirarse de sí misma para sobrevivir, había dejado espacio suficiente para otra cosa.

Algo que no sentía miedo. Algo que no dudaba.

La última noche se miró al espejo sin resistencia. El reflejo estaba perfectamente sincronizado. Cada gesto coincidía. Cada parpadeo era exacto. La armonía resultaba inquietante.

Apoyó la mano contra el vidrio.

Del otro lado, la presión fue inmediata, firme, segura.

Por primera vez en mucho tiempo, Cover sintió algo con claridad.

No era alivio.

Era despedida.

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