prólogo

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Año 2008

El helado aire acondicionado del salón privado en Polanco no lograba enfriar la euforia de la mesa. A sus 24 años, Santiago "Santi" Elizondo levantó su copa de champán, luciendo un reloj que costaba lo mismo que un automóvil compacto. Acababa de recibir su título como Licenciado en Administración de Empresas, un logro que para él no era más que el trámite formal antes de reclamar el lugar que le correspondía en la cima. A su alrededor, el grupo compartía la misma sonrisa de impunidad y futuro asegurado. Ana Sofía, Iñaki y Cristóbal, todos recién egresados de la Universidad Iberoamericana, brindaban entre risas ruidosas. En su horizonte no existía la palabra "compromiso", mucho menos el matrimonio o las responsabilidades familiares. Para ellos, la vida adulta era un juego de estrategias donde solo se competía por el estatus. Sus conversaciones no giraban alrededor de hipotecas o empleos de oficina, sino de proyectos ambiciosos diseñados para su propia esfera social:

• Cadenas textiles y boutiques de alta costura: Planeaban importar telas exclusivas para lanzar marcas de ropa de diseñador y calzado de lujo.

• Conceptos de entretenimiento exclusivo: Soñaban con crear departamentos boutique de trajes y disfraces de gala importados para las fiestas de la alta alcurnia en Las Lomas, San Pedro y Santa Fe.

Santi lideraba la mesa con la seguridad de quien se sabe respaldado por el apellido Elizondo. Para él y sus amigos de la Ibero, el dinero no era algo que se ganaba trabajando desde abajo; era un recurso infinito que siempre había estado ahí, fluyendo desde las cuentas de sus familias. Tenían el mundo a sus pies, los contactos en la agenda y la firme creencia de que nada podía tocar su reino de cristal.

Año 2008

Para Santi, Ana Sofía, Iñaki y Cristóbal, haber dejado sus estados de origen -incluyendo las tranquilas pero ya tensas tierras de Michoacán y el centro del país- para mudarse a la capital al entrar a la Ibero fue la decisión más natural del mundo. Vivían en colonias blindadas de la Ciudad de México, donde la violencia parecía un espectáculo lejano que solo ocurría en la televisión. Mientras el presidente Felipe Calderón declaraba la guerra abierta contra el narcotráfico y los noticieros inundaban las pantallas con cifras de bajas civiles y enfrentamientos en las carreteras de provincia, el grupo de amigos apenas prestaba atención. En su círculo de privilegio, la política se reducía a debates superficiales en las cenas. Recordaban con sarcasmo las elecciones de 2006 y las tajantes frases del gobierno asegurando que López Obrador jamás llegaría a la presidencia ni salvaría al país; para ellos, el sistema funcionaba a la perfección porque siempre los había protegido a ellos.

Se sentían intocables. Creían que las bombas, las balaceras y los retallones de la guerra eran cosas que les pasaban a "otros", a gente en pueblos lejanos. Ignoraban por completo que la seguridad de la que gozaban en la capital era una ilusión sostenida con dinero sucio, y que el origen del capital con el que financiaban sus vidas estaba conectado en línea directa con esa misma guerra que veían con desdén en las noticias. Durante dos años, la vida en el departamento que compartían como roomies en una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México -en ese entonces todavía llamada Distrito Federal- fue una fiesta interminable. Entre entregas finales de la Ibero, entregas de comida gourmet y viajes exprés, el departamento se convirtió en el centro de operaciones donde moldeaban su futuro. Sin embargo, para el año 2010, el plan había cambiado. Ya no solo querían vacaciones; empezaron a trazar la estrategia para regresar a sus estados natales e instalar de una vez por todas la red de empresas textiles y boutiques de diseño que tanto habían soñado. Pero antes de volver y encerrarse en los negocios, necesitaban una última gran escapada.

Reunidos en la sala, con los mapas desplegados sobre la mesa de centro y las copas llenas, el aburrimiento del privilegio salió a relucir.

-Ya no quiero ir a Santorini -dijo Iñaki, dejando caer la cabeza en el respaldo del sofá-. De verdad, ya recorrí todos los puntos exclusivos, los clubes de playa privados... ya me lo sé de memoria.

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