Nunca me gustó esperar.
Esperar mi turno para entrar a una batalla era, probablemente, la peor parte de estas. Tenía demasiado tiempo para pensar, algo que nunca me ayudaba mucho.
—¿Estás bien?
Levanté la vista.
Santi, mi amigo, me alcanzó una botella de agua.
Asentí, pero mentía. Me estaba muriendo de nervios.
—Relajá, amigo. Ya estás acá.— Dijo, apoyando una mano en mi hombro.
Era fácil decirlo, porque el no era el que tenía que meterse al centro del círculo frente a un montón de personas nuevas que parecían saber muchísimo más que uno.
Respiré hondo.
El gimnasio estaba lleno.
No era enorme, pero había suficiente gente como para que el murmullo nunca desapareciera. Se mezclaban las conversaciones, las zapatillas deslizándose por el piso de madera y la música que el DJ iba reproduciendo.
Había competidores por todos lados: algunos estiraban, otros practicaban frente a los espejos, pero todos parecían completamente tranquilos.
¿Cómo hacían? A mí el corazón me iba a mil por hora.
Todavía podés irte.
La idea apareció sola.
Nadie me iba a obligar a competir, podía inventar cualquier excusa. Podía decir que me dolía el tobillo, que sentía náuseas o que me había equivocado de lugar.
De hecho, lo último era bastante cercano a la realidad.
Ya que, hasta ese momento, siempre había participado en batallas chicas: Las de mi barrio, las que organizaban estudios pequeños, las que ya tenían las mismas caras de siempre.
Había ganado todas.
No eran tantas, pero las había ganado.
Por eso mismo estaba ahí, pero estaba comenzando a pensar que tal vez fue un error.
Sin embargo, todos me repetían lo mismo.
"Vos estás para algo más."
"Animate a competir con otra gente."
"Si perdés, no pasa nada."
Qué frase de mierda. Claro que pasaba.
Si perdía, iba a...
No.
No era momento para maquinarme con eso.
Me acomodé la gorra.
Concéntrate en la música.
Eso era lo que siempre funcionaba.
Cuando las rondas empezaron, la música comenzó a sonar y todo desapareció.
La primera ronda terminó...
Gané.
La segunda también.
Empecé a sentirme mejor, a pensar que tal vez había exagerado con eso del nivel.
Capaz yo estaba al nivel...
—La próxima batalla...
Escuché mi nombre.
Y otro más...
—Ian
No lo conocía, pero varias personas a mi alrededor reaccionaron.
Algunos levantaron las cejas, otros sonrieron.
Escuché a uno decir "Uhh..." por lo bajo.
No supe interpretar si eso era bueno o malo.
Fue entonces cuando lo ví.
Era alto. Llevaba un buzo gris que le quedaba enorme, un pantalón tan grande que se lo pisaba y una gorra hacia atrás.
CITEȘTI
A Contratiempo
DragosteTobías, un bailarín de locking, todavía recuerda al chico que logró vencerlo por primera vez en una batalla: Ian, un bailarín de breaking insoportablemente seguro de sí mismo que disfruta demasiado de sacarlo de quicio. Ahora los dos vuelven a encon...
