El bullicio del mercado campesino era el escondite perfecto. Entre puestos de especias, sacos de trigo y el olor a pan recién horneado, Abby caminaba con soltura, luciendo pantalones de cuero ajustados, botas altas manchadas de tierra y una chaqueta holgada que ocultaba sus formas. Con el cabello rojo recogido en una coleta baja despeinada y las manos metidas en los bolsillos, nadie en aquel villorrio la miraba dos veces; para todos, solo era otro muchacho trabajador del campo.
Nora, ajustándose las gafas de pasta negra sobre la nariz, observaba la escena desde una banca de madera con su libreta de dibujo sobre las rodillas. Llevaba poco tiempo en el reino y aún le costaba adaptarse a la multitud. Su mirada profunda se fijó en la figura de hombros firmes y porte decidido que caminaba frente a ella.
—Disculpe, señor... ¿sabe dónde queda la botica? —preguntó Nora con voz suave, poniéndose de pie y dando un par de pasos hacia ella.
Abby se detuvo y se giró lentamente. Al cruzar miradas, los ojos verdes con destellos dorados de Abby mostraron una chispa de diversión al notar la confusión en el rostro de la chica menuda de gafas.
—No soy ningún señor, bonita —respondió Abby con una sonrisa de lado y tono desenfadado, acomodándose un mechón rojizo tras la oreja—. Pero la botica está cruzando la plaza, a la izquierda.
Nora sintió que el rubor le quemaba las mejillas hasta las orejas. Contempló el rostro fino de la joven, la firmeza de su postura y el destello de un collar de plata con una pequeña llave que asomaba por su cuello.
—Yo... lo siento mucho, de verdad —balbuceó Nora, abrazando su libreta contra el pecho antes de dar media vuelta y retirarse a toda prisa, avergonzada por el error.
Horas más tarde, el ambiente cargado de especias del pueblo quedó atrás, reemplazado por la fría elegancia del castillo real.
En la gran sala del trono, los pasos de Abby resonaban con fuerza. Portaba ahora sus ropajes reales, aunque mantenía la misma actitud rebelde. Frente a ella, sus padres, el rey Carlos y la reina Ana, la observaban con una mezcla de afecto e impaciencia.
—Abigail, eres la princesa heredera —expresó el rey con firmeza paternal—. Debes pensar en el futuro del reino. El compromiso con el príncipe del territorio vecino es la decisión más sensata.
—No voy a casarme con él, ni con ningún otro hombre —sentenció Abby con los brazos cruzados, elevando la mentón con obstinación—. Saben perfectamente lo que siento y lo que quiero para mi vida. No voy a mentirme a mí misma ni al reino.
El rey suspiró, a punto de replicar, cuando las pesadas puertas de roble del salón se abrieron de golpe. Dos guardias reales entraron sujetando con brusquedad a una joven que forcejeaba por liberarse, cargando una mochila con parches y una libreta entre los brazos.
—¡Su Majestad! —anunció el capitán de la guardia—. Encontramos a esta plebeya merodeando cerca de los límites de la villa real. La atrapamos dibujando en secreto a la princesa heredera sin autorización. ¡Podría ser una espía!
Abby dio un paso al frente y se quedó helada. La chica de cabello negro azabache, gafas redondas y mirada asustada era la misma con la que se había cruzado en el mercado.
—¡Es un error! ¡Yo no estaba dibujando a ninguna princesa! —protestó Nora con la voz temblorosa, intentando zafarse del agarre de los guardias—. ¡Ni siquiera sé quién es la princesa! Solo estaba retratando a una chica que vi hoy en el pueblo...
Nora levantó la vista al hablar y sus ojos se cruzaron con los de Abby. La sorpresa la dejó muda al reconocer, bajo la corona y los vestidos nobles, a la misma joven de pantalones de cuero y sonrisa confiada del mercado.
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Entre Sombras y Fuego
General FictionLo escribi pq estaba aburrida, relativamente es yuri, asi que si te gusta leelo
