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CAPITULO 1

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El hombre del traje negro 

Llegas tarde.

Levanté la mirada y me encontré con el hombre más intimidante que había visto en mi vida.

Traje negro.

Camisa blanca.

Reloj plateado.

El cabello perfectamente peinado, aunque algunos mechones caían sobre su frente como si se negara a obedecer. 

Pero fueron sus ojos los que consiguieron que olvidara por completo la respuesta que tenía preparada.

Oscuros.

Fríos.

Demasiado atentos.

—Llegué exactamente a la hora que me dijeron —respondí.

Él miró su reloj.

—Eso significa que llegaste tarde.

Fruncí el ceño.

—Entonces quizá deberían aprender a dar instrucciones más claras.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en sus labios.

No era una sonrisa amable. 

Era peligrosa.

—Interesante.

—¿Qué cosa?

—Que tengas el valor de responderme así.

—¿Debería tener miedo?

Se acercó un paso.

Solo uno.

Pero fue suficiente para que mi corazón acelerara.

—Todavía no.

Tragué saliva.

—¿Y cuándo debería?

Sus ojos descendieron lentamente hasta mis labios antes de regresar a mis ojos.

—Cuando descubras quién soy.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar.

—Espera.

Se detuvo.

—¿Cómo se supone que voy a trabajar contigo si ni siquiera sé tu nombre?

Giró ligeramente la cabeza.

—Alejandro Montenegro.

El nombre me resultó familiar.

Demasiado familiar.

Y entonces entendí.

El dueño de la empresa.

El hombre del que todos hablaban.

El hombre que, según los rumores, había despedido a tres personas en una sola semana.

El hombre que nunca mezclaba trabajo con placer.

El hombre que supuestamente no tenía relaciones.

—¿Y tú? —preguntó.

—Valentina.

—Ya lo sé.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo?

Me miró por encima del hombro.

—Investigo a las personas que trabajan para mí.

Y desapareció por el pasillo.

Me quedé sola, intentando convencerme de que aquel hombre no me había afectado.

No lo había hecho.

Claro que no.

Excepto por el pequeño detalle de que, durante el resto del día, no pude dejar de pensar en sus ojos.

Y mucho menos en aquella última frase.

"Ya lo sé."

Esa misma noche

El reloj marcaba las 11:47 p. m.

Yo seguía en la oficina.

—Perfecto —murmuré mientras cerraba mi computadora—. Primer día y ya estoy trabajando hasta medianoche.

Tomé mi bolso y apagué las luces.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—¿Siempre hablas sola?

Me giré de golpe.

Alejandro estaba apoyado contra el marco de la puerta.

Sin saco.

Con las mangas de la camisa arremangadas.

Y, por alguna razón, esa imagen resultaba mucho más peligrosa que la del hombre perfectamente vestido de aquella mañana.

—¿Siempre apareces sin hacer ruido?

—Solo cuando quiero.

—Pues no lo hagas.

—¿Te asusté?

—No.

Se acercó.

—Mientes.

Retrocedí instintivamente.

Él avanzó.

Un paso.

Luego otro.

Hasta que la distancia entre nosotros se volvió demasiado pequeña.

—Deberías irte a casa, Valentina.

—Eso estaba haciendo.

—Bien.

No se movió.

—¿Entonces por qué sigues aquí?

Lo miré.

—Porque tú estás bloqueando la puerta.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Y entonces ocurrió.

La comisura de sus labios se elevó.

—Definitivamente eres un problema.

—¿Yo?

—Sí.

—Ni siquiera me conoces.

Sus ojos volvieron a mis labios.

—Ese es precisamente el problema.

Mi respiración se detuvo por un instante.

Alejandro se apartó finalmente.

—Buenas noches, Valentina.

Pasó junto a mí.

Pero antes de desaparecer, se detuvo.

—Y una última cosa.

—¿Qué?

Me miró.

—No vuelvas a quedarte sola en la oficina después de medianoche.

—¿Por qué?

Su mirada se volvió seria.

—Porque no siempre voy a ser yo quien te encuentre.

Y se marchó.

Me quedé allí, completamente confundida.

No sabía qué era peor.

Que aquel hombre me pusiera nerviosa...

o que una parte de mí quisiera descubrir qué pasaría si dejara de hacerlo.

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⏰ Last updated: 7 days ago ⏰

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