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El camino desde la ambulancia hasta la sala de urgencias del Hospital Mercy había quedado marcado por la sangre que el chico perdía.

Estaba a nada de morir.

Pero en aquella sala nadie iba a darse por vencido.

No con él.

Isaac, un reconocido cirujano, trabajaba con movimientos precisos, intentando salvar a toda costa la vida del muchacho de apenas diecisiete años. Afuera, el área de urgencias permanecía fuertemente custodiada por la policía.

A pesar de su juventud, Isaac era un médico experimentado. Se enfrentaba a varias costillas rotas, producto del fuerte impacto que el chico había recibido; una herida sobre el labio y, mucho más preocupante, una profunda cortada que recorría la parte interna de su antebrazo derecho, desde la muñeca hasta casi alcanzar el codo.

El muchacho apenas se aferraba a este mundo.

Y ellos intentaban impedir que lo soltara.

*

Los días iban y venían mientras todos esperaban que el chico despertara del coma en el que permanecía desde hacía casi una semana.

Había pasado horas en cirugía. Habían conseguido salvarle la vida, pero el pronóstico seguía siendo incierto.

Para el personal del hospital, atenderlo se había convertido en algo mucho más complicado de lo habitual. Cada cambio de turno debía realizarse bajo estrictas medidas de seguridad impuestas por la policía.

Resultaba extraño.

El paciente parecía completamente inofensivo.

Un adolescente inconsciente, cubierto de vendajes y conectado a máquinas.

Y, aun así, cuatro hombres custodiaban su habitación a todas horas.

*

Todo comenzó con un zumbido.

Un sonido lejano, casi un susurro, que poco a poco lo hizo consciente de su propio cuerpo.

Sentía que flotaba.

¿En agua, tal vez?

No podía saberlo.

Las sensaciones fueron volviéndose más reales a medida que el zumbido aumentaba dentro de sus oídos. Entonces apareció el dolor. Primero como una presión detrás de los ojos; después, intenso, pulsante.

Intentó llevarse las manos a la frente.

Un sonido metálico retumbó en la habitación.

No podía moverse.

Lo intentó de nuevo y algo tiró con fuerza de su muñeca izquierda. El dolor que atravesó su cuerpo fue tan violento que ni siquiera consiguió gritar.

En cuestión de segundos, aquel zumbido se convirtió en un rugido ensordecedor.

Entonces escuchó una voz.

—Tranquilo... Es por tu bien. Andrew, ¿me escuchas? Todo va a estar bien.

Andrew.

Abrió lentamente los ojos.

La luz que entraba por la ventana hacía que las paredes blancas parecieran todavía más brillantes. Parpadeó varias veces, tratando de acostumbrarse a ella.

Intentó incorporarse.

El dolor lo detuvo en seco.

Bajó la mirada.

Su antebrazo derecho estaba casi completamente vendado.

La muñeca izquierda, esposada a la camilla.

Se quedó mirando la esposa unos segundos, sin comprender.

—Buenos días, Andrew. Veo que por fin has despertado.

Un joven de bata impecablemente blanca entró en la habitación. Saludó al chico antes de dirigir la mirada hacia el hombre que se encontraba allí.

Su expresión cambió.

—Archer. Pensé que teníamos un acuerdo. Tienes que respetar los horarios que, como médico, establezco para las visitas.

—Sabes que lo mío no es precisamente una visita, Doc.

El hombre acompañó las palabras con un gesto de evidente fastidio.

—Y sabes que para acercarte a Andrew necesitas la presencia de la trabajadora social. —El médico miró alrededor deliberadamente—. No la veo por ninguna parte. No olvidemos que sigue siendo menor de edad.

—¡Por favor! —exclamó Archer, frustrado—. No olvidemos de quién estamos hablando.

La puerta volvió a abrirse.

—Buenos días. Disculpen el retraso. Vine tan pronto como me avisaron que Andrew había despertado, pero el clima no ayuda precisamente con el tráfico de esta ciudad.

Una mujer joven entró con la ropa todavía húmeda por la lluvia y caminó directamente hacia la camilla.

—Buenos días, Andrew.

Él la observó sin responder.

Ella señaló al hombre que estaba junto a la cama.

—Él es el detective Archer.

Después, al médico.

—Y él es el doctor Isaac. Yo soy Amelia, trabajadora social. Los tres estamos asignados a tu caso. Como todavía eres menor de edad y debido a la gravedad de las circunstancias, estaré presente cada vez que el detective Archer necesite hablar contigo.

Andrew intentó seguir sus palabras.

Detective.

Trabajadora social.

Su caso.

Menor de edad.

Cada palabra parecía llegarle por separado, como piezas de algo que debería reconocer y, sin embargo, no conseguía armar.

El mareo empeoraba.

Miró al detective Archer.

Después al doctor.

Ellos lo observaban también.

Esperaban algo de él.

Una respuesta.

Una explicación.

Cualquier cosa.

Andrew abrió la boca.

—No...

Los tres permanecieron en silencio.

—No sé...

Intentó ordenar sus pensamientos, pero no encontró nada detrás de ellos.

—No sé por qué... estoy...

Se detuvo.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Yo...

No sabía qué decir.

Peor aún:

no sabía qué se suponía que debía saber.

El dolor y el mareo le impedían concentrarse, pero algo en las expresiones de las tres personas frente a él terminó de asustarlo.

Ninguno se movía.

Los tres lo miraban con los ojos muy abiertos.

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⏰ Last updated: Aug 10 ⏰

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