"Este ya es el número 23" dijo Cardenas a su compañero mientras contemplaban la mortífera escena de un indigente tirado en un andén con una cortadura que traspasaba su cuello de lado a lado. El corte no era limpio, parejo, más bien parecía el trazo de un cuchillo de dientes o una sierra. Daba la impresión de que el asesino había repasado una y otra vez el arma por el cuello del difunto. La piel de la zona estaba triturada, era carne molida. El cadáver no tenía pantalón, ni pene. Solo llevaba puesta una camiseta mugrosa. Le colgaban unos testículos espichados a patadas. El pene no se veía por ningún lado, así como había sucedido con los otros veintidós indigentes. El arma que utilizaron para amputar el miembro, si bien podría ser similar en su forma irregular, no terminaba de coincidir con la que se usó en el cuello. Todo esto lo interpretó Marin dándole vueltas al asunto, olfateando de cerca la escena. El ambiente olía a petricor. Eran las seis y media de la mañana de un sábado. El cielo estaba oscuro y ya empezaban a caer las primeras gotas anunciando la proximidad de una lluvia torrencial.
—Cardenas, tome esas fotos rápido que se viene el aguacero— dijo Marin con una voz diáfana que no tenía nada que ver con su aspecto medio rocoso, medio árido, medio descascarado, como de cincuentón acabado.
—Voy a retratar de cerca las heridas. Todas coinciden con los anteriores asesinatos.
—Le vengo diciendo eso desde hace dos meses, Cardenas. Esto no se trata de un grupo de limpieza social. Ellos no tienen un método específico, esos van dando bala o puñal, y de paso les dan unas palizas a manera de espectáculo, los empacan en una bolsa con piedras y los lanzan a cualquier río. Son cínicos los cabrones. Tampoco es que dejen mucha evidencia. Ahora... recuerde con quien está hablando. —Marin hizo una pausa, como lanzando las palabras al viento, como recordando algo no muy lejano. Se peinó la negra barba de chivo descuidado y continuó con su suave voz. —Yo decidí denunciar y tomar este caso porque me mataron a Ramiro. Ese perro viejo me enseñó las mañas de la calle. Por eso tengo instinto de zorro astuto. El viejo fue el quinto. ¿Por qué lo sé? porque hice mi tarea, hermano. Marín permitió el avance del resto del protocolo para el levantamiento del cadáver. Las gotas caían cada vez más densas y en gran cantidad. El zorro astuto guardó la calma, y con gran parsimonia se perdió entre cuadras en busca de la panadería más próxima. Las gotas taladraban su cabeza, pero no le importaba, le gustaba sentir la cara lavada, sentirse empapado y caminar entre callejones como lo hacía Ramiro en días como ese. A Ramiro lo mataron de la misma manera hace dos meses y medio, en la plazoleta de Los Periodistas. Marín fue a su encuentro al lado de la estación de Las Aguas, en la Candelaria pero vió que el lugar estaba acordonado. No le dió mucha importancia hasta que, comprando un cigarrillo en una chaza aledaña, le comentaron el suceso. Marin se cruzó el cordon amarillo y vió la misma escena que acababa de presenciar pero en el cuerpo de su gran camarada. Desde hace quince años se citaban justo al lado de la Academia Colombiana de la Lengua, el mismo lugar de su primer encuentro. En ese entonces Marín acababa de cumplir 18 años, estudiaba periodismo y se creía muy fiera por fumar marihuana con sus amigos malandros del barrio, esos que lo salvaron de ser robado más de una vez por falta de picardía. Era un joven con comodidades que decidió experimentar un poco más de cerca el rigor de la calle. Siempre sintió el llamado por el mundo al que los puritanos llaman "el subsuelo"; los puritanos tratan de ocultar la realidad de sus barrios con este tipo de clasificaciones, se autoengañan diciendo que su mundo está más arriba, que es diferente al subsuelo, sin embargo todos caminan por las mismas aceras y pisotean los mismos barrizales. La diferencia es que unos lo pisan con zapatos baratos pero bien lustrados y otros en chanclas o descalzos. Todos somos parte de este infierno, solo que algunos se creen de mejor alcurnia y se piensan dueños del paraíso. Son simples camanduleros.
Marin entró a la panadería El Molino, clásica tienda del sur de Bogotá con carteles de venta de tamales, masato y avena en la entrada del almacén.
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CASTRADOS
ActionUn detective persigue la pista de un asesino en serie. Las victimas siguen un mismo patron: les fueron amputados los genitales y todos son habitantes de la calle, incluso uno de sus mejores amigos y consejeros en la vida ha sido asesinado. El detect...
