Me llamo Penny Sterling, nací en 1861. Era bailarina en un club privado para gente acomodada donde no me pagaban nada mal, pero mi madre me sacó a patadas de ahí; decía que debía estudiar en la universidad y ejercer una carrera. Me mandó a buscar un trabajo de verdad, algo más recatado para la reputación de mi familia y con buena paga.
Leí el periódico, fui a varias entrevistas y... nada. No pude obtener ningún trabajo, ni siquiera de limpieza. Decían que era muy joven o que no tenía la tez necesaria para el puesto. Aún así, no me rendí; seguí buscando por todos lados sin detenerme ante las negativas ni ante los sueldos miserables que pretendían darme por trabajar el día entero.
Un día, Dios me bendijo con una nota de prensa: se abría una vacante en el gobierno, un puesto de secretaria a tiempo completo por la excelente suma de 150 libras esterlinas. Era una oportunidad perfecta si lograba conseguirlo.
Me puse mi vestido más lindo y fui a postular. Al llegar, me topé con una fila interminable que me bajó las expectativas de un golpe, o quizás de dos o tres. Ya no iba a obtener nada; era hora de aceptarlo e irme sin honor alguno. De pronto, escuché una acalorada discusión dentro del despacho donde realizaban las entrevistas. De allí salió un tipo enigmático que casi choca conmigo. Estaba molesto, como si alguien hubiera rechazado su opinión, algo que evidentemente le alteraba.
—Perdone, buenas tardes —dijo el hombre.
—¿Han rechazado su opinión? —pregunté—. ¿Trató de imponerle algo al entrevistador?
—Curioso —comentó—. Generalmente tratan de ignorarme. Pero no, no traté de imponerle nada a ese inculto; solo pedí su ayuda, aunque como siempre, la seguridad de Londres es lo primero.
—¿Cómo se llama usted?
—Soy Holmes, hermano del ogro que está al final de la fila.
El señor Holmes se retiró del lugar. Por alguna razón, esa breve interacción me impulsó a continuar para conocer al supuesto «ogro».
Pasaron las horas y por fin la maldita fila infernal terminó. Era mi turno para entrar y demostrar mis habilidades, pero...
—No, la que sigue —dijo el ogro sin mirarme.
—Me llamo Penny Sterling. Si me escucha un momento, podré darle mis referencias o demostrar mi valía.
—Seguro... No, busco a una distinguida mujer de tez clara. Supongo que no leyó bien la nota y por ende vino aquí solo por las 150 libras, ¿no? Ahórreme otra insufrible entrevista y váyase de mi despacho —al ver que no me movía, añadió—: ¿Qué espera? ¿Una invitación oficial de la reina a uno de sus banquetes? ¡Ni de broma!
—No he venido por las 150 libras ni por una invitación —respondí con firmeza, impulsada por la urgencia de conseguir el empleo—. Soy tan capaz o mejor que todos los que están allá afuera. Soy una mujer distinguida, aunque usted no lo crea.
—¿No se va a ir sin la entrevista?
—No lo haré.
—Muy bien, por lo menos la bailarina tiene convicción.
Él sabía que yo era bailarina, lo cual era imposible.
—Imagino que debe de estar preguntándose cómo sé que es usted una bailarina, ¿no?
Asentí en silencio.
—Soy un hombre precavido y conozco cada rincón de Londres; por tanto, he visto una que otra función en el club centenario donde trabajaba —saber que me había visto bailar me hizo sentir bastante incómoda—. Su técnica de danza, o lo que sea que hacía ahí, era cuestionable y nada artística para un establecimiento tan dedicado y pulcro.
El ogro señaló la puerta con indiferencia.
—¿Para qué quiere este trabajo, señorita Sterling?
—Yo...
Me quedé inmóvil, sin saber qué responder.
—Por favor, retírese.
—Bien. Buenas noches.
Pero en ese instante, el tipo enigmático de hace un rato entró furioso y, en vez de dejarme salir, me empujó hacia adentro.
—Tengo buenas razones para pensar que hay un francotirador que te quiere matar —anunció Holmes—. Hay que evacuar a todos de aquí.
Holmes me observó con atención.
—¿Eres tú? Esta chica creo que sería una buena asistente —le dijo al entrevistador—. Es la única que sabe pensar, en mi opinión.
—No estoy buscando a un Watson, Sherlock.
—Mycroft, en serio, desde que trabajo con Watson los casos se han vuelto más interesantes —miró hacia el fondo del cuarto—. ¿Aún guardas tu arma en el escritorio?
—Como siempre, Sherlock.
En ese momento se escuchó el impacto sordo de una bala en alguna parte del edificio, seguido por los gritos de los demás aspirantes huyendo presas del pánico.
—Si estuviera junto a mí y escuchara un balazo, ¿qué haría? —preguntó Mycroft dirigiéndose a mí.
—Como ahora, estaría aquí para servirle.
—Es una suposición. No estaba fuera de esta habitación como para salir corriendo como los demás. ¿Qué haría si usted tuviese información privada y me viese en medio de un tiroteo?
—Supongo que mantendría a salvo los papeles.
—¿Supone? —cuestionó.
—Lo haría.
—Muy bien —dijo entregándome una carpeta—. Está a prueba.
—Gracias.
Suponía que tenía el trabajo, pero la situación era sumamente peligrosa. Se escucharon dos disparos más afuera del despacho. Mycroft abrió una vía de escape que conducía a una puerta trasera y logré salir por ella.
Estaba fuera de peligro, o eso creía, pero no tenía idea de adónde ir. Revisé la carpeta en busca de alguna indicación, pero no hallé nada útil: la mayoría de las palabras en las hojas estaban tachadas con tinta negra.
—¡Ahí! ¡La chica tiene los papeles! ¡Agárrenla!
El pánico me dominó. Corrí a toda prisa bajando por unas escaleras hasta aproximarme a Whitehall, donde esperaba encontrar ayuda para sobrevivir.
De pronto, uno de los hombres me alcanzó y me tumbó violentamente contra el suelo. Al caer, noté que en la solapa de su chaleco llevaba bordada la palabra «Owl». Sentí un terror enorme de que me hiciera daño, pero me negué a defraudar a mi nuevo jefe, así que apreté la carpeta contra mi pecho con todas mis fuerzas.
De la nada, varios caballos irrumpieron rodeando la zona. Sonó un disparo y el hombre que me sujetaba cayó herido a mi lado. Era la policía acompañada por Mycroft y Sherlock Holmes. Los dos hermanos me miraron de reojo y continuaron con sus asuntos.
—¿Se encuentra bien? —me preguntó un oficial—. Soy el inspector Lestrade.
—Soy Penny. ¿Qué ocurrió? —respondí aún impactada, queriendo olvidar la pesadilla de inmediato—. Por lo menos la carpeta está intacta.
Mycroft se acercó mientras Lestrade procedía a arrestar al criminal.
—Veo que ha mantenido la carpeta segura —comentó el que ahora era mi jefe—. Sin embargo, esos criminales le han visto el rostro y podrían volver a atacarla. No me queda otra opción que contratarla como mi secretaria para mantenerla bajo resguardo por ahora.
—Al menos es útil —añadió Sherlock.
—Sí —asintió Mycroft.
Ambos se dieron la vuelta y continuaron conversando entre ellos. Me quedé perpleja. No tenía ninguna intención de arriesgar la vida, pero el peligro ya era real y estaba atrapada en algo que ni siquiera lograba comprender.
Continuará...
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Mycroft
Misterio / SuspensoPenny Sterling (1861) Joven, de tez morena y porte erguido gracias a su pasado como bailarina de club privado. Cuenta con educación universitaria, inteligencia aguda y una firme dignidad que desafía los prejuicios victorianos. Viste con sobria elega...
